“No lo olvidéis, muchachos: La riqueza del futuro, el yacimiento de nuevos empleos y el petróleo que haya de mover la Economía Digital son los datos… Los datos… ¡Ah! Y para completar el panorama, conviene decir también que, en este mundo nuestro, globalizado, en el que la Cuarta Revolución Industrial empieza a amanecer –como otrora, ocurría por estos pagos, según el decir de algunos, de cuando entonces- , el centro de gravedad económica mundial se va desplazando inexorablemente -¡ay!-, hacia el este… Y España se nos va a quedar de extremo izquierdo en un mapamundi reconfigurado, con el Índico ejerciendo de centrocampista, en detrimento del hasta ahora titular indiscutible en el puesto: el océano Atlántico. Esta cura de humildad, esta pérdida de renta de posición va a requerir  que vosotros, cuando dirijáis empresas, volquéis toda la fuerza posible en robustecer de manera estratégica las conexiones económicas de España con América Latina y los Estados Unidos. Los lazos culturales debieran estar garantizados. Eso, contando con que no vayamos de sobraos, cometiendo imperdonables excesos de gachupines malcriados… que todo pudiera ser…”

Más o menos esto era  lo que yo les decía a mis alumnos de ICADE el otro día cuando, en el marco de una sugerente asignatura –La dirección de empresas en el siglo XXI, que impartimos al alimón Anna Bajo y el que suscribe-  les ofrecía una síntesis respecto al desarrollo de la economía, la empresa y la gestión, desde mediados del siglo XVIII a nuestros días. ¡Ya tú sahbe! : Que si la Primera Revolución Industrial  fue  la del vapor; que tuvo lugar en Inglaterra y que transformó el mundo. La Segunda, la del acero, la electricidad y la química, fue ya cosa del XIX y parte del XX. En la Tercera andamos aún: La hicieron posible las tecnologías de la información y las comunicaciones, la informática, la robótica, Internet, los smartphones, los nuevos materiales y las tierras raras… aunque –sabido es- el petróleo, el gas y el carbón siguen marcando la pauta energética, como en la Primera y en la Segunda.

Pero a la vuelta de la esquina está –ya asomó un poco hocico- una realidad, si no nueva del todo, cuando menos suficientemente disruptiva como para que le prestemos -¡desde ya!- la atención que se merece.  Me refiero a la Industria 4.0, a la Industria Conectada, a la Cuarta Revolución Industrial, a la Economía Digital… o como se la quiera denominar finalmente.  Que, en función de dónde se ponga el ángulo del visor, de todas esas maneras –y otras posibles- se nos ofrece la inmediata y polimórfica circunstancia socioeconómica. Y ya digo, los datos, los Big Data y el análisis de los mismos –la analyticsva a ser la nueva mina de donde se va a tener que sacar el combustible que impulse la nueva Empresa Conectada de la Economía Digital.

Como cabe suponer, los impactos de todo tipo que ello va a traer consigo –éticos, sociales, educativos, productivos, culturales, personales, de cíberseguridad…-, no somos ni siquiera capaces aún de anticiparlos. Lo único seguro es que, con toda certeza, van a ser de hondo calado.

Pondré un ejemplo cercano, familiar -seguramente- a algunos de los lectores. Pensemos en la forma en que se solía llevar a efecto un trabajo de investigación científica, tal como, por caso: una tesis doctoral. Hasta ahora lo normal era partir de la realidad; y entonces, desde el asombro –el thaumasein platónico- , de la duda metódica –tipo Descartes-, o desde ambas experiencias de perplejidad inquisitiva a la vez,  lo lógico era que emergiera la formulación de una pregunta en busca de respuesta –la famosa Research Question-; y todo ello, para algo, orientado a resolver algún problema… Era éste el que se sustanciaba en los objetivos de la investigación.

Ahora la cosa va a cambiar. Yo tengo datos. Muchos datos. Infinitos datos: Públicos, privados, al alcance de la mano, fáciles de obtener o de comprar.  Por cierto: las empresas los obtienen de nosotros, que los cedemos de manera gratuita cada vez que hacemos “click” en una página Web. ¡Gratis no iban a dar servicios como WhattsAp, por ejemplo! No seamos ingenuos: ¿Qué modelo de negocio sería uno que ofreciera servicios gratis? ¿Dónde está el busilis de la cuestión?: ¡En que pagamos con datos! Nombre, edad, trabajo, estudios, aficiones,…  Datos que luego ellos venden a terceros para que éstos -u otros- “segmenten” bien y nos lleguen a conocer tan bien como nosotros mismos; y en todo caso, mejor que la propia madre que nos pariera…

Volvamos al hilo de la investigación a partir de los datos. Yo, sin pregunta de investigación previa, los cruzo… y espero a ver qué pasa, a ver qué sale… Como comprenderá el lector, siendo las cosas de esa manera, estaremos ya en condiciones de saber descifrar el arcano metafísico que explicará la correlación que hay entre la velocidad y el tocino; o entre el número de veces que la pronunciación de la palabra sorpasso en la asamblea ciudadana de Vista Alegre el pasado fin de semana va a permitir anticipar la tendencia de la bolsa en Singapur… dentro de un año. O sea, que se nos avecinan muy nuevos tiempos…

¡Ojo!: No quiero decir que vayan a ser malos; ni siquiera que tengan necesariamente que resultar peores que los que nos toca vivir en este cuarto de luna. Huyo como del demonio de los profetas de calamidades –san Juan XXIII dixit– y de agoreros impenitentes que no tardan en sacar el cuento de que se va a acabar el empleo, que vamos a ser más pobres y que irremediablemente vamos a tener que acostumbrarnos a vivir en la distopía orwelliana aquélla en la que el  Gran Hermano va por fin a poder llevar a cabo con éxito la completa alienación de todo quisque.

No creo que tenga necesariamente que producirse lo que algunos aventuran como realidad inevitable, más allá de lo que pueda tener de representación ficticia de una sociedad futura con características tan negativas y aterradoras como las que pintaba en 1984 míster Eric Arthur Blair… Soy persona que, contra viento y marea – y también a tiempo y a destiempo, como recomendaba san Pablo… y con razón o sin ella, como recetan los legías de Millán Astray-  sigue manteniendo encendida la antorcha de la esperanza. De no ser así, ya me  encargaría de que alguien de los de Bildu en Pamplona me aleccionara sobre cómo apostatar de la fe católica. Pero, -¡ya digo!-, me parece que, al menos de momento y por muchos años, la cosa va a ser que no…

En todo caso, conviene empezar a pensar en serio estas nuevas realidades, porque tienen derivadas muy sugerentes. Trataré de aproximarme a ello en sucesivas colaboraciones. En Comillas lo estamos haciendo; y desde diversos frentes. Por dar unos ejemplos: Aparte de haber lanzado un Grado en Analytics, los Big Data y el Data Mining están siendo objeto de análisis y debate en el Seminario Interno que tenemos en la Cátedra de Ética Económica y Empresarial a lo largo de este año académico. El pasado 25 de enero moderé en la Universidad una mesa redonda sobre Economics and financial ethics in the Digital Age. Este evento tuvo su continuidad  los dos días siguientes en la Casa de América de Madrid, organizado por la Fondazione Centesimus Annus pro Pontifice  con el patrocinio del BBVA. Y por lo que hace a la Industria 4.0, la semana pasada se inauguraba en ICAI una nueva Cátedra dedicada a estudiar la Industria Conectada.

Pues, lo dicho: Veré de sacarle punta a este amplio y fascinante nuevo campo de juego a lo largo de las próximas entregas.