Los Juegos Olímpicos se han convertido, sin duda, en un fenómeno global que supera con mucho lo estrictamente deportivo. Este año, a propósito de Río, estamos viendo una amplia cobertura, numerosos análisis, perspectivas diversas y enfoques variados.  Mi comentario no quiere ser “uno más”, sino ofrecer una mirada global, crítica también con las visiones críticas. Y, como siempre intento, constructiva.

Me ha llamado la atención la abundancia de miradas “alternativas”, también en los medios convencionales. Ya en la ceremonia de inauguración tuvo un papel destacado la defensa del medio ambiente y, más en concreto, de la selva amazónica. También se reflejó la diversidad social y cultural de Brasil, de la mano de Fernando Meirelles y la música de las favelas. Tanto es así, que desde las publicaciones conservadoras se ha criticado este planteamiento, como contaminado de “marxismo cultural”.

yusraTambién desde el inicio (e incluso antes) ha cobrado un significado especial la realidad de las personas refugiadas que, por primera vez en la historia, han formado un equipo propio, bajo la bandera del COI, que recibió algunas de las mayores ovaciones de la ceremonia inaugural. Ya en competición, destacaron el judoka congoleño Popole Misenga y la nadadora siria Yusra Mardini, que tuvieron un emotivo reconocimiento por parte del público. Sobre esta cuestión de los Juegos Olímpicos, la inmigración y el refugio ha escrito en este blog José Luis Pinilla. Hay otros muchos atletas migrantes, por ejemplo en el equipo de Estados Unidos; el mismísimo Mo Farah puede entrar en esta categoría, pues el atleta británico es de origen somalí.

También las minorías étnicas han logrado un cierto reconocimiento, tanto en lo referido a Brasil, como en la representación española, con la presencia del boxeador Samuel Carmona, de etnia gitana. Por otro lado, los Juegos de Río han sido calificados como “los más gais de la historia” (con algunas iniciativas no exentas de polémica) y, sin duda, el enfoque de género ha estado muy presente en las críticas que el análisis feminista ha hecho del tratamiento de la competición (y, más en general, en el movimiento olímpico).

ibitihaj-muhammadPor supuesto, el hecho religioso ha estado y está muy presente en los Juegos Olímpicos. Bueno, tan presente como en la vida misma. La imagen del partido de volley-playa entre Egipto y Alemania ha dado la vuelta al mundo, pero mucho menos se ha hablado de la medalla de oro en esgrima obtenida por la musulmana estadounidense Ibtihaj Muhammad, que ha competido con su hijab.

Entre los católicos (bueno, las católicas) destacan dos de las más brillantes estrellas de los Juegos, que han dominado la escena en la primera semana: la nadadora Katie Ledecki, alumna del colegio del Sagrado Corazón en Stone Ridge (Maryland), y la gimnasta Simone Biles que siempre ha encontrado fuerza en su fe cristiana para superar las grandes adversidades de su vida. Y ahora ya ha irrumpido en competición el huracán Usain Bolt, con su medalla de la Virgen María al cuello.

usain-bolt-miraculous-medalEn resumen: estos Juegos Olímpicos están mostrando una gran diversidad y una abierta sensibilidad hacia los derechos culturales: ecología, LGTBI, feminismo, diversidad religiosa, refugiados… Muy bien. Es un modo de plasmar la llamada política de la diferencia. Pero…

Sí, hay un pero. La política de la diferencia no puede hacernos olvidar la política de la igualdad. Los derechos civiles y culturales no pueden menospreciar los derechos sociales y económicos. El reconocimiento pide también redistribución. El enfoque postmoderno, si quiere ser serio y contundente, requiere recuperar lo mejor del enfoque moderno. De lo contrario, todo este reconocimiento de la diversidad puede quedarse en mera fachada superficial. Muy bonito, pero epidérmico y pasajero.

Es cierto que algunas voces han explorado la dimensión social de los Juegos Olímpicos, sobre todo de la mano de las historias personales, por ejemplo en el equipo de rugby de Fiji  o la gimnasta brasileña Flávia Saraiva. También en este blog ha escrito Pino Trejo sobre este tema. Pero creo necesario insistir en esta cuestión, subrayando el aspecto estructural.

A propósito de esto, he recordado un luminoso artículo del investigador del CSIC Luis Moreno, “Las edades del Welfare”. Empleando una división muy propia de los Juegos Olímpicos, señala allí que el Estado de bienestar moderno ha atravesado por tres etapas:

  • La Edad de Oro del bienestar europeo, durante los llamados “treinta gloriosos” (1945-1975): amplio consenso social interclasista, servicios sociales y política fiscal redistributiva.
  • Los siguientes treinta años constituyen la Edad de Plata (1976-2007), cuando las políticas de Reagan y Thatcher marcaron la senda para fragilizar las conquistas sociales adquiridas en las décadas anteriores. A pesar de todo, se logró mantener una encomiable resistencia ante los persistentes ajustes para contener los gastos sociales.
  • Ahora vivimos en la Edad de Bronce del welfare (2008- ¿?), tras el crack económico de 2007, y la cuestión es, sencillamente, si se podrán mantener los rasgos constitutivos del bienestar social.

Visto así, el asunto es muy grave. De vida o muerte. Nos estamos jugando el mantenimiento o el desmantelamiento del Estado de bienestar. Por supuesto, éste no ha sido un sistema perfecto que podamos idealizar; tampoco es la panacea actual, ni puede seguir igual que lo hemos conocido. Sin duda, debe ser refundado en estos tiempos de globalización capitalista. Pero es claro que la desigualdad sigue creciendo, hasta el punto de que el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta; incluso más, solo 62 personas tienen tanta riqueza como 3600 millones, el 50% de la humanidad (datos tomados del informe Oxfam). Y, por tanto, necesitamos un sistema global que recree el estado de bienestar, no para las élites europeas, sino para el conjunto de la humanidad.

Dicho de otro modo: solo incorporando la causa de la justicia social tiene sentido apostar por la diversidad cultural. De lo contrario, la diversidad deviene en desigualdad. Y la pluralidad sería un  adorno colorido para camuflar la injusticia. Y, en todo esto, tienen mucho que decir las tradiciones religiosas (y, en particular, el cristianismo que, fiel a su esencia, es siempre cristianismo de liberación), como ha recordado, por ejemplo, el filósofo altermundialista Boaventura de Sousa Santos.

Mientras tanto, podemos mirar el medallero de los Juegos Olímpicos. Siguiendo con el análisis de Luis Moreno, podemos preguntar: ¿Ganará el modelo neoliberal anglo-americano (de momento, EEUU y Reino Unido encabezan el medallero, sumando 113 medallas)? ¿O nos veremos abocados al neoesclavismo chino (situada en tercera posición, con 46 medallas)? ¿O seremos capaces de recrear un “Estado de bienestar”, más allá de los estados nacionales, ante el reto de la desigualdad global (representado, quizá, y siendo optimistas, por las 150 medallas europeas?).