No me olvidé de que era un hombre

Por Manuel López Casquete de Prado
Departamento de Filosofía y Humanidades
Universidad Loyola Andalucía

En 1944 el escritor judío Primo Levi estuvo preso durante diez meses en el campo de concentración nazi de Monowice, en Auschwitz. Junto a él fueron deportados otros 650 judíos italianos de los que sólo sobrevivieron 20, incluido el propio Levi. A su regreso a Italia comenzó a trabajar como químico en la factoría SIVA de Turín, su ciudad natal, y a escribir sobre el holocausto. A partir de entonces y durante más de cuatro décadas, Levi fue desgranando sus recuerdos, sus experiencias y su análisis del nazismo.

En sus libros cuenta que, un día de mediados de 1944, durante su estancia en Monowice, escuchó a un albañil hablar en piamontés, la lengua de su propia tierra. Se trataba de Lorenzo Perrone, un hombre de 40 años, natural de Fossano, empleado de la empresa Boetti. Al estallar la guerra, muchos de los empleados italianos de Boetti se encontraban trabajando en Francia y fueron detenidos. Cuando los alemanes tomaron Francia, la empresa Boetti fue rehabilitada y sus empleados transferidos en su mayor parte a la Silesia Superior, en Polonia, donde vivieron como soldados. Algunos de ellos, como Perrone, fueron designados para trabajar forzosamente en los planes de expansión de Auschwitz. A pesar de que, formalmente, eran obreros contratados, su trabajo en el campo de concentración no fue en absoluto fruto de una decisión libre.

Cuando Levi escuchó el piamontés en labios de Perrone, se acercó a hablar con él, y a partir de entonces surgió una intensa amistad entre ambos. Fueron asignados al mismo equipo de trabajo, y Perrone comenzó a ayudar a Levi, llevándole sopa y comida robada de la cocina del campo. Gracias a estas calorías extra –según afirmaría el propio escritor- Levi pudo sobrevivir a la terrible experiencia de su cautiverio.

Las referencias al trabajo son constantes en la obra de Primo Levi. En Si esto es un hombre (1947), y con una fuerza evocadora extraordinaria, describe cómo los judíos deportados a Auschwitz no aptos para el trabajo eran apartados y enviados a la cámara de gas. En otro de los capítulos de la obra aparece el personaje Null Achtzehn (Cero Dieciocho); se trata de un hombre que ha dejado de ser hombre. Ha perdido –acaso olvidado- hasta su propio nombre. Da la impresión –dice Levi- de estar vacío interiormente, de no ser más que una envoltura, como ciertos despojos de insectos que se encuentran a las orillas de los estanques, colgando de un hilo de las piedras, y que el viento agita. El riesgo de Null Achtzehn era el de dejarse sumergir, el de perder todo aquello que caracteriza a un ser humano, y salir a caminar cada mañana bajo la infernal marcha de la banda de música del campo como alguien sin alma, ni dignidad, ni voluntad, como parte de una máquina gris de seres que no piensan ni quieren, sólo caminan.

En tal situación de degradación, de pérdida de todo lo que recordaba a la identidad y a la dignidad de un hombre, Levi se dio cuenta de que, para sobrevivir, era necesario recurrir a los actos más ínfimos de dignidad, que escondían en su pequeñez la grandeza de ayudarles a mantener viva su identidad de hombres. Por ejemplo, dar betún a los zapatos que los alemanes repartían de forma colectiva: nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento. Ese atisbo de dignidad e higiene les permitía seguir aferrados al hombre civilizado para seguir vivos, para no empezar a morir.

El otro ámbito que les permitía mantener viva su alma de hombres era el trabajo. Según Levi, quienes ejercían su oficio mantenían el respeto a su propia dignidad gracias a un trabajo bien hecho, aunque beneficiase a los nazis. Y lo hacían no para colaborar con su proyecto de exterminio, sino por la esencial necesidad de dignidad como modo de supervivencia, para ser reconocidos por los demás, para seguir sintiéndose hombres. Era como un acto de rebeldía, como la creación de un orden nuevo y secreto dentro del campo, construido sobre pequeñas victorias, pero que encerraban un inmenso poder simbólico para los presos, como un atisbo de esperanza y salvación al borde del abismo.

En 1978 escribió La chiave a stella, cuya idea central produjo un intenso debate en Italia: que la verdadera felicidad del hombre se basa en un trabajo bien hecho, y que éste constituye uno de los núcleos fundamentales de la experiencia humana. Frente a la visión del trabajo propia de la retórica oficial que exaltaba con cinismo el valor del trabajo (una medalla cuesta menos que un aumento), y frente a la visión que entendía el trabajo como expresión servil del hombre, Levi destacaba el valor del trabajo bien hecho.

En tiempos como los actuales en los que el trabajo resulta a menudo denostado, en los que los anuncios de lotería nos ofrecen ser rescatados de semejante maldición y nos invitan a comprar billetes que nos permitan comenzar a vivir nuestra propia vida, es preciso reivindicar nuestro derecho al trabajo, a experimentar su dignidad; es preciso recordarnos que el trabajo guarda escondida una parte de la esencia humana: su capacidad creadora, su contacto con el mundo y con la vida, su orientación hacia la construcción de la sociedad y hacia el reconocimiento de la propia identidad, la individual y la comunitaria. Necesitamos recuperar la mirada de Levi cuando veía construir a Perrone el muro que los aliados habían bombardeado en junio de1944, sabiendo que asistía a un gesto de dignidad sagrada, de rebeldía frente al sometimiento, la dominación y el horror. El trabajo bien hecho que Perrone inspiraba en Levi le permitió sobrevivir, nos permite sobrevivir, aferrarnos a nuestra propia dignidad, a nuestro carácter de co-creadores, de seres dotados de la magia de la inspiración y la capacidad maravillosa de poner en juego nuestras propias capacidades.

Perrone murió de tuberculosis en 1952; en 1998 el Yad Vashem le reconoció como Justo entre las Naciones. Gracias a él –decía Primo Levi– no me olvidé yo mismo de que era un hombre. En su honor, Levi llamó a sus hijos Renzo y Lisa Lorenza.


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