De lo que emerge y de nuestras sombras (II)

En la entrada anterior considerábamos una forma de relacionarnos con las tradiciones espirituales que cierra las posibilidades de apropiación en nuestro contexto socio-histórico.

Las búsquedas espirituales como tales siguen para algunos, aparentemente a condición de ser “post-tradicionales”. Y como señalábamos, tras el ajuste de la modernidad hegemónica con los propios caminos culturales y de humanización que estuvieron presentes en Occidente, hoy lo que pueden ser sabidurías propias del pasado, están bloqueadas al ser tratadas como atavismos que no pueden, ni deben, ser tomados en serio.

La tradición como exterioridad

Sin embargo, en ese contexto moderno hegemónico, el pasado nos trae elementos que sí pueden adornar nuestra presente. El adorno acompaña exteriormente nuestra vida. Tiene utilidades estéticas, simbólicas y económicas que recrean ambientalmente nuestra persona, espacios y paisajes, y nos permiten acceder a ciertas experiencias de consumo y de recreo cultural, como cuando se introducen esos vestigios del pasado en los circuitos turísticos. Es su “puesta en valor”. El valor de lo instrumental y accesorio, que permite también experiencias pasajeras, que como en el caso de los vestigios religiosos, son huellas de un modo de vida que fue, y que hoy ya no es significativo para la vida de quienes los tratan o contemplan.

Por ello, para otros, el trato exterior con esas señales generadas por quienes tuvieron experiencia espiritual y religiosa es toda la cercanía que se permiten con ese mundo.

Sin embargo, el pasado no es sólo exterioridad, cosas que vienen de antes. Cuando el pasado se presenta así, está rigurosamente muerto para quien se relaciona de ese modo con él. De algún modo, es una alegre necrofilia la que nos propone estas “puestas en valor” de mero consumo cultural de mundos que fueron también espirituales y religiosos. Eliminada su potencialidad espiritual y religiosa, la cultura sólo puede ser inmanente y autoclausurada. La “alegría” con que se nos presentan las cosas recién restauradas, las que pueden ser comercializadas, y ser disfrutadas aun transitoriamente para romper la monotonía de la repetición de productos estandarizados y mundos tecnificados. La eficiencia con que se administran esos circuitos turísticos y con que se transforman los elementos de estos mundos antiguos en productos o servicios disfrutables parece ordenarse a compensar las carencias de la vida presente.

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La tradición como condición humana

Cualquier proceso de humanización, es decir, de apropiación de posibilidades para desarrollar las capacidades humanas, se da en un medio social. Pero los otros no sólo están junto a nosotros interfiriendo o acompañando nuestras vidas, sino que nos ofrecen formas de articular y responder a las necesidades humanas, sean estas materiales o inmateriales. En eso consiste la “tradición”, que etimológicamente significa entrega. Los otros nos entregan formas de humanizarnos, de responder al entorno (hacer) y de responder a la forma en que podemos tratarnos para ir configurando nuestra persona (hacernos). Esas formas de responder, o esas “tradiciones” es lo que constituye la riqueza histórica de una sociedad y el medio de lo que comunicamos unos a otros. Lo que emerge de las actuaciones de los otros y de nuestras actuaciones es el suelo desde donde se construye las siguientes acciones personales y sociales.

El trato con el pasado

El pasado permanece vivo en la medida en que puede resultar inspirador y servir para atender nuestras necesidades presentes. O permanece muerto en la medida en que no se atiende sus experiencias ni sus interpelaciones, ni sus productos. O medio muerto, cuando se considera como objetos o producciones de sujetos que no son auténticamente humanos, en un sentido pleno y emancipado, sino sujetos a formas de simple barbarie o subdesarrollo; que son vistos así desde nuestra superioridad histórica y actual.

Ética de la tradición

Estas formas de tratar con el legado de las actuaciones y de las propuestas de humanización de los otros implican una responsabilidad ética. Y en particular, una responsabilidad dialógica. Los otros, a partir de lo que queda y nos resulta accesible de sus actuaciones y de sus instituciones (formas repetidas de actuación en un ámbito) nos comunican sus formas de hacerse humanos y de construir realidad.

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Si nuestro trato con los otros no quiere ser indolente o dogmático, sería necesario concederles, al menos, una presunción de humanidad; y por tanto, también de capacidad comunicativa hacia nosotros. Accesoriamente, es pertinente tratar los estereotipos que se interponen entre ellos y nosotros con más sentido crítico. Nuestro trato con los otros siempre está mediado de algún modo por un juicio, que cuando no está contrastado y depurado es mero pre-juicio. Pero es relevante, sobre todo, ser conscientes de los cierres culturales de nuestro tiempo para aprender de otras dimensiones negadas o injustamente olvidadas, que impiden a muchos acceder a formas de humanización quizás también acertadas para responder a nuestras búsquedas.


Foto de portada: Imagen exterior de la iglesia de San Luis de los franceses, en Sevilla.

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