Sigo a vueltas con un tema mediático: si de verdad es posible la convivencia con los musulmanes en nuestras sociedades europeas. Y tengo clara la respuesta: sí, es posible… pero no de cualquier manera, no sin esfuerzo. En la entrada anterior ponderaba la trayectoria de un buen número de comunidades y asociaciones islámicas, puesta la mirada en el Centro Cultural Islámico en Valencia. Y me dolía que su compromiso cívico en el barrio, su escuela de ciudadanía para jóvenes musulmanes, su capacidad integradora de musulmanes de procedencias diversas… no merezca atención mediática. También me enorgullecen las comunidades que tienden cordones sanitarios en torno a predicadores que apuestan por romper vínculos, por un repliegue hostil incluso evitando la violencia. Todo esto es verdad.

Pero me da qué pensar una preocupación expresada por solicitantes de asilo sirios cristianos alojados en centros de acogida de refugiados. La hostilidad que se encuentran de parte de otros refugiados de confesión musulmana. Unos y otros han huido de una guerra civil de la que son víctimas. Y en sus llagas portan semillas de violencia por sanar. Esto exige un compromiso por parte de las parroquias, de la pastoral de migrantes y refugiados, de las comunidades islámicas, del tejido de la sociedad civil.

No nos equivoquemos. La convivencia no es solo problema que ataña a musulmanes, cristianos, judíos, creyentes de otras tradiciones y no creyentes. No es un problema que afecte solo a migrantes-refugiados y la población autóctona. Nos la jugamos en el cruce de identidades étnicas, lingüísticas, ideológicas, de clase, comunitarias. Y eso exige mucha, pero que mucha pedagogía. Y ganas.

La pedagogía de la convivencia es asunto de cada comunidad, de cada grupo organizado, de cada segmento de la sociedad que asuma una identidad valiosa que transmitir, conservar, extender si cabe. Igual que la Compañía de Jesús ofrece formación socio-política en clave cristiana para jóvenes, o que lo hacen muchos otros grupos cristianos, lo hacen algunos centros culturales islámicos, lo hacen movimientos políticos… Mi preocupación: que esas escuelas cívicas fortalezcan identidades sólidas y abiertas, que entrenen en el diálogo, en la defensa argumentada de las propias posiciones, en la escucha inteligente para captar conexiones hondas bajo la discrepancia superficial. Esto no se improvisa. Ni es fácil. Demasiados prejuicios que nos mueven a excluir a quien no comulga con nuestras convicciones. Durante mucho tiempo se nos achacó este defecto a los católicos, y con razón. Ahora sufrimos una especie de prevención frente a las convicciones religiosas en un buen segmento de la sociedad civil, muchas veces entre quienes más apuestan por el cambio de estructuras económicas y políticas, entre quienes más claman contra las injusticias sociales.

Pedagogía de la convivencia, compromiso y paciencia histórica. Grandes palabras. En definitiva, aprender a escuchar y a argumentar. No es poco.