La semana pasada celebramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Afortunadamente, y aunque aún queda mucho en esta lucha, el activismo en contra de esta forma de violencia, se va extendiendo.

Sin embargo, igual no es común ni extendida la reflexión de lo que está por debajo de esta violencia.

Sobre este tema ya comenzamos a hablar en el post “Mejor naranjas enteras”, y me gustaría seguir ahondando progresivamente en futuros posts. Aquí van algunos apuntes:

A menudo sucede que cuando obtenemos un dato de cualquier realidad desconocida, tendemos a completar la información sobre la misma con nuestro imaginario que puede estar compuesto de los propios deseos y experiencias pero, quizá, no siempre coincide con la realidad concreta en cuestión.

Así, por ejemplo, cuando nos hablan de alguien de otro país, aunque nunca hayamos conocido ni visto a alguien de allí, enseguida le atribuimos rasgos y características que no necesariamente le corresponderán a dicha persona.

Nos pasa igual al tener la noticia de que va a nacer un bebé y saber su sexo. En principio, solo tenemos el dato de si es niño o niña, quizá el peso y alguna otra información sobre su crecimiento físico. Pero no será extraño que rápidamente y en los meses restantes de gestación, añadamos a ese dato un buen número de aspectos que, por nuestro propio aprendizaje, experiencia y deseos, entendemos que traerá consigo.

A partir de la realidad diferenciada de la sexualidad, asignamos y atribuimos maneras de ser completamente distintas correspondientes a lo femenino y a lo masculino en función de cómo se entienden dichos aspectos en nuestra cultura y momento.

Entran en juego así los estereotipos de género que tienen un papel fundamental a la hora de construir las expectativas, actitudes y conductas que padres, madres, educadores y educadoras ejercen sobre la persona en función del sexo.

En los primeros años de vida, la necesidad de sentirnos valorados y queridos hace que inconscientemente vayamos ajustándonos a las demandas y deseos del entorno.

Por eso, desde muy temprano, las expectativas, actitudes, conductas de los demás hacia nosotros, así como las normas y valores de nuestro entorno, ejercen influencia muy importante en nuestra manera de ser niña o niño y vamos creciendo en diálogo con todo ello.

De este modo, en la configuración de nuestra manera concreta de ser niños, niñas, hombres, mujeres entran en juego nuestra realidad biológica que determina el sexo y nuestro entorno cultural que define el rol de género, es decir, cómo en ese entorno se es hombre o mujer.

Para que la persona pueda desarrollarse con libertad, necesitamos que lo más germinal de ella misma pueda hacer un adecuado ajuste con su rol, sin que los “mandatos” sociales coarten su crecimiento pleno.

Evidentemente, la configuración de la manera de ser de las personas es un proceso bastante más complejo y en el que entran en juego múltiples dimensiones y factores.

Sin embargo, podemos constatar cómo la variable sexo se convierte en un elemento clave al hacer de tamiz a través del que filtramos y vivimos el resto de las cosas. Y, en consecuencia, se convierte en un organizador básico en todas las culturas y sociedades.

Lo cultural se naturaliza. La expresión “siempre ha sido así”, deriva en un “así es” y “así tiene que ser”, sin dejar espacio a la sospecha, o a la imaginación de un escenario diferente, más conforme con la realidad y más justo.

Los roles que cada cultura construye, la significación social otorgada a la feminidad y la masculinidad, se toma como una misma cosa que el hecho biológico de ser macho o hembra. Juntamos, mezclamos y confundimos así ambas variables como si formaran parte de un mismo lote.

En principio, la diferencia no debería ser un problema, pero sí lo es la desigualdad que construimos a partir de ella, pues establece un modelo de organización social jerárquico y androcéntrico donde en muchos aspectos clave para el desarrollo individual y social los roles femeninos entrañan una notable desventaja con respecto a los roles masculinos.

Al estar naturalizada, dicha jerarquización queda encubierta y parece neutra, porque siempre ha sido así.

Esta supuesta neutralidad es quizá el más potente modo de perpetuación y por eso en muchos casos (no en los obvios y lejanos donde es muy fácil ver) necesitamos una mirada nueva, limpia, penetradora de las cosas, que vea más allá, por debajo de la superficie.

Continuaremos con este hilo argumental para ir viendo cómo este sistema está debajo de las consecuencias que generan violencia hacia las mujeres y, para buscar alternativas en un nuevo estilo de relaciones, de cultura y de educación que nos lleven a un nuevo escenario donde no tengamos que manifestarnos en contra de la violencia hacia las mujeres porque hayamos trabajado sobre sus causas y eliminado así la consecuencia más extrema.

Fuente del texto: Género: un concepto para el cambio social, Entreculturas.