Nuevos areópagos: un estanco en Malasaña. ¿Religión o espiritualidad?

Hace unos días, mientras esperaba a una amiga en el barrio de Malasaña, entré a un estanco a fotocopiar unos artículos y un folleto con la liturgia de la Semana Santa y me aconteció algo inesperado. La dependienta se mostró sorprendida por uno de los títulos de los textos que estaba desgrapando: Lo divino de luchar los Derechos Humanos.  Así, entre recambios de tóner, cajas de cartón y publicidad de Winston y Marlboro, como si de un nuevo Areópago se tratara, me preguntó que si era creyente y que a qué me dedicaba. Cuando le dije que era “monja”, su interés en continuar nuestra conversación fue aún mayor. Me preguntó entonces mi opinión por el papa Francisco y por la situación de las mujeres en la Iglesia y así continuamos hablando de lo humano y lo divino hasta que mi interlocutora acabó por fin confesándome que ella no creía en ninguna religión, pero que desde que estaba yendo a unos círculos de meditación había  descubierto la fuerza de la espiritualidad y estaba convencida de que las religiones tendían a desaparecer y que su lugar lo ocuparía la espiritualidad sin apellidos. 

Esta conversación teológica con la estanquera de Malasaña, me hizo tomar aún más consciencia de la actualidad del debate entre religiones y espiritualidades. Hoy son muchos y muchas quienes postulan la tesis del paradigma post-religional y consideran que las religiones son propias de un estadio de la humanidad superado y que su epistemología mítica y su monopolio de la espiritualidad han entrado en una crisis irreversible que no tiene nada que ofrecer para la emancipación de la humanidad y su búsqueda de sentido (J.M Vigil, M. Corbí, etc.). Sin embargo, esta realidad contrasta paradójicamente con la actualidad de dos hechos. Por un lado, la vigencia del dato religioso como elemento de  identificación, incluso en una sociedad post-cristiana, como algunos califican hoy a la nuestra, y que hace que, según un informe reciente del CIS, el 73,95% de los españoles se sigan identificando como católicos, aunque consideren que se trata de una cuestión de índole personal que afecta sobre todo a la vida privada. Por otro, la efervescencia y preocupación por el componente religioso ante la oleada de atentados terroristas que amenazan el mundo. La polémica está servida.

Sobre el segundo hecho comparto las ideas de Cherifa Ben Hassine que defiende la tesis de que el terrorismo islámico está completamente fuera de la moralidad enseñada en el Corán, pues el Islam es la religión de la paz y no de la guerra, pese a las desviaciones que manipulan y deforman la compresión de la yihad, identificándola como violencia política, en lugar de comprenderla como una metáfora del combate interior que todas las religiones postulan. Los crímenes en nombre de Dios, ya sea Allah, Jahveh o Cristo, son perversiones de lo religioso para servir a otra pseudoreligión que se ha convertido en la más poderosa de todas: el  capitalismo, cuyo dios es el lucro, y la omnipotencia del poder y el control a costa de la vida  y la dignidad de los seres humanos y de la tierra. Asistimos hoy a algo que ya se predijo en III Parlamento de las Religiones celebrado en Alicante en 2007: es muy fácil apropiarse de las religiones para, en su nombre, cometer atrocidades en la historia. Pero las guerras y el terrorismo son agresividad organizada que surge de hombres que se sienten demasiado seguros, prepotentes o demasiado débiles.

Por eso, pese a la crisis que padecen las religiones, creo en sus posibilidades de transformación al interior de sí mismas y como caminos de espiritualidad para la humanidad que busca otro mundo y otras relaciones posibles. Pero para ello han de acudir a la fuente originaria de sus tradiciones más proféticas y arriesgarse en el diálogo con la cultura, la ciencia y la búsqueda sincera del bien común  y los anhelos de plenitud y liberación de los seres humanos, potenciando y abrazando la dignidad de la diversidad de toda vida, dejándose modificar por ello.

Lo propio de las religiones es lo que su mismo nombre indica: su capacidad de religar la existencia individual con la totalidad, vincular lo humano, la naturaleza, los pueblos, desde el bien de todos y todas, especialmente de sus miembros más débiles, potenciando lo pro-común desde una ética de mínimos. Por eso la religión no puede desentenderse de la polis: de la justicia social, de los derechos de los humanos y las humanas, de las libertades democráticas, de la economía. Por eso no pueden quedar reducidas a una cuestión privada.

Hace un par de semanas, más de 300 personas musulmanas se concentraron en la Puerta del Sol para denunciar la vulneración de los Derechos Humanos en Bangladesh y la complicidad de las grandes empresas textiles del mundo en ello. Lo hicieron de forma pacífica cerrando su comunicado con la expresión religiosa de Insalah (Si Dios quiere), sin que ello les ahorre esfuerzos en el compromiso por  seguir denunciando la situación de violencia  y muerte cotidiana  en su país y la necesidad de exigir la implicación de la comunidad internacional en lo que está ocurriendo. También en el mes de mayo la Iglesia católica beatificará por fin a Óscar Romero, un creyente, que en nombre de Dios exigió al gobierno y al ejército del Salvador que cesara la represión y por ello fue asesinado celebrando la Eucaristía. Más allá del debate entre espiritualidad y religión que tanta pasión despierta en la estanquera de Malasaña y en mí misma, necesitamos recordarnos que toda fe, toda creencia, si es liberadora, trasciende el ámbito de lo íntimo y tiene una dimensión pública porque, además, LO PERSONAL ES POLÍTICO.   

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