Los calores de este mes de julio han conseguido aplanarme. El cuerpo pide “bajar el nivel” pero el trabajo no afloja y entro en un estado de pesadez impaciente y ansiosa. Sin embargo, dos palabras públicas de la Iglesia me han hecho reaccionar y despertar del sopor veraniego revitalizándome por dentro y por fuera. La primera de estas palabras han sido los comunicados de Monseñor Agrelo, obispo de Tánger,  a propósito de los sucesos racistas del barrio de Boukalef y la apertura de la cripta de la catedral a más de 250 personas subsaharianas, convirtiéndose así en un albergue improvisado. En ellos el obispo se narra los hechos sucedidos los primeros días de Julio, en los que  un numeroso grupo de africanos fueron desalojados violenta y racistamente de sus viviendas en el barrio de Boukalef. Su situación de angustia y desesperación les llevó a buscar  protección en la catedral y el obispo abrió la cripta para ellos. Con el apoyo del TAM (Tanger Accueille Migrants) se puso en marcha un plan de emergencia para poder responder a la situación de estas personas, muchas de ellas mujeres embarazadas y  menores

Esos mismos días aconteció también algo cotidiano en la vida de Tánger pero a lo que la iglesia de este lugar ha decidido no acostumbrarse y está empeñada en seguir denunciando: la muerte de David, un joven que intentaba cruzar el estrecho, los 14 Kms más anhelados y malditos que separan África de Europa. En esta misma iglesia, convertida en albergue de emergencia, se celebró la eucaristía por este joven, una víctima más de la inhumanidad de las políticas migratorias. También unos días después, el 6 de julio, el hall de la catedral se convirtió en ágora y foro de encuentro entre el alcalde de la ciudad y las personas inmigrantes acogidas, para buscar alternativas a la situación de emergencia en que se encontraban las más de 200 personas acogidas. La Iglesia actuó como mediadora y a partir de este encuentro se llegaron a compromisos comunes por parte de la alcaldía y el colectivo de las personas  inmigrantes diseñando juntos un plan de acción y fijando nuevos encuentros para ir evaluando avances y como se iban resolviendo las situaciones. Las palabras y el gesto del obispo de Tánger y sus equipos diocesanos de trabajo encarnan el reclamo y la urgencia que nos hace el papa Francisco a ser una Iglesia de puertas abiertas, más con olor a oveja que a incienso, una Iglesia implicada y complicada con los Derechos Humanos, experta en levantar puentes y no puestos  fronterizos y que hace de los atrios de sus catedrales lugares de encuentro y mediación.

La segunda palabra que me ha despertado en medio del sopor veraniego ha sido el discurso del papa Francisco en su segundo encuentro con los movimientos populares. Esta vez en  Santa Cruz (Bolivia).Sus palabras han resonado en mí como un grito: “Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ninguna persona sin dignidad”. Palabras que nos urgen a trabajar unidos movimientos populares, fuerzas sociales, gobiernos e  iglesias para cambiar este sistema “porque ya no se aguanta”. El grito también de “la denuncia del colonialismo”: económico, cultural, ideológico, que “impide el derecho a de los pueblos al pleno ejercicio de su soberanía y que bajo el ropaje de Tratado de libres comercio, medidas de austeridad, luchas contra la corrupción y el narcotráfico humillan a los pueblos”, criminalizando la pobreza en aras del poder hegemónico y su  exclusivos intereses y  beneficios.

Todo el  discurso está atravesado por el convencimiento que tiene el papa de que es necesario forzar el cambio del  sistema desde abajo, por eso se dirige también en él a los cartoneros , los vendedores, los artesanos, las recicladoras, los ambulantes, quienes viven en las villas-miseria y les reconoce como “agentes y sembradores del cambio”. Gentes que “empapadas en el nudo de la tormenta  humana, resisten y proponen alternativas al sistema idolátrico que destruye mata y degrada”. Un discurso por otra parte, humilde y veraz en el reconocimiento de la complicidad de la Iglesia con la violencia y opresión contra los pueblos originarios, pero verdadero también y sin complejos en identificar el papel de muchos cristianos y cristianas que, pese a la oposición que encontraron en el interior de la Iglesia misma, entregaron sus vidas a la causa de los pobres desde un perspectiva socio-política, incluso hasta el martirio y del que Lucho Espinal es un referente obligado.

Lástima que en este punto al Papa le traicione la ausencia de la perspectiva de género en su visión de la realidad y se refiera a la vida religiosa femenina como “monjitas” y no en todo caso como “monjazas”, pues la grandeza de la vida religiosa femenina inserta en estos países, sobre todo en la década de los 80, es indigna de tal diminutivo. Vidas como las de las hermanas de Marynoll, asesinadas y violadas en El Salvador  por su compromiso con los  Derechos Humanos, o más recientemente Dorothy Stong, religiosa de Nuestra Señora de Namur, acribillada a balazos por su implicación en el movimiento  de los sin tierra y tantas otras “monjazas“ resilientes y propositivas que habitan en las periferias comprometidas con los procesos de liberación de los  sectores más excluidos.

Lo mejor de los  discursos del Papa así como de los comunicados de Santiago Agrelo es que son mucho más que palabras. No son discursos postizos sino que están encarnados en gestos, cuerpos que abrazan y rompen protocolos, abren puertas, denuncian vallas, son iconos  vivos de un amor, que como el de Jesús también es político (LI 231).