No cabe demostrar en Ética. Primera lección (gratis) de Filosofía Moral

El que aparca sus convicciones éticas cuando le conviene es que, probablemente, nunca las había tenido muy firmes. Muy probablemente tampoco haya tenido nunca muy claro qué es la ética, qué son los valores morales ni en qué consiste una buena manera de actuar.

Esto me recuerda aquella afirmación de Groucho Marx, ocurrente y genial, como todas las suyas: “Estos son mis principios; pero, si no le gustan, tengo otros…” En este caso, los principios, vendrían a semejarse a una prenda –por ejemplo, una chaqueta: de ahí el chaquetero, que adjetiva a este tipo de personajes…-; los valores se equipararían a un añadido, a un postizo, a un accesorio que uno pudiera quitar o ponerse a voluntad, en función de cómo soplaren los vientos. Las cosas, sin embargo, no son o, cuando menos, no debieran ser así.

Los valores valen, constituyen el deber-ser-sea-o-no-sea. Aunque la realidad -personal, organizativa, social, política, económica, cultural… incluso religiosa- diste mucho de aproximarse a los niveles de buena praxis deseables, a nivel teórico, cuando menos, no caben componendas ni medias tintas. ¡Viva Platón! ¡Viva Kant!… No es difícil conocer qué es lo que está bien y qué es lo que está mal… con tal de que uno sea capaz de razonar mínimamente… O sea, si no resultare ser absolutamente imbécil. Otra cosa, por supuesto, ya sería la incoherencia de que, sabiendo que esto es malo, está mal, no es correcto, perjudica a terceros inocentes y me rebaja a mí –el actor- como persona… sin embargo opte por actuar mal e ir adquiriendo boletos para acabar siendo malo…

Eso, como digo es ya otro cantar. Pero, en condiciones ordinarias, tampoco hay mayor dificultad, al tiempo de responder en teoría a la cuestión de las cuestiones: al famoso“¿qué debo hacer (para vivir bien)?” 

La pregunta no es retórica. Nos la formulamos porque no sabemos la respuesta a ciencia cierta… Que esto del razonamiento moral y las teorías éticas es mucho más complejo que las ciencias exactas, la lógica y las ciencias naturales… En éstas, la acribeyia es alta y la exactitud elevadísima… Allí, en la Ética -pese a la pretensión del bueno de Spinoza, que quería demostrarla ordine geometrico– las seguridades y la apodicticidad son muchísimo menores… lo más que cabe es argumentar, dar razones medianamente plausibles para justificar las conductas… Y –Aristóteles dixit, no puede ser de otra manera; ni es propio del hombre instruido tratar de que así sea: “tan fuera de lugar está pedirle a un geómetra que convenza, como exigirle a un político que demuestre…”

En todo caso, siquiera sea desde una certeza muy light, desde la sabiduría acumulada por la humanidad, presente en todas las tradiciones y culturas, se ha venido acuñando una formulación que se ha dado en llamar la regla de oro y que viene a decir, de una y otra forma que “no hagas a los demás lo que no quisieras que ellos te hicieran a ti” … o, en positivo: “trata a los demás del modo que te gustaría que ellos te trataran” … Con esta intuición moral -eterna, atinada, omnipresente- basta para tener una buena brújula con qué orientar el plano de nuestras actuaciones, cuando de verdad buscamos conocer –el quarens intellectum de verdad-… y no simplemente marear la perdiz y hacer malabares de esgrima sofística

Ello sea dicho sin perjuicio de que aquella prescripción puede también conocer mayores aquilataciones intelectuales: de hecho, la reflexión filosófico-moral viene aportando, a este respecto, teorías éticas que suelen aportar respuestas parciales, pero razonablemente bien fundadas, desde hace más de 2.500 años. Eso, al menos, en nuestro mundo occidental, heredero de la Filosofía griega de Sócrates, Platón y Aristóteles. Algunas de las formulaciones del Imperativo Categórico kantiano, parecen la versión prusiana de la communis opinio sobre la universalizabilidad de los comportamientos –“o jugamos todos o rompemos la baraja”-; o de la necesidad de respetarnos como fines que somos todos.

La ética, ciertamente, no es, ni debiera ser, un simple medio para conseguir otros objetivos. Eso es, en el caso mejor, algo muy digo: estrategia… Pero eso y nada más –ni nada menos- que eso: estrategia. Pero la ética dista de poder equipararse a la adaptación estratégica a los contextos y circunstancias, con ánimo de obtener ventajas personales a cualquier precio y del modo que sea… Por el contrario, la ética es, de un lado, una opción de vida; y de otro, representa un ejercicio constante de lucidez y de sinceridad para con uno mismo y con los demás.

