No existe la amistad digital

Dejemos de engañarnos y falsear tristemente las palabras. Asumamos la cruda realidad y despertemos del apacible sueño de la caverna. No existe la amistad atrapada en el mundo digital. Ni tampoco sirve para mantener un trato más cercano con nuestros verdaderos amigos. ¡Cómo vas a conocer a alguien de verdad y dejarte conocer como eres! Lo único que hay en la red es puro egoísmo, emocional nostalgia de sí mismo cuando no se ha dedicado suficiente tiempo a conocerse y quererse bien. Para lo único que vale todo es para la distracción y la dispersión. Es más, convencidos como estamos, ¡corramos a decírselo a los jóvenes, eduquemos en el miedo al infierno digital, que sí que existe!

El abrumador discurso de los realistas desenfadados, sin pelos en la lengua, me cansa. Viven atrapados en un mundo triste, donde todo es del color de su negra mirada. Lo digo sinceramente: “Quien no haya hecho experiencia de amistad en la red, no ha hecho verdadero uso ni de la red ni del mundo en el siglo XXI”. Quizá no le interese, lo cual me parece legítimo. Pero mucho me temo que estas críticas desaforadas rebajan la intensidad humana de la red, que tantos otros defendemos y buscamos, e incluso queremos propiciar y profundizar con naturalidad.

Me niego rotundamente a que el único verbo que tenga cabida en la red sea “usar” (medios, productos, instrumentos, aparatos, herramientas) y rebajar, cuando no vaciar de sentido, la dignidad y la presencia de las personas en la red. Esto es un mundo, una nueva forma de estar en él.

Efectivamente, la amistad digital se quedará en eso meramente hasta que no haya desdigitalización (a ver si dejamos atrás lo de “virtual” y “desvirtualizar”). Dicho de otro modo, podemos dar más pasos en la amistad fuera de la red. No significa que por ello no sea auténtico, sincero y real aquello que se mueve en internet. ¿Se puede conocer a alguien a través de las redes sociales? ¿Puede alguien darse a conocer, entablar diálogo con alguien en principio lejano, distante, desconocido o poco conocido? ¿Cabe profundizar en el trato a través de la red, mostrarse cercano, ayudarse mutuamente, ser útil, enriquecerse? ¿O todo cae del lado del anonimato, la falsedad, el engaño, la ocultación, la doblez y la esquizofrenia entre presencial y digital? ¿No es acaso una forma de estar en el mundo, que hay que descubrir igual que se desvela el resto del mundo? Estas son las preguntas clave que hay que afrontar. Y en las que hay que educar sinceramente.

Dicho sea de paso, los adolescentes –maravillosos y entregados tantas veces- tienen problemas con sus relaciones y la amistad tanto en lo digital como en clase, en el fútbol, en la academia, de vacaciones o donde sea. ¡Están aprendiendo! Lo que no me entra en la cabeza es que adultos, con una estructura presencial más consolidada, se comporten como niños y adolescentes en las redes sociales. Y todo siga igual, sin aprendizaje.

Abogar por la amistad digital es humanizar la red, darle rostro, forma personal. Es uno de los nudos gordianos por desentrañar, que pueden quedar en nada, en posibilidad pasajera si mantenemos ciertas opiniones y éstas sustentan nuestra vida. La alternativa al pesimismo digital rampante, que vuelve a destruir la posibilidad de fraternidad, viene de la mano de grandes ideales: cultivar el trato cercano, la preocupación por otro y no el “uso de los demás”, tejer comunidad en la red, enriquecerse con los intereses y perspectivas de los demás, atender con solicitud en lo que se pueda, hacer el bien, buscar la verdad en compañía, extirpar la triste soledad de la vida moderna, mostrar pasión por la vida, por lo que hacemos, por las tareas cotidianas, comunicar y comunicarse, abandonar máscaras que nos ocultan y conocernos a nosotros mismos mejor, ser auténticos, construir un mundo mejor, alejarse lo más posible de las indiferencias sembradas por la modernidad y el egoísmo del desarrollo. Quizá, me pregunto y me digo, muchas de estas cosas puedan venir de este nuevo mundo digital en el que nos vemos irremediablemente inmersos. Ahora bien, toda amistad tiene sus inicios, siempre precarios y débiles. ¡Yo apuesto por ello! ¡Y quisiera educar en ello!

Que conste que este asunto nada tiene de vulgar, ni infantil. Es piedra angular de un proyecto más grande, de la preocupación por la vida misma, de la necesaria búsqueda del bien, de la justicia, del desarrollo tecnológico-humano. Condenada al ostracismo la posibilidad de amistad digital quedaría un desierto de soledades e individualidades, destronaríamos de este mundo la primacía esencial de la persona en toda realidad.

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