No sólo Cataluña: intereses y ensoñaciones

No sólo Cataluña. Ni el intento secesionista catalán es el único problema importante en España, ni los intereses que esconde ese intento son exclusivos de Cataluña. Hace poco más de dos años, advertía en este mismo blog, lo que estaba en juego en las inminentes elecciones autonómicas catalanas. Desgraciadamente el tiempo ha venido a darme la razón. El independentismo catalán responde sobre todo a que buena parte de la burguesía catalana quiere tener todavía más margen de maniobra para proteger sus intereses sin tener que dar cuentas a instancias superiores del Estado español.

Así lo viene reivindicando desde que en el siglo XIX se intentó liberalizar la economía española, convirtiéndose en los principales abanderados del proteccionismo. Claro está que el problema no se redujo a Cataluña sino que España, como la mayoría de Europa, acabó por caer en una espiral proteccionista-nacionalista.  A ello se une la ensoñación de muchos afectados por la crisis que ven en el nacionalismo la solución a todos sus males, ignorando que se verían aún más agravados. La escasa competencia-innovación sigue siendo uno de los problemas de gran parte de la Unión Europea y de España en particular

España se caracteriza por tener muchos mercados poco competitivos. Eso explica las deficiencias del sistema productivo. El generalizado y repetido lamento acerca de la deficiente inversión en innovación (Investigación + Desarrollo tecnológico), y de la debilidad de buena parte de las pequeñas y medianas empresas españolas, tiene nula o escasa trascendencia práctica. Al no abordar los factores que restringen de hecho la competencia es imposible avances en esos aspectos. Nadie innova si no existe competencia. Cuando le preguntaron a Hicks, premio Nobel de Economía, qué es el monopolio, respondió “la vida tranquila”.

Además, las instituciones políticas adolecen de transparencia y credibilidad, y hay una escasa vertebración social. Existen importantes desequilibrios y tensiones en esos tres ámbitos: el económico (mercado), el político-jurídico (Estado) y el de la convivencia social (sociedad civil. Nos limitamos aquí al ámbito económico, que no es el más importante, aunque a veces lo parezca, y no es independiente de las decisiones políticas y las actitudes sociales, aunque con frecuencia se nieguen esas conexiones.

La Unión Europea presupone una liberalización económica. Desaparecen las fronteras que suponen los aranceles y subvenciones al comercio entre los países de la Unión. Se establecen reglas comunes en el funcionamiento de los mercados. Las relaciones con países terceros, fuera de la Unión Europea, también tienen un marco común. España se ha adaptado a ello en poco tiempo y ha logrado un notable crecimiento económico que ha supuesto una mejora del nivel de vida del conjunto de la población.

La apertura externa de la economía española ha llevado a pensar que los mercados se han vuelto muy competitivos. Sin embargo, no sólo en España sino en toda Europa, subsisten numerosas normas, prácticas y obstáculos que segmentan los mercados y los protegen de la competencia. Los ayuntamientos y comunidades autónomas tienen un margen de regulación propia, pero sobre todo de aplicación de las normas, que generan monopolios u oligopolios locales.

Se dificulta la concesión de licencias cuando las obras no se van a realizar con empresas “amigas” de los gestores de la Administración correspondiente. Se establecen concursos restringidos a empresas del ámbito local o autonómico. Se fragmentan tareas a realizar para evitar sobrepasar la cuantía que exige un concurso público. El propio sector público al diseñar la estructura de infraestructuras y los servicios de carácter universal, como pueden ser la sanidad y la enseñanza, lo hace en función de intereses espurios que los hacen ineficientes y dificultan la deseable coordinación con agentes de otras comunidades autónomas y ayuntamientos.

El intento independentista catalán no responde tanto a querer más dinero (“España nos roba”), como a querer hacer con el dinero público lo que a las instituciones públicas catalanas les dé la gana, sin necesidad de dar cuentas a las instancias superiores del Estado español. La burguesía catalana nacionalista sigue echando de menos el proteccionismo. Hay numerosos textos de finales del siglo XIX y principios del XX, que demuestran que el arraigo del pensamiento nacionalista de la burguesía catalana tiene raíces muy profundas en el tiempo. Por cierto, en algunos textos vascos de la época hay ya un apoyo claro a las posiciones proteccionistas-nacionalistas catalanas, lo que no es de extrañar.

