Odio e invisibilidad

Nunca había pensado en mí en términos de color: vengo de un país, Chile, que se ha mezclado más que un cóctel, un país mestizo. Hasta que llegué a España, 12 años atrás. Más de alguna vez, al comentar que era chilena, alguien me dijo “Pero eres blanca”. Y la verdad es que nunca supe muy bien cómo encajar esa extraña declaración de blancura que se me atribuía y que no sentía real. Hasta que leí uno de esos artículos que generan epifanías. En éste, Raul Rojas Andrés comentaba sobre si es adecuado el término feminismo:

“Cuenta Michael Kimmel en Invisible Masculinity cómo en un taller de feminismo en su universidad, comenzó una interesante discusión: si todas las mujeres del mundo viven en sistemas machistas que las oprimen, ¿viven, entonces, las mismas experiencias? ¿Son, en tal medida, “hermanas” y están unidas mediante ese vínculo por encima de cualquier diferencia? A una de las asistentes no le cabía duda. Pero otra, que a diferencia de la anterior era negra, no estaba tan segura: 

-“Cuando te levantas por la mañana y miras en el espejo, ¿qué ves?”

– “Veo una mujer”, contestó la otra. 

– “Ese es precisamente el problema. Yo veo una mujer negra. Para mí, la raza es visible cada día, porque la raza consiste en cómo yo no soy privilegiada en nuestra cultura. Para ti la raza es invisible, porque la raza consiste en cómo tú eres privilegiada. Por eso siempre habrá diferencias en nuestras experiencias.” 

Kimmel se dio cuenta en seguida de lo que eso implicaba para él: “Cuando yo miro al espejo, veo un ser humano. Soy universalmente generalizable. Como hombre blanco de clase media no tengo clase, no tengo raza. No tengo género. Soy una persona neutra.”

Al leer esto me caí de mi particular guindo. No percibo mi color porque es parte de lo que hace de mí una privilegiada, nunca ha significado un problema, ni me ha cerrado ninguna puerta. Esta “invisibilidad del privilegiado” es un obstáculo para entender las experiencias de dolor y sufrimiento de quienes están al otro lado de esa transparencia. No basta con decir que, como seres humanos, todos tenemos los mismos derechos. Diferentes  vivencias frente a esos derechos nos ponen en lugares materialmente distintos. A unos en casas, a otros en la calle. A unos en paz, a otros en guerra. Bajo un techo de cristal o sobre él.

He recordado esto porque hoy dos personas sin hogar han sido brutalmente atacadas; quienes están a la vista de todos, y que sin embargo no se ven, salvo para aquellos que los hacen objeto de su odio. La invisibilidad en la que viven les hace vulnerables, y a nosotros ciegos.  

Pero una vez que las hemos visto, no hay vuelta atrás: somos responsables. No sólo hay víctimas y victimarios, también hay espectadores, un rol fundamental que determina el curso de un conflicto. Y hoy presenciamos muchos: quienes han huido de la guerra en Siria y mueren intentando llegar a las fronteras de Europa son una muestra. Es nuestra responsabilidad determinar qué haremos; ¿apoyaremos a las víctimas, o seremos, con nuestro silencio, sostén de los victimarios?

***Imagen: Foto del artista Liu Bolin, quien experimenta con el concepto de la invisibilidad.

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