De todo eso que parece natural pero es ‘contra naturam’ (2)

Photo Credit: Doctor Canon via Compfight cc

Viajo por un paisaje de los que llamamos tópica y bastantemente bobamente idílicos (y que no suelen ser españoles…). Estoy de hecho en el Midi francés. Hace un día maravilloso de sol, después de grandes lluvias. Hay campos inundados, pero también, y sobre todo, granjas con residencias de apariencia perfecta: en medio del prado tranquilo y sin cuestas pronunciadas, bajo el cielo transparente y con el paisaje de la línea interminable, blanquísima e irregular de los Pirineos recién nevados. Las gentes que vivan aquí, pienso imaginando, tienen una ventaja inicial muy grande para pasar su tiempo en la contemplación y la meditación, después del trabajo con las cosas elementales –un trabajo cuyo fruto es palpable y cuya tradición se remonta a generaciones y generaciones-. La paz y la buena convivencia están escritas en el aire y el campo…

Pero de repente me acuerdo de las situaciones cotidianas que acabo de vivir y que de hecho he vuelto a encontrar en la Facultad universitaria donde he pasado unos días felices: enemistad, rencillas; falta de perdón, imposible anulación de los conflictos, aunque una de las partes implicadas los haya superado. Aquí y allí y en todas partes.

Se justifica siempre la voz cínica, cínica en el sentido auténtico de la palabra, del sabio que salía desesperado a la calle gritando: ¡Qué mal tan grande habré hecho, que gusto a todo el mundo! El mismo sabio que también decía que lo realmente digno de un rey es hacer el bien y que hablen mal de ti. Y que por eso exigía que o se recurriera a la razón, o se echara mano de una soga con lazo corredizo en un extremo… Pero era el mismo sabio que enseñaba que si un hombre debe vivir solo entre hombres más vale que aprenda retórica, pero si piensa vivir más bien junto a Dios, que filosofe (se ve que la retórica es en el fondo la soga del suicida). Y era el mismo sabio que pasaba todo su tiempo entre los enfermos del mal de la vida, porque esa decía que era la profesión del médico –quien, además, no se contagia de las enfermedades que trata-.

¿Es que brota de la naturaleza humana el miedo hasta el punto de llenar la vida de conflictos en todos los sentidos? ¿Es tan terrible la debilidad del ser humano? ¿Consiste en esto la base descriptiva del pecado original? En ese caso, el pecado original sería fundamentalmente el de temerlo todo y, en primer término, la aventura del bien, la llegada de lo que no nos cabe en el corazón ni en la cabeza. Y como no nos cabe, pero algo nos dice que sí podría cabernos a través del esfuerzo y la conversión, nos encogemos, nos hacemos un ovillo: quedamos incurvati in nobis ipsis, como erizos de buen tamaño.

¿Por qué nos es casi inaccesible el camino de la reconciliación, tanto cuando consiste en pedir perdón como cuando consiste en darlo? Y a veces no hay ni siquiera que llegar a tanto: basta una chispa de sensatez, una dosis de ánimo de olvidar juntos.

Es terrible que sea verdad aquello de Lévinas: que la paz es el Cielo, precisamente porque no la hay en absoluto fuera de él y es lo Desconocido.

No y mil veces no. Porque si se trata de las consecuencias del pecado, existen remedios.

Photo Credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/40909357@N08/6816956301/”>Doctor Canon</a> via <a href=”http://compfight.com”>Compfight</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>cc</a>

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