No quiero oír hablar de Lesbos

Muerte y vida, Gustav Klimt

La muerte es una experiencia absoluta, radical, toca la esencia de lo que somos y lo cambia para siempre. Yo tuve la mala suerte de vivirla siendo muy joven. Ahora puedo contar mi vida a partir de esa experiencia, entender lo que soy a partir de ese hecho fundamental.

Durante los primeros años que siguieron a esa muerte definitoria, otras muertes, más lejanas, acaecieron. La primera sensación al recibir esas noticias era un extraño cosquilleo en el alma, una suerte de anestesia que debía sacudirme a manotazo limpio para poder conectar con el dolor del otro. Sentía por dentro un zumbido, como el que se queda en los oídos cuando se ha estado expuesto a un ruido muy fuerte, y se sigue escuchando durante largo tiempo, mucho más de lo que el ruido ha durado. Así es también la muerte, la inercia del dolor nos sigue, bajo una forma u otra…

El zumbido del dolor, el vértigo de caída brusca, me acompañó durante largo tiempo, más del que me tomó pasar por el luto, hasta que ya se habían acabado las lágrimas y la vida se llenó de otros afanes.

Cada muerte es una tragedia para alguien. La muerte de mi ser amado fue una tragedia para mí y los míos, pero también son una tragedia las muertes de muchos, aunque no signifique un antes y un después en mi vida. Pero significan.

Me asomo cada día a las noticias con el corazón en un puño y me remueve el dolor de la muerte ante el reguero de tumbas que permite Europa en sus fronteras, donde han perdido la vida miles de personas huyendo de guerras, las que están en los países de dónde éstos han huido, las que siembra el machismo asesinando mujeres, las que va dejando Boko Haram a su paso, las de tantos genocidios que coexisten con el bienestar y el estado de derecho, como si de universos paralelos se tratara. Hemos visto una tras otra tragedias como las de Lampedusa, y no entiendo cómo con tanta muerte no estamos llorando a mares.

T. S. Eliot decía que el ser humano no soporta demasiada realidad, y yo lo confirmo cada vez que me enfrento a un noticiario, y la mayor parte de las veces me vence la realidad y apago la radio. Si viviéramos como propias tantas muertes anónimas, no podríamos levantarnos. Pero hundirnos ante la tragedia es casi tan dañino como ignorarla, dejarnos ensordecer por el zumbido, negarnos a escuchar, a ver, a sentir…

Nos conmovió la muerte de Aylan, pero ese estremecimiento de horror se ha ido quedando como un zumbido, y me pregunto a veces si podremos sacudirnos para mirar de frente esa tragedia de la que, como ciudadanos, somos responsables. Me lo he preguntado esta semana, en la que he estado haciendo el quite a las noticias que vienen de Lesbos. No sé si éstas muertes van a significar un antes y un después en quiénes somos como sociedad,  y me pregunto qué historia podremos contar a partir de aquí… lo que sí podemos hacer es ser opinión pública activa, generadores de tendencia, sacudirnos la anestesia y mirar de frente al dolor que nuestros estados están provocando, o se están negando a atender. Hacer de esto un tema relevante en nuestros espacios cotidianos, colonizar con justicia y la exigencia del cumplimiento de los derechos humanos el cacareo vacío de las tertulias. Ser testigos activos de nuestra realidad, ayudar a tejer la historia que es también nuestra.

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