Principio de no agresión

Andaba estos días en Nicaragua en un taller sobre cultura de paz y género y una de las conclusiones es que para la transformación de la realidad, estas dos temáticas, cultura de paz y género no pueden ir separadas, ya que forman parte de la misma realidad de violencia. Una violencia que se identificaba claramente con la necesidad de trabajar las relaciones de poder.

De esto quiero escribir hoy, de las relaciones de poder. Sé que a más de uno y de una hablar o escuchar la palabra poder le pone nervioso. Hemos vinculado el poder de alguna manera con algo negativo, relacionado con la ambición, el despotismo, autoridad, corrupción, etc..pero lo cierto es que vivimos insertos en multitud de relaciones de poder.

Desde el poder que la familia, la sociedad, la cultura o el contexto ejerce sobre nosotros, a relaciones de poder que se dan en una relación de pareja, en el trato con los hijos, en el terreno de la amistad y el género. Se da en el terreno laboral con jefes, jefas o con compañeros de trabajo, se da en el terreno eclesial donde a los religiosos y religiosas les damos una autoridad o poder moral sobre el resto. Claramente se da en lo militar, en lo policial, en definitiva en el terreno de la seguridad.

Y hoy en día los medios de comunicación y redes sociales ejercen un fuerte poder sobre nosotros y sobre cómo nos construimos e identificamos. Las modas, el dinero o las grandes multinacionales ejercen su poder pareciera que omnipresente. Y claro está, la política, el sistema político, los políticos juegan su porcentaje de poder.

En definitiva vivimos y nos relacionamos con el poder que ejercen sobre nosotros, con nuestra cuota de libertad, claro está, pero también con el poder que nosotros ejercemos sobre los demás. Y esa es la pregunta que más me conmovió en estos días. Cómo ejerzo yo mi poder, porque nos guste reconocerlo o no, formamos parte de este puzle de relaciones de poder desde que somos bebés.

Ejercemos el poder cuando nos manifestamos, cuando votamos en las elecciones, cuando consumimos, cuando damos consejos u opinamos. Sabemos sobre qué personas tenemos influencia y poder y ahí jugamos nuestras cartas. Yo ejerzo el poder cuando tomo decisiones o cuando no, cuando hablo de una u otra manera, cuando lidero o coordino una reunión de trabajo o de amigos. Ejerzo mi poder dentro de la familia, con mis sobrinos y sobrinas, con mi padre y con mi madre. Tengo y reconozco mi cuota de poder.

El poder no es un problema, es bueno y necesario, el problema llega en cómo ejerzo ese poder. Ejercemos el poder con la mirada, pero, ¿cómo miramos? Ejercemos el poder de la amistad, pero, ¿cómo nos relacionamos? Ejerzo mi poder en la sociedad, pero, ¿cómo construyo ciudadanía?

En muchas ocasiones estas relaciones de poder son raíz de la violencia que sufrimos, pero también de la que ejercemos. En el taller de Nicaragua alguien decía, “No queremos un poder de dominio, sino un poder compartido”, y yo diría además, no queremos un poder de dominio, sino un poder de servicio.

Tenemos que empezar a deconstruir una cultura del poder que agrede y excluye, con la idea y el sueño de querer construir una nueva cultura, una nueva práctica, una pedagogía del cuidado, con un principio de no agresión.

Ejerzamos nuestra cuota de poder, en las próximas elecciones, pero sobre todo cada día como ciudadanía. Una ciudadanía a la que no le gane la partida el poder del miedo, que sin duda es el más poderoso en nuestros días.

 

Compartir

1 Comentario

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here