Allá por los años 60-80, hubo en California un pastor y predicador de gran fama que consagró su éxito construyendo un magnífico templo de estructura de cristal, la catedral de cristal, reflectante que proyectara al mundo la esencia del mensaje de este predicador:

     Bajo el poder de Dios, el ser humano puede alcanzar las mayores cotas de perfección.

Este mensaje de gran optimismo, y sin duda con intención liberadora, era irradiado al mundo a través de un programa llamado «Hour of Power», que muy literalmente traducido sería «La Hora de poder» o «Tiempo de poder».

Aquel templo se convirtió en la mayor estructura de cristal reflectante del mundo, y sin duda fue un referente importante para muchas iglesias que vieron en él el poder todavía vivo y actual del mensaje cristiano, concretamente de la particular visión evangélica de aquel predicador. Es más, simbolizaba la ‘puesta al día’ de una manera de entender la iglesia, que pretendía ser mucho más ‘transparente’ a la sociedad y mucho más ‘alegre y luminosa’. Hasta que …

Hasta que en 2010 esa iglesia se declaró en quiebra –sí, tal como suena–, y entró en algo equivalente en EEUU al concurso de acreedores.

¿Qué había ocurrido? Algo sencillo de entender: aquel templo que costó 18.000.000 de dólares en 1980, más los enormes costes anuales de mantenimiento, se convirtió en una pesada carga financiera que drenaba todos los esfuerzos de su comunidad. Lo que debía ser un instrumento de irradiación, se convirtió en un agujero negro que chupaba todos los recursos que pudieran generarse. Por ello, a la comunidad no le quedó más alternativa que declararse en quiebra, vender el templo, liquidar deudas y comenzar de nuevo.

De esta historia particular, creo yo que se podrían extraer bastantes lecciones (contando siempre que toda comparación renquea). Pero yo quiero centrarme en una muy concreta:

     El hecho significativo de que una iglesia se declare en bancarrota.

La bancarrota de esta iglesia oficializa de alguna manera su fracaso, o cuando menos que ha equivocado el camino. Este fracaso se hace evidente ante la sociedad, por supuesto, pero sobre todo ante los propios feligreses. Todo el brillo de la magnificencia del templo se desvanece como un espejismo. Pero es ahí donde se adquiere conciencia de los errores cometidos respecto a la esencia del Evangelio, y es ahí cuando surge la posibilidad de renacer como una iglesia genuina, esto es, como comunidad de seguidores de Jesús en medio de la sociedad. Sin una declaración oficial de bancarrota (sea moral o financiera), yo diría que es muy difícil volver a empezar.

La declaración de bancarrota ha sido una liberación para aquella iglesia atada al lastre de un edificio (y de todos los errores que simbolizaba) que la llevaba a una muerte, quizás más lenta, pero igualmente segura. Y fue liberación porque en efecto, ahora aquella iglesia tiene la posibilidad real de retomar su vocación original y servir a su prójimo más que a un edificio.

Hay ocasiones en las que, como creyente, pienso que no hago más que esforzarme por mantener algo que está en bancarrota, pero que nadie se atreve a declararla. Por eso, contra la imagen que asocia capacidad de liderazgo con triunfalismo, yo asocio el liderazgo con la capacidad de declarar la bancarrota.  Y echo mucho de menos esta capacidad en los líderes políticos españoles, empeñados como están en ‘tirarse los trastos’; pero también es verdad que la echo de menos en los pastores de las iglesias (entre los que me cuento), más empeñados en luchar por conservar que por liberar.