Tu parte de culpa en las fake news

Recientemente se ha hecho público el mensaje del papa Francisco de cara a la 52 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Lleva por título: «La verdad os hará libres: Fake news y periodismo de paz». Coincidió que se publicó cuando acababa de terminar de leer un interesante libro titulado La era de la posverdad (Editorial Calambur, 2017), coordinado por Jordi Ibañez y que incluye 14 ensayos breves de diferentes autores españoles. No conviene tratar de igual manera un libro escrito por académicos y literatos y el mensaje de un líder religioso, ya que pertenecen a registros muy diferentes. Pero les confieso que, quizás por eso mismo, he encontrado en la lectura del mensaje del Papa las piezas que me faltaban en el libro.

Los autores de En la era de la posverdad están interesados en reflexionar principalmente sobre el deterioro que para la democracia acarrea la difusión de mentiras. También señalan ―con especial vehemencia Jordi García en su capítulo― la hipocresía de algunas élites políticas y periodísticas, que se rasgan las vestiduras al contemplar la pérdida del monopolio que disfrutaron en el espacio público, y acuñan términos como posverdad para referirse a los nuevos trileros de la comunicación, cuando ellos mismos jamás dudaron en emplear la mentira y la manipulación en beneficio de sus intereses.

Echo en falta en el libro una mayor atención a la función clave que a mi juicio desempeña en todo esto la institución social por antonomasia de nuestro tiempo: el mercado. Algunos gobernantes siempre han engañado, eso no es ninguna novedad. Pero ahora, debido a cambios tecnológicos, el rendimiento económico de los medios viene determinado por una batalla por el clik que alimenta un periodismo sensacionalista, emocional y de tribu, donde los hechos objetivos pasan a ser un elemento secundario. En definitiva: lo más novedoso de la posverdad no es la manipulación ―de eso ya nos hablaba Tucídides, como recuerda Victoria Camps en el libro― sino que la manipulación encuentra un inmejorable aliado en unos medios plegados por completo a la lógica del beneficio según impacto. Pero, claro, hablar del mercado nos lleva a hablar no solo de productores ―«Trump ¡eres muy malo!», «Internet: mira que eres tramposo!»―, sino también de consumidores más o menos libres.

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Y aquí es donde la visión del Papa resulta enormemente clarificadora. En primer lugar, en su llamamiento a la responsabilidad de los profesionales de la comunicación y a un «periodismo de paz» que favorezca la comunión y promueva el bien ―algo que la Iglesia reclama desde Communio et Progressio en 1971―. Pero, en segundo lugar, al recordarnos que esto de las fake news es cosa de dos: el que miente y el que se deja seducir por la mentira. La misma codicia que genera las fake news es la que explica su éxito. No habría fake news si no fuera porque los seres humanos nos dejamos llevar por los prejuicios, estereotipos, deseos e instintos que las fake news saben agitar con astucia. Y caemos gustosamente en esa trampa, contribuyendo a que las mentiras se conviertan a menudo en virales, por nuestra condición humana lastrada por la «sed de poder, de tener y de gozar».

Lo cual hace que no sea suficiente denunciar a los que utilizan los medios de comunicación, y particularmente internet, al servicio de sus intereses de poder o económicos, aunque sea necesario denunciarlos; ni será suficiente con las medidas legales que los gobiernos promuevan para poner coto a este fenómeno, o aquellas que las grandes compañías de internet están tomando para reforzar sus controles; aunque el Papa valore positivamente todos estos esfuerzos.

Ni siquiera será suficiente con fomentar la educación en el uso de los medios para que los ciudadanos aprendan a leer y valorar el contexto comunicativo y no sean divulgadores inconscientes de la desinformación; aunque sea este un esfuerzo «loable» en opinión de Francisco. Todo esto que decimos será necesario, sí, pero lo fundamental es que seamos conscientes de que «el mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas». Solo personas que, libres de la codicia, estén dispuestas a escuchar, aprender de los demás y compartir la búsqueda de la verdad podrán poner coto a las fake news. Y en esa búsqueda, el Papa propone la visión cristiana de la verdad, que va más allá de una realidad conceptual sobre el juicio de las cosas: el ser humano «descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama».

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Bien, permítanme un punto de pesimismo: planteadas así las cosas, tenemos fake news para rato. No podemos esperar una transformación de los seres humanos de tal calibre. Pero tampoco quedamos con las manos vacías: el Papa apunta al cocktail de medidas necesarias para atenuar las consecuencias más graves del fenómeno ―educación, leyes, autoregulación del sector y ética profesional―, además de señalar un horizonte humano que nos permite –al menos a los creyentes, aunque la propuesta es válida también para los demás― combatir y desactivar los resortes de los que se sirve esta era de la posverdad, que tienen que ver con la codicia que habita en el ser humano y sus expresiones más sistémicas: el poder y el mercado desbocados.

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