Una pretendida “izquierda” también ha justificado el nacionalismo, como si éste fuese la solución de todos los males. Desde ámbitos académicos y sindicales, se ha argumentado que la independencia de Cataluña era la única solución para los males de la crisis y que en ese sentido cualquier persona progresista debía apoyarla como primer paso para un cambio de políticas en el resto de España y Europa. Pocos del entorno académico, político o social cercano a los que defendían esa postura han contrarrestado esos argumentos. Sólo recientemente han aparecido voces en ese sentido. La mayor parte de la izquierda y la intelectualidad catalana en primer término, pero también más en general, ha apoyado, por activa o por pasiva esa clase de argumentos.

La crisis ha debilitado, como se viene diciendo, a las clases medias. Por eso en esta coyuntura los voceros del independentismo vienen desde hace tiempo planteando que esta es la ocasión para imponer la independencia, ahora o nunca. Por un lado, desde argumentos pretendidamente de izquierdas se alienta el independentismo entre parte de las clases más bajas a las que se suman jóvenes en paro o con empleos precarios. Por otra, una parte significativa de las clases altas, cuyo núcleo más fuerte es una burguesía que añora el proteccionismo y lo ve como solución a los problemas que también han experimentado, ve en el independentismo una tabla de salvación.

Ni los “precarios” ven que nadie haya formulado una cierta alternativa que les haga mejorar su presente y vislumbrar un futuro menos negro; ni la burguesía catalana ve tampoco claro que haya alternativas que despejen sus problemas y expectativas. Por eso todos tenemos, en cierta medida, una responsabilidad, por activa o por pasiva, en no haber contribuido en la medida de nuestras capacidades y posibilidades a generar alternativas viables, que en la mayoría de las cuestiones tienen que tener un ámbito europeo.

La construcción europea requiere políticas nacionales que eliminen obstáculos a la competencia que van mucho más allá de la simple liberalización del comercio exterior. Es preciso evitar que en los ámbitos regionales y locales se enquisten prácticas que restringen la competencia. Esas prácticas se amparan a veces en normas o funcionamientos que son claramente ilegales (corrupción), pero que con frecuencia no se detectan o denuncian. En otras ocasiones se trata de actuaciones paralegales o costumbres admitidas como buenas que encubren privilegios y favores interesados.

En el fondo subyace un debilitamiento de los Estados nacionales que quedan en una especie de tierra de nadie entre las instituciones supranacionales e infranacionales. El “más Europa” requiere Estados nacionales que fortalezcan las políticas europeas en vez de frenarlas por su pasividad frente a prácticas que erosionan la cohesión europea desde ámbitos regionales y locales. Bajo el lema de la cercanía y la democracia se encubren prácticas corruptas que favorecen sólo a unos pocos y acaban perjudicando a todos a medio y largo plazo. He oído a algún alcalde justificar sus actuaciones caciquiles diciendo que lo que trata es de sostener el empleo local.

También subyace una cultura, que por contradictorio que parezca (no hay cultura si no tiene un carácter social) es individualista. Eso implica que cada uno reivindica cada vez más para sí mismo (mi familia, mi pueblo, mi comunidad) al mismo tiempo que se siente progresivamente irresponsable de la construcción de ese “común” (familia, pueblo, comunidad, nación, Europa, etc.) al que solicita soluciones. “De lo mío qué”, y se podría responder “a quien se lo preguntas”. “Esta casa y este país es un desastre”. ¿Hemos caído en la cuenta de que nosotros formamos parte de la casa y del país?

Recurro a la literatura para cerrar esta reflexión con humor irónico y con esperanza poética.

