No es el fin del mundo

Vivimos una transición histórica. El orden político de Estado nacionales soberanos consolidado con la descolonización ha sido progresivamente disuelto por la competencia económica global. Los Estados nacionales han pasado de poner condiciones a los agentes económicos en el contexto de mercados fundamentalmente nacionales, a competir por los favores de esos agentes en mercados globales: por sus inversiones para nuestras empresas, su demanda para nuestros productos, sus ahorros para financiar nuestros gastos, sus turistas para nuestros monumentos, sus descubrimientos e invenciones para no hacer mucho el ridículo…

¿Es esa dinámica reversible? Pensamos que no lo es, pese al empeño de nacionalistas de todo color en proponerlo, en nombre de la Patria, la Democracia, el Pueblo, o algún otro “sagrado” político que se pone precisamente en manos del Estado nacional. ¡Vaya por Dios: lo ponen precisamente en manos de algo que ya apenas funciona!

La dinámica presente no es reversible porque el país que pretendiera hacerlo vería descender la eficiencia productiva de sus empresas, limitadas en tamaño al mercado nacional, resguardadas por principio de la competencia global, con grandes dificultades para todo tipo de intercambios con el exterior. ¡Claro que es posible irse de la Unión Europea! Lo que no saldrá es gratis en términos de la competitividad de la economía británica. Y así.

El camino es precisamente el opuesto. Desde luego ha de haber mínimos en el mercado global, por ejemplo laborales o medioambientales. Ello no contradice la idea de una competencia global: todo match de boxeo tiene lugar sobre un ring, con un reglamento y un árbitro comunes. Una vez acordado todo ello, los boxeadores se pegan, aprovechando cada ventaja competitiva para ganar al otro. Pero el match no es solo el combate, sino además el ring, las reglas y el árbitro. Todo ello.

Lo esencial entonces es que los mínimos para el mercado global (las condiciones de un trabajo decente, por ejemplo, o los requisitos medioambientales) no sean objeto de competencia entre los países, sino iguales para todos los agentes económicos, estén donde estén. Reglas globales comunes, que ningún país pueda violar, que ninguna votación de un electorado local pueda rechazar: exactamente lo contrario de la sagrada soberanía nacional democrática.

En esta transición histórica, las relaciones económicas han ido más deprisa que la capacidad de las instituciones políticas para ordenarlas al bien común, incluso en lo más elemental. El caballo que parecía ya embridado en 1970 (solo en algunos países, es verdad), ha vuelto a escapársenos.

No es la primera vez que ocurre en la Historia. Al revés, es más bien lo habitual: entablar una relación de mercado resulta más liviano, requiere saber menos del otro, implica menos comunicación, dura menos… que formar con ese otro una unidad política con normas comunes. Cualquiera puede comprar un cacharro en un chino. Llegar con los chinos a un acuerdo de reglas comerciales equitativas, ya no es tan fácil. Formar un solo país con los chinos, con fuertes redistribuciones que realicen la solidaridad entre ricos y pobres estén donde estén, nos parece imposible. Y sin embargo, esa debe ser la meta de largo plazo: un solo estado global, que cuide los intereses de una sola Humanidad.

Hay que asumir que estamos en una transición, y que el camino adelante consiste en moverse hacia mayor unidad política global, esto es, hacia más normas obligatorias, compartidas por todos los países, que establezcan condiciones a la competencia en los mercados globales y no estén ellas mismas sometidas a esa competencia.

Una vez asumido eso, en vez de llorar por lo bien que nos iba con los Estados nacionales, en vez de llorar un pasado que no volverá, añorarlo y dar palos de ciego buscando recuperarlo, podemos dedicarnos a construir el futuro. Esto es, a levantar instituciones políticas mundiales que embriden los mercados globales y los pongan al servicio del bien común. Estamos en una buena posición para contribuir a ello, sea desde los organismos internacionales existentes, desde las grandes ONG internacionales, desde la política con visión, o desde la Iglesia, que ya proponía una misma ética para toda la Humanidad bastante antes de que hubiera estados nacionales.

Esta transición histórica no es el fin del mundo. Es solo el fin de un mundo. Como suele ocurrir en el Cristianismo, simplemente nos llama a construir otro mundo, un mundo nuevo más próximo a la voluntad de Dios. Son los signos de los tiempos. No es una religión de muertos sino de vivos.


Imagen: blogtrw.com/wp-content/uploads/Castillo_boxeo_13.jpg

Sobre un tema relacionado con mi post anterior, es interesante la visión de John Carlin en El País: no estamos tan mal…

2 Comentarios

  1. Me ha recordado a muchas de las reflexiones de Z. Bauman. Yo creo que a los problemas globales no se le pueden dar soluciones locales, como parece que siguen empeñados algunos políticos ( así nos va), pero añadiría un comentario a las buenas consideraciones de Raúl: ¿Cómo empezar a pensar el nuevo mundo? ¿con qué mimbres?

  2. OLE, OLE y OLE¡¡¡¡¡ El primer paso debe ser que esto lo lea el mundo entero. GRACIAS RAÚL¡

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