¿Nos molesta la desigualdad pero nos gustan los rangos?

Hace unos días, la prensa reseñó un estudio titulado “La aversión a revertir los rangos inhibe la redistribución en las sociedades” (Rank reversal aversion inhibits redistribution across societies), publicado en la revista Nature. La tesis central es que estamos dispuestos a contribuir para disminuir la desigualdad, pero siempre que ello no suponga que el otro nos rebase.

El resumen inicial del artículo indica:

la gente apoya a veces la desiguadad para evitar que se reviertan los rangos sociales. (…) Cuando una transferencia revertiría los rangos existentes de ingreso, los adultos de todas las culturas tienen el doble de probabilidades de rechazarla. (…) En sociedades como los pastores tibetanos nómadas con un nivel bajo de integración por mercados, observamos un nivel excepcionalmente alto de aversión a revertir los rangos. En niños, encontramos que la aversión a la desigualdad se desarrolla entre las edades de cuatro y cinco años, como muestran anteriores estudios, mientras que la aversión a revertir los rangos se desarrolla entre las edades de seis y siete. De manera semejante a como algunas especies animales desarrollan órdenes de alimentación estables para reducir la violencia dentro del grupo, la aversión humana a revertir los rangos se observa a una edad temprana y en multitud de culturas. 

Estos pronunciamientos deben ser tomados con calma. Simplemente reseñan los resultados de algún experimento científico, y como se ve en las últimas frases del resumen, especulan un poco a partir de ellos. Cuando se trata de preferencias sociales (por la igualdad o la conservación de las jerarquías en este caso), nos encontramos en el terreno de lo moral, donde hablar de “naturaleza humana” es arriesgado. El elemento cultural resulta central en la formación de las preferencias.

Que algo ocurra en muchas culturas o sea frecuente a partir de ciertas edades, no indica que pertenezca a una naturaleza humana pre-cultural, la cual probablemente solo exista como potencialidad o capacidad de aprendizaje. Basta notar el lugar central del lenguaje en los procesos de definición de nuestras preferencias. El lenguaje es irremisiblemente cultural, la clave de la cultura quizás. No existe el “lenguaje natural”: los niños criados por lobos no hablan ningún idioma, ni saben indicar nada que no pertenezca al mundo de los lobos.

Sin embargo, precisamente porque se trata del campo moral donde se encuentra la cultura, el artículo apunta a una dirección interesante para los cristianos.

Ayudar a los empobrecidos a ampliar su espacio en la vida es un mandamiento básico del cristianismo. Así lo han entendido prácticamente todas las formas y confesiones cristianas desde siempre. Así siguen haciéndolo, incluyendo una importantísima presencia en las ONG de emergencia, asistencia, educación, sanidad, desarrollo, etc., muchas de las cuales son directamente confesionales.

La concepción cristiana del ‘amor preferente’ por los pobres ha sido variable con tiempos y sujetos. Quizás podrían señalarse tres aspectos de ella, no excluyentes entre sí : (i) La asistencia a los empobrecidos; (ii) El desarrollo de sus capacidades; (iii) El cambio estructural para que tengan oportunidades. La primera es más personal; la tercera más política; y la segunda se encuentra en medio.

La línea del artículo que comentamos nos permite plantearnos una sospecha que afecta a las tres líneas a la vez: ¿Y si por cualquiera de ellas, o cualquier combinación en que estemos comprometidos, pretendiéramos solo un éxito limitado? ¿Y si quisiéramos, cómo no, que los pobres concretos por los que trabajamos mejoraran su situación, pero sin que ello altere tanto el ranking social como para que ellos queden por encima de nosotros?

La cuestión no es tan teórica: en un mundo-mercado como el nuestro, el éxito en la erradicación de la pobreza significa generar nuevos competidores, que pueden pasarnos por delante. ¿También promovemos la lucha contra la pobreza cuando la forma de disminuirla en África implique acabar con los subsidios a nuestra agricultura? ¿Estamos de acuerdo con que buena parte de nuestra industria sea barrida por la competencia china e india, con la que tantos están saliendo de la pobreza? No es obvio.

Una cosa es disminuir la desigualdad; otra cosa es que nuestro trabajo para reducir esa desigualdad sea tan efectivo que nos puedan rebasar. Reducir la desigualdad e invertir el ranking son dos cosas muy distintas, como el artículo ayuda a notar; eventualmente opuestas: en la medida en que sentimos el peligro de que ocurra lo segundo, quizás somos menos eficaces en lo primero. Nos desagrada la desigualdad, pero ¿nos desagrada la jerarquía que coloca a otros por debajo de nosotros, o nos desagradaría todavía más si quedáramos nosotros por debajo de ellos?


Imagen: sistemaencrisis.files.wordpress.com

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