Innovando: participio presente

Se tiene innovar por vocablo actualísimo, talismán, mas es añoso. En latín innovare, significa propiamente hacer algo nuevo de aquello ya existente, no sustituir lo que hay por algo cualitativamente distinto. Mudar o alterar algo, explica la RAE, que incluso se atreve con una acepción secundaria desusada: volver algo a su anterior estado. Lógico, a mi entender: se está innovando lo que se transmuda, cuando hay razones, hacia donde sea, para que los buenos principios se tengan firmes, incluso deshaciendo lo novedoso que ha devenido inservible.

El participio presente del verbo es utilísimo y, ciertamente, arriesgado. No obliga como ‘innoven’, no flojea desiderativamente como en subjuntivo, tampoco presume como si fuese el lema de un pin: ‘innovamos’ o ‘yes, we innovate’. Innovando es un modesto gerundio labriego; como si nada, urge a echar mano a la obra: ¡ea, innovando, que es gerundio! Por eso, decir ‘estamos innovando’ es un riesgo: será al cosechar frutos cuando se verifique que los hay o se manifieste que lo esperado se ha echado a perder.

Innovando puede decirse sólo en presente. Lo innovado fue, y con suerte y mérito quedó. Lo innovable llegará a ser si así se decide y realiza. Estar innovando es un estado de acción continuada que se manifiesta en hechos puntuales concretos. Por eso, ningún colectivo es innovador en sí mismo, solo lo es mientras anda innovando.

Como participio, resulta ser más anónimo y colectivo que sus parientes de formas personales. El mérito de estar innovando hay que atribuirlo a la entera progenie donde el hecho tiene lugar: a quienes parieron las ideas, quienes las hicieron crecer y las criaron diariamente, y también a cuantos las vivieron en sí mismos y se beneficiaron de ellas con esfuerzo y ocasional perplejidad.

No se puede andar innovando, de turisteo. Y tampoco existen raíles o GPS para estar innovando. Es una travesía de las de brújula, en las que los embarcados se ayudan de las cartas de navegación de otros pero en la que hay que estar dispuestos a que las eventualidades modifiquen la derrota hasta alcanzar el destino esperado si la corriente no lo impide. Para ir innovando dos son requerimientos imprescindibles: tripulantes dispuestos a patronear con cualquier viento, entre ellos un capitán respetable, y un cuaderno de bitácora en el que anotar aquello que merezca ser guardado en la memoria.

Para aprender de otros, he ido a mirar y escuchar fuera de Internet. El martes 23 asistí a la presentación del documental “Un viaje por la innovación educativa, auspiciado y realizado por Escuelas Católicas con la participación de catorce centros innovadores de toda la geografía española, y que ya tenemos colgado en YouTube, como se puede comprobar.

Como docente, resultó prometedor y estimulante. Como padre de alumnos de uno de los centros visitados, evocador y emocionante: yo he podido comprobar en casa el poder enorme que tiene un centro educativo que se ha tomado en serio lo de vivir innovando para transformar la forma de acercarse a la realidad, comprenderla, juzgarla críticamente y actuar sobre ella de niños y adolescentes. Son mis hijos, antes que los libros y jornadas, los MOOCs y Ted Talks, quienes me han enseñado que los mejores principios valen tanto que merecen ser aggiornados mediante una adecuada implantación de lo que las ciencias nos enseñan en el presente. Y que nada debería impedir que otros jóvenes y muchachas se beneficien de lo que se conoce y se sabe que es eficaz.

Estimulación Temprana, Paletas de Inteligencias Múltiples, Rutinas de Pensamiento, Aprendizaje Cooperativo o Dialógico, Trabajo por Proyectos-Problemas-Retos, Flipped Classroom, Educación Emocional y para la Interioridad, Neuroeducación, Comunidades de Aprendizaje, Aprender Haciendo, Robótica y Programación, Creatividad, Emprendimiento, Colaboración en Grandes Proyectos, Reestructuración de Espacios y Tiempos, Grupos Heterogéneos y Aulas Multitarea, Personalización del Aprendizaje, Inclusión, etc., se dan la mano en estos colegios (y en otros que sé de primera mano que también están innovando) con la integración de las Tecnologías de del Aprendizaje, la Comunicación y el Pensamiento. Los mismos niños y niñas que gatean o pintan con escoba usan tabletas con idéntica soltura. Los chicos y chicas que resuelven PBLs o discuten un proyecto, son capaces de compartir un blog o vídeochatear como herramienta para hacerlo. Jóvenes que bailan coreografías en un musical montan sus bandas sonoras en vídeos grabados con sus móviles o realizados con stop motion. Me consta (como docente interesado en estas cuestiones), que no existen barreras para los centros que han ido innovando ni para sus pentadimensionales alumnos. Al contrario, que cuanto más han avanzado más abiertos están a emplear cuanto está a su alcance para que aumente el aprendizaje de conocimientos, la interiorización de destrezas, el trabajo colaborativo, el pensamiento crítico y emocionalmente equilibrado, y la autoestima.

“Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis? (Is 43:19)” es el lema del Programa de Innovación Educativa de la rama madrileña de Escuelas Católicas, del que tanto he podido aprovechar (¡mil gracias, colegas y amigos!). Muy apropiado, sin duda, para esta era de cambio; o, mejor dicho, para el mundo definitivamente cambiante en el que nos toca vivir al menos (¡!) desde que esa realidad mal llamada virtual (¿?) campó entre nosotros. Una era en la que aprender a vivir innovando va a ser un aprendizaje imprescindible para llegar a ser adultos capaces.

Vuelvo al ad-verbo. Innovando es una actitud que admiro y deseo. Creo que es la manera buena de ser fiel a los principios más profundos de la educación, que resumo en la más sencilla tripla: formar personas íntegras. Al inicio de mi andadura docente, sabía de algunas de estas innovaciones por lecturas y cursos que me acercaron al mundo empresarial, donde me mostraron sus posibilidades y eficacia. Hoy, tras varios lustros, son estas escuelas las que me reafirman en la conveniencia de emplear el saber positivo existente, venga de donde venga. Y también el formar en los ámbitos de lo real que existen, sean cuáles sean.

Si algo me queda por ver, honestamente lo digo, es comprobar que la función directiva escolar se adapta definitivamente a estos tiempos (aunque intentos hay). Que se crea que puede también funcionar de forma digital, cooperativamente, abordando los problemas con estrategias técnicamente probadas, que se deja asesorar y supervisar, que se cree en proceso de aprendizaje y sabedora de su particular forma de inteligencia (también emocional). Estoy convencido que lo veré pronto, pues así ha sido históricamente: a nuevos recursos, nuevas estrategias de mando. Y no será esta vez de forma distinta.

En fin, querido lector, como habrás comprobado, hago mío el participio presente, q.e.d.

 

Fuente de la imagen de cabecera: www.pixabay.com

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