Dr. Juan Benavides Delgado.
Universidad Complutense de Madrid.

Las dinámicas de la globalización han provocado innumerables exigencias a los Estados nacionales y a los propios ciudadanos y, lo que es más importante, han generado unas nuevas circunstancias que las personas no siempre estamos en condiciones de asumir; de esto se ha escrito mucho y bien. A este respeto, tuve ocasión de asistir al debate de la semana pasada que mantuvieron tres importantes personalidades y que respondieron con sinceridad evidente a las preguntas del moderador. La visión del empresario se centró en la necesidad de una ética interna en las organizaciones, la del periodista en los aspectos representativos y generacionales de los problemas y el político en la naturaleza líquida y emotivista de una sociedad que se ha venido construyendo en el pasado siglo. Fue una sesión interesante por la precisión en los contenidos y los aspectos diferenciales de cada uno de los enfoques.

Sin embargo, al final de las intervenciones me quedé un poco con una sensación parecida a la que expresó el moderador de la mesa que comentó: cuando uno coge los problemas con la mano no puede evitar profundizar en las raíces de los mismos. Pues bien; soy de la opinión que una de las cuestiones que afectan al conjunto de los temas debatidos adolece de una falta de lenguaje común, más adecuado a los hechos y a unos propios problemas en sí mismos globales; se requiere un lenguaje más transversal, que permita unificar significados. Y subrayo este extremo porque cuando, probablemente, todo el mundo puede estar ficticiamente de acuerdo en lo que se dice, la verdad es que la comprensión entre los diferentes interlocutores es casi imposible.

No cabe duda que una de las cuestiones más complicadas es saber dar con el diagnóstico del problema y luego utilizar el lenguaje más adecuado para poder ser comprendido. La verdad es que los participantes en el debate dieron su diagnóstico, y lo hicieron de un modo ejemplarmente conciso y claro; pero el lenguaje ciertamente gremial que utilizaron los tres, -y no es una crítica-, no pudo salir del enfoque del político, del economista o del periodista. Circunstancias que se acentuaron de modo muy claro cuando el moderador les pidió que reflexionaran a título personal sobre los que se había comentado hasta el momento. El primero se centró en los refugiados, el segundo en la ética y el tercero en la necesidad de empezar a pensar desde uno mismo. Desde ese momento todo lo que se había dicho por cada uno de ellos, quedó blindado y, casi encarcelado, por el enfoque semántico real de lo que preocupa a cada uno de ellos.

A mi modo de ver este es uno de los retos profundos que nos ha planteado la globalización: la necesidad de construir un lenguaje que esté en condiciones de ser comprendido de la misma manera por todos. Si no recuerdo mal, cuando Rahner comentó que el futuro de la religión cristiana tenía que acercarse a la mística creo que estaba diciendo algo parecido. Es decir; y salvando las diferencias, el lenguaje de la mística ha conseguido construir un lenguaje muy común y propio (E.Underhill). De la misma manera considero que la economía, la política y la sociología requieren romper los discursos gremiales, que todavía padecen a la hora del diagnóstico, en favor de una semántica más transversal, que supere metodologías y unifique mejor los criterios y las soluciones.


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