En la Pascua de la Resurrección abundan este año las noticias de muerte y perversidad. Casi las hay en tal número que mencionar unas pocas es tener que seleccionar entre muchas otras que contienen el mismo horror, el mismo desprecio por el ser humano, el mismo repudio del bien y hasta de la realidad. Es como si la exaltación del triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte atrajera la diabólica reacción de ambos, que quisieran hacer creer a la pobre gente asustada y desconcertada que nunca hubo la Cruz y la Resurrección; que continuamos viviendo en tiempos paganos, a una distancia prácticamente infinita e insalvable del Amor Absoluto.

La primera de tales noticias el atentado en los templos cristianos coptos del delta del Nilo; la última, el ataque monstruoso contra un convoy de fugitivos en Alepo, a sabiendas de que en esos camiones quienes huían eran sobre todo madres con sus hijos. En medio, exhibición de cohetes intercontinentales con capacidad nuclear, ataque con la más potente bomba “convencional” nunca lanzada, gas sarín que se derrama sobre parte del propio país, inmensas exhibiciones de gente de guerra que desfila al paso de la oca, vehículos que intentan arrollar en las aceras a cuantas más víctimas mejor…

Detrás de la mayoría de estas salvajadas dicen sus responsables que están valores absolutos y hasta Dios mismo. Nos obligan a pensar en aquella reconstrucción del asesinato de los trapenses de Tibhirine que se tituló sabia y terriblemente De dioses y hombres, en plural; porque hay hombres que practican el amor al enemigo y hombres que lo aborrecen con celo “religioso”; y hay dioses que no soportan que se rece por quienes han combatido a sus adeptos y hay Dios, que lo suplica humildemente de nuestra libertad. Las antiguas divinidades siguen existiendo en la forma de poderes diabólicos que exigen –y logran– el culto de muchos; y tienen tanto éxito porque son fuerzas palpables, próximas, patentes –en tanto que el amor absoluto es la realidad que transciende desde su centro mismo todas las realidades, pero apelando al reconocimiento y el testimonio de los seres libres–.

La pequeña Asociación para la Amistad y el Encuentro Interreligioso (AAEI) que fundamos unos cuantos hace dos años en Madrid nació precisamente con la vocación –y la necesidad– de recordar -y realizar- que la situación real es la opuesta a la que todos estos signos del Mal remiten: en vez de que con el mismo nombre divino invoquen unos a la Violencia y otros al Perdón, más bien sucede que bajo una diversidad de religiones hay varias vías convergentes (quizá en modo secreto) hacia el mismo Bien Perfecto; o, por lo menos y por lo pronto, un mismo impulso hacia la realización de un mundo de paz y amistad fraterna y de relaciones sinceras y responsables.

Porque, en efecto, la religión, las religiones, tienen en su esencia vocación de contribuir al bien común, de no quedar relegadas a lo puramente privado; pero este factor siempre corre el peligro de tergiversar en mera política –sobre la base de unos alegados derechos de Dios respecto del orden social– la auténtica relación religiosa (que no es solo relación de un humano con Dios, sino que implica todo el conjunto de los vínculos del creyente consigo mismo, con los demás seres humanos y con la misma realidad del universo no humano). Es imprescindible y urgentísimo colaborar en la reflexión sobre este asunto y en el diseño de la acción política que de veras se corresponde con la religión –y permítanme que no use aquí el plural–.


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