Por Margarita Saldaña

Como en la catequesis no me enseñaban las obras de misericordia, mi madre, preocupada por mi cultura religiosa, me compró un libro que entonces me parecía muy bonito, con ilustraciones de Ferrándiz. Fue de este modo como aprendí que las obras de misericordia eran catorce: siete “espirituales” y siete “corporales”.

En aquella época, a mis nueve años o así, las “matemáticas de la fe” se me daban bastante bien: había tres virtudes teologales y cuatro cardinales, cinco mandamientos de la Iglesia, siete dones del Espíritu Santo (¡y siete pecados capitales, padres de todos los demás!), ocho bienaventuranzas, diez mandamientos de la ley de Dios… y catorce obras de misericordia. Estaba todo claro. Con el paso del tiempo, los números se han disparado y la contabilidad ha dejado de cuadrarme; a fin de cuentas, la vida no es una ciencia exacta.

catecismoNuestra vida cotidiana, en su complejidad, se resiste a cualquier cálculo estrecho, mientras que por otra parte demanda constantemente gestos concretos que testimonien la veracidad del compromiso con el evangelio. Los cristianos no tenemos una colección de preceptos cuyo cumplimiento riguroso nos permita alguna vez un merecido descanso. Más bien, todo lo contrario: vivimos de un amor gratuito y no acumulable, de un amor  recibido sin cesar y llamado a dibujarse de mil maneras según la creatividad del Espíritu.

«Sed misericordiosas y misericordiosos como el Padre» supone una provocación que supera cualquier posibilidad nacida de las propias fuerzas. La misericordia no conoce otra vía más que la apertura humilde a la experiencia del amor recibido sin medida y sin lógica, sin causa precedente y sin mérito alguno. Es así «como el Padre» ama a cada una de sus criaturas…

¿Acaso una experiencia tan desbordante puede encontrar su camino de retorno en una especie de “código de obras”? No, si pretendiésemos quedarnos tranquilos después de cumplir nuestra parte del contrato. Sin embargo, a partir la experiencia incalculable de recibir la misericordia brota naturalmente el deseo agradecido de actuar la misericordia porque «el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras» [Ejercicios Espirituales, n. 230]. En este sentido, el lenguaje tradicional sobre las “obras de misericodia” no ha pasado de moda, sino que viene a recordarnos, frente al peligro de perdernos en abstracciones estériles, que el amor es siempre concreto. Tan concreto como las palabras de Jesús: «tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…» No nos queda margen de escapatoria: por desgracia, entre nosotros continúa habiendo muchos inmigrantes a quienes recibir,  muchos  muertos (de miseria, de injusticia) a quienes llorar, y muchas causas de muerte que transformar.

Servir a Jesús cada día en la persona de los pequeños no es un acto heroico reservado a las élites del compromiso social, sino una forma de vida al alcance de cualquiera y una  expresión auténtica del amor de Dios que transforma el mundo desde abajo. En mi día a día hay lugar para muchas de estas “pequeñas obras de misericordia” que no ganan ningún premio pero que tampoco admiten excusas.

Photo Credit: Hernan Piñera via Compfight cc

Photo Credit: Hernan Piñera via Compfight cc

A lo mejor no puedo alojar en mi casa a una familia de refugiados sirios, pero seguro que puedo mirar con cariño al bebé de una mujer inmigrante, transmitiéndole un poco de calor en lugar de hostilidad o indiferencia. No puedo remediar la precariedad de todo el mundo, pero sí puedo cerrar mi novela y escuchar con atención a cada persona que recorre el tren pidiendo limosna. No puedo poner fin a la guerra, pero sí puedo responder con más humor que agresividad al peatón atolondrado que me da un empujón o un pisotón por la calle. No puedo exterminar la marginación y la exclusión, pero puedo elegir sentarme en el metro al lado de un transeúnte que los demás viajeros rehúyen porque huele mal. A cada cual le toca buscar sus ejemplos.

La misericordia en la vida diaria es bien “corporal”: no se traduce en hazañas sino que se encarna en gestos sencillos que recorren nuestro cuerpo y van generando un nuevo estilo de mirar, de escuchar, de tocar, de oler… La misericordia actuada en lo cotidiano nos conduce a una manera de vivir que pone en primer plano el rostro del otro, a quien reconocemos como prójimo y a quien deseamos recibir con todo nuestro ser, porque sabemos bien que Dios guarda nuestra miseria en lo más profundo de su corazón. Esta dinámica nos saca de la comodidad, desplaza nuestros centros de interés, compromete. Sin embargo, sus resultados no se pueden cuantificar, y a menudo son tan simples que escapan a la mirada poco atenta. A fin de cuentas, la misericordia, como la vida misma, tampoco es una ciencia exacta.


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