El eminente escritor Joseph Roth, junto a Stefan Zweig y Sandor Márai, entre otros, que narran las vicisitudes que se desatan tras la caída del imperio austrohúngaro y que soñaban con una Europa diversa pero unida, pone en boca de uno de los personales de su novela El busto del emperador la siguiente frase:

“-¡Escucha lo que te digo, Salomón! Ese asqueroso Darwin que dice que el hombre procede del mono va a resultar que tiene razón. A los hombres ya no les basta con estar divididos en pueblos, ¡no!, quieren pertenecer a distintas naciones. Nacional… ¿me oyes, Salomón? Ni a los monos se les ocurriría semejante idea. Con todo, la teoría de Darwin me sigue pareciendo incompleta. A lo mejor son los monos los que proceden de los nacionalistas, pues los monos suponen un progreso. Tú que conoces la Biblia, Salomón, sabrás que en ella está escrito que el sexto día Dios creó al hombre, no al hombre nacional. ¿No es así, Salomón?”

(Joseph Roth, El busto del emperador, Barcelona, Ed. Acantilado, 2005, página 21)

Y la escritora española Gloria Fuertes nos dejó este poema:

“Al aire, al aire puro no le gusta acariciar banderas. Todas las banderas huelen a proyectiles, a heridas. Todas las banderas huelen a sangre de hombre joven.

El aire puro de mala gana las ondea hasta que con todas las banderas los países hagan una soga larga multicolor gigantesca, entonces el huracán se convertirá en suave céfiro que acariciará la única bandera del mundo gustoso”

2 Comentarios

  1. Roth, Zweig y Sandor Marai, entre otros, rechazaban la disgregación del imperio autrohúngaro, detestaban el nacionalismo y soñaban con una Europa unida, y no partían de la mentira y el rencor. Justo lo contrario del nacionalismo catalán que apoya la disgregación, exalta el nacionalismo y contribuye a deshacer Europa como los partidos de extrema derecha europeos, que son los únicos que los apoyan. Además lo hacen desde el rencor y la mentira (España nos oprime y nos roba, hay presos políticos como en el franquismo, etc.). Ciertamente en el nacionalismo español hay también mucho rechazo al diferente, pero por primera vez en nuestra historia estamos avanzando, aunque sea de forma lenta y vacilante, hacia la comprensión y la convivencia con el “otro”. Una cuestión diferente es que tengamos una sociedad civil débil y que los creyentes en Jesús tengamos una responsabilidad especial en ese sentido. En vez una Iglesia basada en comunidades de vida, como lo eran las primitivas comunidades, con todos sus defectos y limitaciones, hemos creado una estructura administrativa en que la mayoría de los creyentes, incluso de los practicantes, no forma parte de comunidades, a lo sumo de asociaciones dirigidas por el clero, asistiendo a misa a título individual o familiar. Eso requiere otro debate que, al menos a mí, me desborda en buena medida. Gracias una vez más por tu compromiso y participación

  2. Se me ocurre (quizá tan solo por una tendencia innata a ser “abogada de pleitos pobres”) que detrás de al menos gran parte del sentimiento nacionalista no se encuentre un cálculo económico más o menos acertado, que al fin y al cabo es un elemento “racional”, sino la nostalgia “romántica y sentimental” de un espacio que sea realmente habitable, en el que se pueda arraigar comunitariamente; creo que de esto era de lo que hablaban Roth y Zweig cuando expresaban su duelo por el imperio, desaparecido y sustituido por Estados-nación que impedían la posibilidad de las minorías, fueran las que fuesen, de vivir en una casa realmente común; y también creo que descubrir y trabajar por ese tipo de espacios comunales es un reto urgente para todas las sociedades actuales. Nuestro actual Papa nos lo recuerda infatigablemente. Es prácticamente seguro que la invención o el retorno a estructuras propias de un pasado idealizado no sea la solución más inteligente o factible; pero solo desde una comprensión mutua y empática de posiciones y objetivos se puede discutir e intentar buscar soluciones o negociaciones. Ahí todos pero en especial intelectuales brillantes y bienintencionados como sois los colaboradores de este espacio tendríamos papeles que jugar, por muy distintos que fueran su carácter y relevancia. Y a ello, pienso, darían pie muchas de las ideas que hay en esta colaboración. ¡Gracias por ella!

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