Te propongo un juego. Cierra un momento los ojos. Te voy a susurrar una palabra al oído y, sin pensarlo casi, me tienes que decir qué se te viene a la mente. Es un juego que me gustaba realizar en campamentos y convivencias, en aquellos años de monitor de tiempo libre, durante aquellas noches de velada con niños y jóvenes predispuestos a divertirse, en una época sin smartphones, tablets ni candicrush. ¿Estás preparado? Vamos allá.

NATIVOS. Esa es la palabra. Te la repito de nuevo. NATIVOS.

Venga. Suelta. No pienses tanto. Responde. ¿Qué se te viene a la cabeza? ¿Los antiguos pobladores indígenas de las tierras americanas, colonizadas en tiempos de los Reyes Católicos? ¿Una reserva americana con el jefe indio en el centro fumando la pipa de la paz? ¿Las jóvenes profesoras de conversación, nacidas en Manchester, Dublín o Glasgow, que han llegado a los centros educativos para practicar conversación y convertirnos a todos en bilingües? ¿Pobretones, de tez oscurilla, que saben poco? ¿Alguien a quién enseñar, a quién evangelizar? ¿Objetos de mi ayuda? ¿Receptores de mi civilización?

Seguro que no has pensado en algo sino en alguien, porque la palabra casi siempre nos lleva ahí, pero desconozco quién se te habrá ocurrido ni cuán lejano lo percibes de ti. Si te digo la verdad, yo pensaba en mis hijos. Y en los tuyos. Pensaba en nuestros niños y jóvenes de corta edad. Pensaba en tantos y tantos que llenan nuestras casas, nuestras escuelas, nuestros parques, nuestros polideportivos… Yo estaba pensando en los nativos digitales.

Hablaba, no hace mucho, a un grupo de padres y madres sobre la importancia de entender la diferencia entre nativos e inmigrantes digitales; de descubrir, a la vez, quiénes son unos y otros, y de analizar las consecuencias de que, en este caso, sean inmigrantes los educadores y nativos, nuestros educandos. Te propongo alguna idea para que la hablemos:

  • El nativo no conoce otro escenario más que aquel en el que ha nacido. Le podemos hablar de otros, de los escenarios conocidos por nosotros, los inmigrantes, de los lugares de dónde venimos y de cómo se vivía “allí” pero… ¿es el nativo capaz de entender esto? ¿Podemos, por tanto, hacer recaer en los nativos digitales, en nuestros niños y púberes, la responsabilidad de usar sistemas de referencia que no conocen, que no manejan, que les resultan lejanos?
  • El nativo se mueve con soltura en su escenario. Lo ha “mamado” desde pequeño. Conoce la “lengua”, conoce los signos, conoce los “ritos” usados por su sociedad. Todo esto es lo que el inmigrante debe aprender si quiere integrarse o, al menos, comunicarse con el nativo. Y ojo, algo importante: ¿no es el nativo quién mejor puede enseñárnoslo? Esto conlleva tiempo, esfuerzo, voluntad, determinación, claridad. Humildad.

¿Cómo lo ves? ¿Crees que tú o yo, inmigrantes digitales de pura cepa, tenemos algo que aportar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros educandos, en esta nueva sociedad digital? Yo creo que sí. El Papa Francisco nos da la clave en el mensaje de la 48ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: “La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas”. Y de redes de personas tú y yo sí que sabemos, ¿a qué sí? Sabemos de familias, de amigos, de compañeros de trabajo, de parroquias, de comunidades de vecinos… Sabemos de valores humanos, de normas de educación, de límites, de proyectos, de éxitos y de fracasos, de amores y desamores, de pérdidas y alegrías, de confianza, de fe, de miedos y temores. Sabemos de la vida.

Es hora de subirse al tren. Inmigrantes sí, pero educadores. Eso es irrenunciable. ¿Cómo lo ves?