Orar juntos por el cuidado de la creación

Jorge Gallego y Xavier Pifarré

El pasado sábado celebramos en Madrid, por tercer año consecutivo, la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que veníamos preparando junto a otros grupos y en contexto ecuménico bajo el interrogante título de “¿Custodios del aire que compartimos y respiramos?”. Como ya habíamos afrontado en 2017 el tema del agua (el elegido por el Papa para su mensaje de este año), valoramos que en el caso de nuestro entorno más próximo, el aire era un tema al que dedicar una atención especial. Y en torno a ello giraron tanto la mesa redonda, celebrada en el Colegio María Cristina, como la oración ecuménica que la siguió, que tuvo lugar a cubierto por el riesgo de lluvia, en la vecina parroquia de Santa Cristina.

Ya de inicio, la llegada al colegio no dejaba indiferente. De hecho, te introducía de una manera muy sensorial en la realidad sobre la que íbamos a reflexionar: una atmósfera cargada, que apenas dejaba vislumbrar más allá del vestíbulo, y con un ruido perturbador, que quería reflejar aquella atmósfera a la que estamos acostumbrados los urbanitas de nuestro tiempo a vivir. Unos paneles informativos completaban la ambientación en torno al problema de la contaminación atmosférica.

La sala en la que se celebró el panel de expertos estaba llena hasta rebosar (parece que los urbanitas nos movemos de aglomeración en aglomeración, pero en realidad es que hay mucho interés por este tema). Mientras se lograba dar acomodo a la concurrida asistencia entre las sillas, las escaleras y los pasillos, dos documentales mostraban el aire de Madrid de hace un siglo y la situación de actual contaminación. Parecía hacerse realidad aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Jorge Drexler dice, en una canción, que somos fruto del amor y de la casualidad. Pablo Martinez de Anguita, el primero de los ponentes, insistió en las demasiadas casualidades que han sucedido a lo largo de los 4.500 millones de años de historia del universo para que sea posible la vida, generando las condiciones que se dan en nuestro planeta para que haya surgido la atmósfera, en primer lugar, y la vida que conocemos a continuación. “Estamos, pero podríamos no estar.” ¡Qué milagro! ¡Qué belleza! El asombro agradecido brota silenciosa pero profundamente del auditorio…

Emilio Chuvieco Salinero, el segundo experto, nos explica el consenso científico existente acerca de que el calentamiento global que estamos viviendo tiene su origen en el comportamiento humano. “Lo que está sucediendo tiene efectos muy graves”: no podemos seguir vertiendo a la atmósfera tanta cantidad de gases que provocan efecto invernadero (y, podríamos añadir, contaminación ambiental y enfermedad y sufrimiento y muerte). Nos invita a no quedarnos indiferentes, a buscar la motivación que necesite cada uno de nosotros para hacer algo, porque somos cada una de nosotras las que podemos ponernos manos a la obra.

Ángel Cabo Astudillo, implicado en el programa Aire del Ministerio de Fomento, nos interpela planteándonos si hay algo más importante que el aire. Es, nos dice, el único bien que pertenece a todos. El aire limpio es un derecho. Todos somos corresponsables.

El asombro y alabanza por tanta belleza nos invaden, pero también la preocupación por una realidad a la que muchas veces no queremos mirar de frente, y la esperanza ante el llamamiento a actuar. Y el turno de preguntas no puede ser más motivador, al descubrir que los expertos también implican su vida (son “testigos”, además de sabios) en esta apuesta que tan detalladamente nos presentan, y al notar al auditorio sensibilizado y con ganas de cambio. Se respira un ambiente de custodios del aire que compartimos.

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Y tras el conocimiento y el convencimiento, nos disponemos al ofrecimiento; en la parroquia de Sta. Cristina, al resguardo de posibles tormentas, ortodoxos y católicos de Madrid, a la par, ofreciendo al mismo Padre nuestras debilidades y nuestras intenciones para con la Casa Común y el aire que la rodea.

Nos hacemos conscientes y asumimos nuestro mal, nuestro pecado para con la atmósfera de todos. Interiorizamos que el mal a la atmósfera es mal hacia nuestros hermanos/as. Daño en la salud del prójimo y en el medio ambiente; el aire, el suelo y, al final, ecosistemas enteros se ven perjudicados por el exceso de gases nocivos procedentes de la actividad humana. Identificamos al transporte (nuestros vehículos), a la industria (nuestros bienes de consumo) y al sector energético (nuestra electricidad) como principales fuentes de estos gases. Y pedimos perdón con las mascarillas que nos obligamos a nosotros mismos a colocarnos por seguir contaminando el aire que respiramos…

Pero también con símbolos y dinámicas (molinillos, soplos de aire fresco…..) nos proponemos pequeños cambios en nuestras vidas que reduzcan este impacto. Cambios pequeños, algunos muy pequeños…… pero somos muchos….. ¿cuatrocientos creyentes…..? Tal vez más. Pequeños cambios de muchos hermanos son grandes cambios. Y además, cambios bendecidos por el Padre que nos escucha, nos acoge (a pesar de todo) y nos invita a que cuidemos la Casa Común que Él nos ha dado. También el cardenal y los patriarcas de las iglesias ortodoxas nos exhortan a ello.

Momento también para ser agradecidos. Por la propia Creación y por la labor de todos aquellos/as que son ya, hoy, custodios de la misma. Recordamos a los que trabajan y nos recuerdan la eco-justicia, la estrecha relación entre pobreza y daño ambiental, a los que educan e investigan en el terreno de la sostenibilidad desde el mundo académico, a tantos y tantos que andan en procesos personales de conversión, a los que trabajan por el medio ambiente desde ONG’s y otras entidades ecologistas, a los que lo hacen en el ámbito de la vida consagrada…..

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¡Qué alegría sentirnos Iglesias comprometidas y conscientes con el cuidado de la Creación! Y que alegría hablar juntos, en actitud ecuménica, entre nosotros/as y con el Padre Dios. Una gozada.

Ahora toca trabajar.

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