Observar las tendencias

Hace un tiempo atrás, hablaba con algunos amigos de bajar de peso, la principal preocupación primaveral, junto con las alergias. Decía uno de ellos, con muchísimo criterio, que lo de pesarse todos los días recomendable, siempre y cuando no te asustes cuando hay una subida repentina (que puede deberse a que el día anterior fuiste a un cumpleaños y te pusiste ciego a comer), o una gran alegría con una pequeña bajada.

Lo que importa es observar la tendencia: en el transcurso del tiempo ¿tiendes a subir, tiendes a bajar, o te mantienes? Si estás con sobrepeso y la tendencia que observas es al alza, vete a un nutricionista. Si tienes un peso normal y la tendencia es que mantienes, enhorabuena. Esta es una lección aplicable a otros ámbitos. Cuando se observan fenómenos, del tipo que sean, es aconsejable mirar las tendencias, y no sobreinterpretar las subidas o bajadas repentinas, que pueden ser anecdóticas.

Esto es aplicable a la interpretación de otros datos como pobreza o el desempleo. Cierto es que estos presentan algunas dificultades añadidas: algunos tienen nombres similares, como por ejemplo tasa de riesgo de pobreza y la tasa de riesgo de pobreza y exclusión, y/o miden fenómenos distintos, por ejemplo el dato de paro trimestral que entrega la EPA y el de paro registrado mensual que publica el SEPE. Pero no nos vamos a centrar ahora en el problema de las nomenclaturas, sino en el de la interpretación de las variaciones observadas.

En la pobreza, como en tantos otros fenómenos sociales, interpretamos el presente desde lo que conocemos del pasado. Cuando valoramos un nuevo dato, lo hacemos desde su comportamiento anterior. Para muestra un botón: la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social de los menores de 18 años (AROPE por sus siglas en inglés) pasa del 33,4% a 31,7%, es decir, disminuye 1,7 puntos porcentuales. En los últimos años ha sido creciente, por lo tanto es un cambio positivo en la tendencia

Esto puede obedecer a la subida en el umbral de la pobreza, porque los ingresos de la sociedad en su conjunto han subido, y por tanto el punto de corte es ahora más alto.  Así como una golondrina no hace verano, un dato que mejora, o empeora, un año determinado no hace una tendencia. Es por esto que en los datos de empleo y paro de la EPA entregan el dato “desestacionalizado”: comparan su comportamiento con años anteriores, para así separar el efecto de la estación en el empleo (por ejemplo, la subida esperable de las contrataciones en Semana Santa o Navidad) de un aumento “neto” de las contrataciones… por que las cosas van mejor, vaya.

Sería una gran noticia si esa tendencia a la baja se mantiene, para eso debemos esperar. Y más importante aún, recordar existencia de márgenes de error al valorar datos. Es mejor no arriesgarse a sobreinterpretar variaciones pequeñas, que pueden no ser variación, sino simplemente una fluctuación dentro del margen de error.

No esperemos bajadas abruptas. España ha mantenido, desde hace décadas, altos niveles de pobreza, aún en los años de boyante crecimiento económico. La crisis ha sido un catalizador que ha contribuido a un aumento importante del riesgo de pobreza y exclusión, pero el punto de partida desde el que se inicia era ya bastante alto. Debemos recordarlo, porque el pasado nos enseña que el crecimiento económico no ha sido capaz de reducir, por sí mismo, el riesgo de pobreza.

El escenario antes de la crisis no es uno al que queramos volver. Cuando la crisis remita, nos seguiremos enfrentando a nuestra histórica incapacidad de reducir de forma contundente la pobreza y la desigualdad.

Tenemos evidencias que nos sugieren caminos a seguir. Dar un fuerte impulso al sistema de garantía de ingresos, una mejora sustancial en las prestaciones por hijo a cargo, garantizar la educación de 0 a 3 años, son vías que nos pueden llevar a un lugar distinto del pasado. A uno en el que podamos observar un cambio sólido y positivo en las tendencias.

 

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