Pedro Meca, dominico, mendicante y sin domicilio fijo. D.E.P.

Pedro Meca

[El pasado martes 17 de febrero fallecía el dominico Pedro Meca, que dedicó décadas de su vida junto a las personas sin hogar. Hemos pedido a su amigo Pedro J. Cabrera, sociólogo y profesor de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, uno de los principales expertos españoles en sinhogarismo, que nos escriba una semblanza. Aquí está:]

Esta misma semana, se me ha muerto en París de un cáncer galopante, mi amigo, mi maestro, Pedro Meca, con quien tanto aprendía.

La primera vez que oí hablar de un atípico dominico navarro que se dedicaba a acompañar en las mismas calles de París a las personas sin techo fue hace veinticuatro años, charlando con Mario Gaviria en el local que acababa de abrir en la calle San Andrés, la Asociación Realidades; un proyecto desde el que tratar de acercar el Ingreso Madrileño de Integración (la actual Renta Mínima de Inserción) a quienes se hallaban sin hogar, viviendo a la intemperie entre nosotros. Paradójicamente, después de un año de su implantación, aquella novedosa prestación económica destinada a proporcionar un mínimo de dignidad material a las personas en situación de exclusión, no llegaba a los más excluidos de los excluidos. Después de analizar lo que sucedía, concluimos que si ellos no se aproximaban hasta el IMI, hasta los centros de Servicios Sociales, nos correspondía a nosotros sacar el IMI de los despachos y acercárselo al lugar en que ellos se encontraban: la calle. Ahí fue donde apareció Pedro y su trabajo con Les Compagnons de la Nuit; nadie sabía más que él de la vida en la calle, en los márgenes y de cómo acercarse hasta quienes se encontraban instalados en esos lugares.

De hecho, toda su vida transcurrió en los márgenes, en las fronteras de la sociedad, de la Iglesia. A los 18 años se marchó a Francia para poder conocer a su madre que había tenido que exiliarse tras la guerra civil. Junto a ella aprendió a ganarse la vida con el contrabando a un lado y otro de la muga. Desde entonces fue un contrabandista, de ideas, de experiencias, de horizontes, de material altamente subversivo para el orden de injusticia, falta de libertad y explotación  en el que vivía y vive sumergida tanta gente.  Acaso lo más valioso de mi trabajo académico en estos últimos veinte años, haya sido poder acompañarle como ayudante y aprendiz de sociotraficante.

También aprendió desde niño a andar, con elegancia siempre, y rebosando buen humor, por el filo de la navaja, a moverse a un paso del abismo, jugando siempre en serio, apostándolo todo a vida o muerte, tal y como hizo muchos años corriendo delante de los toros por San Fermín.

Me parece a mí que si acabó entrando en una orden mendicante, fue quizás para dar forma definitiva, poniendo alas, y vuelo, y altura a la experiencia más desoladora de su infancia: la de tener que mendigar para comer, yendo de casa en casa por Villaba, su pueblo natal, en compañía de la señora Petra. Una mujer pobre y analfabeta que le acogió y crió en su hogar tras la muerte de su padre y la ausencia forzosa de la madre. Una y otra vez nos contó a sus amigos, cómo aquella espléndida y generosa mujer mostraba con orgullo a “su chico, el más listo, el más guapo de todos” a cuantos visitaba pidiendo. La mirada de aquella mujer que, en medio de la miseria, sabía rescatar y hacer brillar ante todo el que quisiera escucharla, el tesoro oculto que se hallaba dentro de aquel niño pobre y despreciado, fue la enseñanza que él puso en práctica durante más de cuarenta años con quienes se encontraba de noche tirados por las calles de París. Para ellos, al cabo de varios años de trabajar a la intemperie y andando de un lado para otro en interminables paseos nocturnos por las calles de Paris, abrió finalmente La Moquette, un local de apenas sesenta metros cuadrados en donde no se ofrecía nada material, ni comida, ni ropa, ni cama, pero en el que era posible estar, permanecer durante horas como uno más, entrando a formar parte de un grupo abigarrado y variopinto en el que podían coincidir durante la misma noche desde un ministro a un ama de casa, desde el escritor famoso o el filósofo de moda, a un astrofísico o un periodista de la televisión que compartían su conocimiento y su experiencia con los habitantes de la calle.  Su objetivo como educador y trabajador social era ayudar a la gente a traspasar las líneas que nos separan a unos y otros, destruir las fronteras o al menos volverlas mucho más porosas, multiplicar los encuentros, las relaciones, y muy particularmente entre ellos, los SDF (sans-domicile-fixe) y nosotros, los ADF (con domicilio fijo).

 

Pedro Meca
La mirada de Pedro

“Mi Dios es relación”, así resumía el portal www.croire.com su testimonio, la profesión de fe que les ofreció ya casi al final de su vida. “Cuando veo gente destruida por el alcohol o la droga, por la opresión o los problemas de la vida, la mirada se agudiza para poder ser capaz de quedar deslumbrado por lo que hay de bello en la persona”. Pedro miraba así, nos miraba así a todos, tal y como Dios nos mira.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here