No será fácil, pero el capitalismo tiene arreglo

Hay una especie de baile de la yenka  – ¿recuerdan?: “izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás… ¡un, dos tres!”- que, algunos sostienen, conforma los ciclos políticos y que, dicen, se repite también en lo socioeconómico con recurrente cadencia. En un reciente trabajo –The Rise and Fall of Nations–, Ruchir Sharma afirma que el ritmo político –eso sí: arrancando siempre de una crisis, más o menos dramática– se atiene a los siguientes cinco tiempos:  (1) la crisis exige reformas; (2)  las reformas generan riqueza; (3) las vacas gordas alimentan la autocomplacencia; (4) la autocomplacencia y la euforia abonan la laxitud; y (5) esta falta de rigor político en la gestión de lo económico daría lugar a otra nueva crisis… y vuelta a empezar.

No soy muy partidario de estos esquemas; o cuando menos, no muy partidario de tomarlos al pie de la letra: Sir Karl Popper me tiene vacunado hace muchos años contra el virus del historicismo. Pero, de alguna forma, es evidente que, pese a la simplificación que la secuencia ofrece, no deja de tener visos de cierta verosimilitud. Tentado se siente uno de decir, con el italiano, aquello de que se non è vero, è ben trovato. Tomemos por caso al capitalismo.

Después del desbarajuste que había supuesto el crack de 1929, la salvación pasaba por arrumbar el dogma liberal que había sido asumido, durante décadas, de manera ingenua. Se había constatado que no siempre la libertad irrestricta redundaba en crecimiento económico… ni mucho menos en la creación de riqueza y en el incremento del progreso y el bienestar. Ergo, había que intervenir y, sobre todo, regular, ordenar la economía, embridar los mercados; y de manera muy especial, el mercado financiero.

Cuando allá por los comienzos de los ochenta del pasado siglo el neoliberalismo se entroniza, de la mano de Reagan y Thatcher, lo primero que los grandes lobbies exigieron fue quitar de en medio aquellos corsés reglamentistas que –aseguraban– impedían la innovación; y con ello, el advenimiento, no se sabía si de El Dorado o del más prosaico reino de Jauja.

Se vivieron desde entonces cambios complejos. Lo que yo escribía el otro día de que la globalización viene de globo, abunda un tanto en lo que sugiero… Y sobre todo se generó una mantra práctico que recetaba libertad sin responsabilidad; inmediatismo cortoplacista e impaciente; maximización de resultados financieros a cualquier precio y como fuera… expansión del crédito para comprar bienes que, muchas veces, no se necesitaban…  con un dinero que no teníamos… sin lograr con ello de ser más felices… sino estar más endeudados.  Y en esas andamos.

¿Tendrá arreglo este sistema? No será fácil, pero creo que sí… Implicará reajustar los mecanismos económicos, introduciendo el sentido del propósito y el para qué: el telos político de la economía. En una nueva versión de la hegeliana dialéctica del amo y el esclavo, habrá que volver a poner lo financiero en su sitio. Esto es: al servicio de la economía. Y sobre todo, habremos de repensar los aspectos culturales y ecológicos… preguntándonos si tiene sentido crecer por crecer, en una suerte de síndrome de la célula cancerígena. Que también crece, pero, que por ello mismo, mata.

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