Para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren

Por: Teresa Comba OP

Pedir: En este mes de Mayo, en el que acudimos como cada año, expectantes y asombrados ante el estallido de la Primavera, el  Primum-vere, el primer verdor de la naturaleza, mes de pequeños brotes, tiernos y verdes, venimos ante Ti a pedir-Te algo…Porque nos falta, porque no sabemos cómo vivirlo o porque tras muchos años de intentarlo constatamos humildemente que no lo logramos. Venimos a pedirte algo porque nos sentimos necesitados. Y te lo pedimos también porque el ver tanto tallo verde y tanta amapola que renace terca contra todo presagio, despierta en nosotras y nosotros una pequeña esperanza de que es posible que de la muerte renazca la vida, de nuestras limitaciones, impotencias, cegueras, frialdades, renazca el afecto, el cuidado, la ternura.

Rechazar: Queremos pedirte que nos ayudes a rechazar, aunque suene extraño o poco ortodoxo. Qué importante es poner límites sanadores a aquello o aquellos que nos dañan o dañan a otros, emplear una cierta agresividad y energía en decir: No. No a aquello que nos impide amar. Ayúdanos, Señor, a poner barreras a la cultura de la indiferencia, a poder elegir lo que queremos vivir, a no dejarnos llevar por “lo de todo el mundo” o por el miedo a complicarnos la vida. ¿No resulta un poco triste nuestra vida cuando nos limitamos a vivir “lo que toca”, “lo que hay que hacer”, sin arriesgarnos a escuchar el corazón, sin dejarnos “tocar” por la  mirada del otro…?

Cuidar: Enséñanos en este mes a ser aprendices tuyos en este bello arte del cuidado. Me impresiona cuando en momentos de gran sufrimiento hay gente que sabe “ver” a los que lo pasan mal, por ejemplo en las catástrofes o guerras, cuando el mundo parece que se tambalea y todos corren de un lado para otro tratando de protegerse y de pronto aparece un militar con un niño en brazos llorando, o como me pasó hace poco, cuando en un bar entra una señora mayor, descuidada, mendigando una ayuda y un joven camarero se dirige a ella y le pregunta con cariño qué necesita y le invita a un café con un bollo y al despedirse le da un beso. Pienso en Juan, que a sus ocho años se encargaba de su abuela enferma: Iba a la farmacia, hacía la compra y no podía concentrarse en el colegio porque no estaba a su lado para “encargarse” de ella. Gracias a Dios ahora vive tranquilo porque ha experimentado que los adultos cuidan a su abuela, por lo tanto, él puede relajarse. Me alegra cuando alguna amiga me llama y me pregunta qué tal estás y charlamos un rato. Me llena de seguridad cuando me he puesto enferma y he sentido la atención de las hermanas de mi comunidad, que me compraban la medicación necesaria o me traían con cariño las comidas. Me imagino un mundo en el que nos enseñaran a cuidar, con hombres y mujeres “entrenados” para estar atentos al otro, tanto en sus necesidades más básicas, como en las emocionales y pienso que viviríamos todos mucho más felices y tendríamos una sensación grande de seguridad y de esperanza. Acompáñanos, Señor, Tú que fuiste el gran maestro de la delicadeza y la ternura, en la tarea de estar atentos y cuidar a los demás, de modo especial a los enfermos y a los pobres…

Así, pues, nos unimos al Apostolado de la Oración y pedimos, con el Papa Francisco, “para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren, en particular a los enfermos y los pobres”

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