Es una opción de vida, desde el punto y hora en que los seres humanos no nacemos hechos, sino que nos vamos haciendo como personas, al paso que vamos viviendo y, sobre todo actuando. Por decirlo de manera gráfica: nacemos biológicos y morimos biográficos… “por nuestra culpa” o “gracias a nosotros”. Por eso, el reto está en escribir un buen relato –grafos-, en construir, vivir una vida buena –bios-, que merezca la pena haber sido vivida…

Esto tampoco debe entenderse en el sentido de que los seres humanos seamos, de hecho, absolutamente espontáneos, totalmente creativos, plenamente libres. Al contrario: las posibilidades de actuación –en principio, abiertas de manera indefinida-, se ven clausuradas y orientadas desde propuestas y normativas más o menos férreas, que toda sociedad estable transmite a los nuevos actores, a los neófitos, a quienes se integran en ella, mediante los múltiples y variados procesos de socialización -de la cuna a la tumba- llevados a efecto por una amplia panoplia de agentes, que van desde la familia a la empresa, y pasan –entre otros- por la escuela, el grupo de iguales, los medios de comunicación, las iglesias…

De modo que, antropológicamente hablando, cabe afirmar que, al paso que vivimos y actuamos, vamos conformando nuestra vida, vamos haciéndonos a nosotros mismo y, a base de actos, conseguimos hábitos que configuran un carácter y que perfilan lo que acabamos siendo a fin de cuentas… gústenos más o menos; aceptémoslo de mejor o peor grado… asumámoslo o arrepintámonos… siquiera sea, en la crítica hora de nuestra muerte… que, como dicen, mientras hay vida hay esperanza.

Y, desde una consideración ontológica, no nos cabe otra posibilidad: nadie puede vivir por otro… Y eso que, dígase lo que se diga, todos, absolutamente todos –hombres y mujeres; negros, blancos y amarillos; ricos y pobres; guapos y feos; ancianos y niños…- aspiramos a conseguir la misma meta: a vivir bien, a tener una buena vida… que consiga la felicidad, el florecimiento personal, la autorrealización subjetiva en el más alto grado posible… asumiendo siempre –explicítese así o no- el respeto a la dignidad de todas las personas y la voluntad de dar a cada uno lo suyo, que constituye la esencia de la virtud de la justicia y una condición de posibilidad innegociable a la hora de configurar una sociedad estable y decente, en la que desplegar la creatividad en aras del bien común.

En este sentido, haciendo cosas de determinada manera, no sólo hacemos esas cosas, sino que nuestra actuación afecta a terceros y contribuye a generar o consolidar unas estructuras sociales, mejores o peores… pero, por encima de todo, resulta que, al paso que obramos en un sentido u otro, nos configuramos, nos hacemos a nosotros mismos de una determinada manera: buena o mala, mejor o peor, humana o inhumana…

Por ejemplo: si robamos, es evidente que nos quedamos con algo que no nos pertenece y que perjudicamos al que sufre el robo y se queda sin un bien de su propiedad… Ahora bien, si repetimos la conducta varias veces, acabaremos acostumbrándonos a ella. Acostumbrarse viene de costumbre. Y costumbre se dice en latín mos-ris -de ahí moral-; y en griego: ethos -de donde, ética. Como cabe suponer, el sujeto que decide actuar de manera habitual siguiendo el patrón de quedarse con lo ajeno, acabará siendo él mismo un ladrón. No nació siendo ladrón: se hizo… Nadie nace siendo corrupto, mentiroso, homicida o pederasta… Uno se va haciendo eso –o su contario: honrado, veraz, filántropo, cariñoso…-, en función de sus decisiones libres y conscientes… En función del íntimo y personal ejercicio de la libertad… Es decir, que uno va adquiriendo vicios o virtudes; va labrándose su propio carácter moral; va configurando su destino.

Aunque, según dicen, hay actos que imprimen carácter –el que mata a sabiendas, aunque sea sólo una vez, se convierte, ipso facto, en homicida… y, quizás también en asesino. Ahora bien, lo normal es que uno se vaya cociendo a fuego lento, con el rodar de la vida… Y así, el que se acostumbra a decir lo contrario de lo que piensa, con ánimo de engañar, deviene mentiroso… y aunque acaben pillándolo antes que a un cojo… la culpa suya es; y en el pecado lleva la penitencia.

Tengo escrito en alguna parte que la ética -en tanto acción humana, en tanto praxis, en cuanto moral vivida-, consiste, precisamente, en el ejercicio consciente y responsable de la libertad en busca del bien: personal, familiar, organizativo, político-social… y humano.

Como cabe suponer, todo ello, de una parte, pide clarividencia, sensatez, sagacidad, discernimiento… y se debiera traducir en la voluntad firme y perseverante de no actuar nunca a la ligera; sino, más bien, optando con criterio y buen tino, por lo bueno –y, dentro de ello, por lo mejor. Desde otro punto de vista, va implícito que cada quien esté en condiciones de dar razón de su modo de proceder, en una suerte de diálogo social razonado, constructivo y sincero.

Y es aquí donde la Filosofía Moral, donde la Ética como reflexión filosófica, donde la moral pensada encuentra su acomodo y cabal razón de ser. La justificación de las conductas precisa razones de peso para convencer a quien pregunte por ello acerca de la deseabilidad y de la bondad de las consecuencias que de aquellas puedan derivarse para quien las padezca. Y ello, naturalmente, implica ir más allá del objetivo egoísta que anima a tantos a seguir trepando por la escala del poder, cuando no a subir, pisando las cabezas de quienes quedan por debajo.

2 Comentarios

  1. Aun que como siempre (y como es sano) discrepo en algunos puntos, creo que es lo mejor que llevo leído en un par de años. Va en serio. Un abrazo, maestro.

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