No es “peccata minuta” (historias de nuestras pequeñas y pequeños)

Historias de nuestras pequeñas y pequeños

Se llaman Roman, YoussefJulia o Samuel. Tienen en común que la opinión pública les considera héroes. También tienen en común  su corta edad y el hecho de que con sus actitudes, estos pequeños y pequeñas contribuyen a desmontar  imágenes y actitudes por lo general demasiado asentadas en la sociedad, en la que los menores son tratados como personas que no cuentan, a menudo  sin opinión que merezca ser escuchada sobre lo que sienten, les sucede o les afecta.

Ello ocurre a pesar de que prácticamente en todas las constituciones del mundo se les nombra, de que existen Declaraciones y Convenciones dedicadas específicamente a ellos. Normas en las que se le reconoce la titularidad de unos derechos inalienables… Y con todo, estas niñas, estos niños, a veces son protagonistas de noticias en las que se resalta lo excepcional, lo admirable de sus comportamientos, la “madurez” que pese a su corta edad presentan y que se convierte en un ejemplo para los demás por el que son condecorados  por autoridades y agasajados por los directores de sus colegios. Y es que sucede que sólo a partir de  noticias “extraordinarias” caemos en la cuenta de lo “ordinario”, de lo real: Que los niños dicen, cuentan y hacen más allá de los esquemas en los que los mayores les colocamos (a menudo para nuestra propia tranquilidad).

Comenzaré con Roman, un niño británico de cuatro años que al ver a Sharma, su mamá desmayada por un ictus, reaccionó cogiéndo con sus manitas la mano de ella para desbloquear el móvil con la huella digital de su dedo pulgar y, a través del SIRI (el servicio buscador que tienen los teléfonos Apple), se puso en contacto con el servicio de emergencias de su ciudad (Kenley, en el Reino Unido) y dio su dirección para que pudieran atenderla. Gracias a ello la madre pudo recuperarse completamente.

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La historia de Youssef es parecida a la de Roman. Youssef, de nueve años, también se encontraba en casa, pero en este caso en Madrid, en el barrio de Carabanchel, también con su madre, cuando oyó un grito y poco después, tras un fuerte golpe en el suelo vio a su madre tendida. Recordó entonces lo aprendido en un taller que habían impartido hacía poco los bomberos en su cole y llamó al teléfono de emergencias 112. Así su madre pudo ser atendida y hoy está, afortunadamente, viva.

El último relato, y el más reciente, nos conduce a Samuel (nombre figurado) un niño de seis años del barrio coruñés de Labañou que una madrugada del mes de enero de este mismo año hizo una llamada a la policía local para denunciar que el ex novio de su madre , sobre el que recaía una orden de alejamiento, había entrado en casa y tras golpearla, estaba amenazado con matarla a ella y a sus hijos. Cuando la policía entró en la casa, Samuel estaba dando el biberón a su hermanito pequeño para que no llorara.

Casos de coraje como los relatados no son tan excepcionales. Día tras día muchas niñas se encargan – en el sentido más amplio de la palabra- de sus hermanitos pequeños en ausencia de sus padres, muchos de los cuales trabajan en situaciones de precariedad. Día tras día otros tantos menores buscan espacios y tiempos para ir al colegio aunque sus hogares sean precarios o las realidades de su vida familiar sean auténticos infiernos. Películas como “Buda explotó por vergüenza” o documentales como “camino a la escuela” muestran realidades mucho más extendidas de lo que parece  en las que los niños y niñas no es que nos den lecciones de “ madurez” (un término tan general como ambiguo) sino de humanidad, de amor y de compromiso.

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Por eso, ejemplos como los de Samuel, Roman o Youssef  son, en el fondo, una llamada a la sociedad para que los niños y niñas sean tomados en cuenta con toda la entidad y el respeto que merecen, con el tiempo, el espacio y los medios que necesitan  para desarrollarse (y nosotros y nosotras para acompañar ese proceso). Sólo si nos damos el espacio y el tiempo necesarios para el acompañamiento aprenderemos a descubrir y entender, viendo además cómo en el proceso no dejan de descolocarnos.

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