Cada vez más a menudo podemos observar cómo Internet se puebla de odio. En cualquier muro que visitemos, en cualquier vistazo que echemos a nuestro timeline, encontramos sin apenas dificultad muestras de rechazo e intolerancia hacia el otro. Es como si el odio en Internet fuese cada vez más habitual y estuviese campando a sus anchas ante la indiferencia de todos nosotros

Hay personas -he aquí algo positivo, ya que afortunadamente no puedo generalizar- que vuelcan en las redes u otros medios online una ira incontrolable que les impele a atacar y descalificar, conscientes tal vez de que esa actitud y forma de actuar los desautoriza y les priva de cualquier atisbo de razón, pero absolutamente impávidos ante el dolor que sus palabras puedan causar.

Uno de los casos más recientes lo hemos podido ver a raíz del fallecimiento de Carme Chacón. El autodenominado activista Lagarder, nada más conocer la noticia de la muerte de la ex-ministra socialista, dejó escrito lo siguiente en su Twitter:

En tuits posteriores, el mismo Lagarder plantea por qué a unas muertes se les presta más atención que a otras, fijando el foco en los desahuciados como consecuencia de las políticas de vivienda aplicadas por la entonces ministra Chacón.

No voy a entrar a valorar las motivaciones que puedan mover a este activista a defender sus causas que, como digo, no dudo que estén basadas en el deseo de justicia social, pero una cosa es defender una postura y otra atacar. Es más, atacar a alguien que lamentablemente ya no está para defenderse y aprovechar su muerte para hacer ruido.

El tuit anterior es sin duda una muestra más de ese odio en Internet, pero tristemente no es el único. Puede haber quien piense que en el caso de Cassandra también podemos ver este problema existente en la red, o puede que haya quienes vean excesivo en qué ha resultado su condena pero, al final, tanto en un caso como en otro, la cuestión fundamental reside en saber dónde están los límites. Aunque debemos tener claro que no podemos plantearlo como ‘límites a la libertad de expresión’, sino como límites en la convivencia y comunicación digital.

El respeto y la capacidad de escuchar al otro debería regir siempre esta convivencia. Debemos ser conscientes que las situaciones de crispación que se generan por las distintas situaciones económicas, judiciales y sociales que vivimos hoy día alientan en parte este flujo de odio, y en Internet encuentran un canal de difusión y expansión como en ningún otro sitio. Pero debemos ser cautos, tanto a la hora de condenar como a la de ser permisivos o condescendientes con ciertas actitudes que cada día son más habituales en la red. Y fijaos en la palabra que utilizo, habituales, porque parece como si esto de mostrar todo el odio posible hacia alguien en forma de tuits o actualizaciones de estado se hubiese convertido en un hábito al que, tristemente, nos vamos acostumbrando cada día más.

Una reflexión final en torno al odio en Internet

Decía Victor Hugo que ‘cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga’. De esta famosa cita me permito sacar dos reflexiones:

Por un lado, una preocupación: si efectivamente los ‘corazones pequeños’ son los que más odio profesan, ¿vivimos entonces en una sociedad con cada vez menos corazón’? Y por otro, me plantea una pregunta: ¿qué tenemos o debemos hacer para que el odio vaya perdiendo terreno en nuestros corazones hasta desaparecer?

Tal y como venimos diciendo, las muestras de odio son cada vez más comunes en la red, y no solo parten de usuarios anónimos (desconocidos para el gran público) o escondidos tras el anonimato (recordemos, esos que aprovechan una falsa identidad para expresarse), sino que incluso figuras públicas como pueden ser deportistas o políticos sufren de incontinencia digital. De ser así, de vivir en una sociedad con un corazón menguante, además de preocupante me resultaría lamentable. Si algo nos caracteriza como seres humanos es esa capacidad de ponernos en el lugar del otro y sentir como propio el sufrimiento de nuestro prójimo. Por supuesto, y no debemos ser ajenos a ello, también hemos degenerado en esa frialdad con la que tantas veces tomamos decisiones que, bien por interés propio o por la necesidad del momento, somos incapaces de descartar.

Me viene entonces a la mente otra frase, esta vez del Popol Vuh: ‘Cuando tengas que elegir entre dos caminos pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca’. Este es uno de mis mantras, en el que creo firmemente. Aunque a veces el hacer algo basado en aquello que nos dicta el corazón pueda tener la peor de las consecuencias, es la única forma de acabar haciendo lo correcto. Se trata de lo que Comte-Sponville llama la máxima de la moralidad: ‘actúa como si amaras’. Tal vez por ese motivo, nunca he podido compartir la afirmación de mi admirado Eduardo Galeano cuando decía que ‘la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respetuo mutuo’. No, no puedo estar de acuerdo. La caridad no solo la ejerce quien tiene mucho (el de arriba), sino también el que tiene poco o nada (el de abajo) cuando, por impulso del corazón, ve en el otro la necesidad y decide ayudar. Creo que la diferencia entre solidaridad y caridad no reside en la superioridad del que da sobre el que recibe, sino en el sentimiento que el sufriente provoca en el otro. Aunque este es un tema que podremos tratar en otro post.

En definitiva, para combatir el odio, tengamos como guía de nuestras vidas la bondad y el amor. Basemos nuestras acciones en aportar algo bueno a los demás. Y en el mundo digital, que también sea así. No caigamos en el error y la tentación de criticar al otro sin más. Valoremos, dialoguemos y respetemos las distintas posturas. Solo de este modo podremos conseguir que nuestra sociedad digital sea una versión mejorada de nosotros mismos  y que, con el tiempo, el odio en Internet sea una pesadilla lejana.