Las 24 perdices de Nicolás Maduro

NYTimes

Venezuela amanece hoy con un presidente reelecto tras una convocatoria de votaciones que, como poco, puede tildarse de simulacro. Ante la decisión de los principales grupos opositores de no presentarse a las elecciones por considerar que no existían las garantías básicas para estimarlas un evento democrático, Nicolás Maduro gana la contienda por ausencia de contrincante.

Se queda solo Maduro, no solo por falta de competidores sino porque una extensa cantidad de países no reconocerán estas elecciones y porque internamente, tanto detractores como simpatizantes les cuesta creer en toda la parafernalia montada alrededor de unos comicios que no son tales.

Milan Kundera, en su última novela, nos narra que a Stalin le gustaba contar anécdotas entre sus colaboradores. Un día, Stalin decide ir de caza:

…«Se pone una vieja parca, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol. Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Solo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las doce perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas…

… –¿Cómo? ¿Quieres decir realmente que las perdices no se fueron y se quedaron en las ramas del árbol? – preguntó Jrushchov.

– Así es –contestó Stalin –, no se movieron de su sitio. (Kundera, 2014: 32-33)

¿Bromeaba Stalin o hablaba en serio? Quienes le escuchaban ¿comprendían que era una broma, o se creían la historia a pie juntillas para mayor devoción de su líder? El autor se encargará de contestar nuestras dudas más adelante, pero en el caso de Maduro ¿Quién nos da la respuesta?

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Quién puede saber con exactitud, si nuestro sujeto en cuestión, ataviado con un liquilique tuneado, que a ratos escucha a Chávez a través del trinar de un pájaro y otras veces baila guaguancó engullido en un chaleco antibalas, al contar sus historias de sus 24 perdices: ¿se las cree o bromea? Más aún, quienes le aplauden ¿se las creen o las aborrecen?

Pero la historia no acaba aquí

«Pero la historia no se acaba aquí, pues debes saber que al final de su jornada de trabajo todos se reunían en el baño, un gran espacio que también servía de retrete. Imagínate. En una pared una larga hilera de urinarios y, en la pared de enfrente, los lavabos. Urinarios de cerámica en forma de concha, muy emperifollados y adornados con motivos florales. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y firmado por un artista distinto. Sólo Stalin no lo tenía.

– ¿Y dónde meaba Stalin?

– En un reservado solitario, al otro lado del edificio; y como meaba solo, nunca con sus colaboradores, éstos se sentían divinamente libres en sus urinarios y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y así fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Y te cito otra vez al propio Jrushchov: “…al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda”» (Kundera, 2014: 32-33)

Así como en la anécdota de Stalin, la gente callaba ante la mentira y luego escupía, creo que hoy muchos venezolanos tendrán la misma sensación tras estas elecciones; incluso, entre los colaboradores habituales del régimen.

El nuevo sábado

Si bien, en un momento de la historia, el «Chavismo» fue la tiranía de las mayorías (véase Arturo Sosa, S.J.), el «Madurismo» cada vez más es la tiranía de las minorías. La tiranía de los que tienen urinario de diseño y son capaces de aplaudir atónitos la historia de las 24 perdices.

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Cuesta sucumbir ante la táctica de los eufemismos: «heridas sociales de guerra», «inflación inducida», «sistema de cambio ilegal impuesto desde Miami»; así como cuesta pensar que toda la culpa sea del factor externo: amenaza internacional, acoso financiero mundial, campaña de descrédito, guerra económica, caída de los precios del petróleo.

Tras 19 años de revolución, luce razonable que ésta pudiera exhibir sus primeros logros pero la realidad es tozuda, y lo único que destaca es mayor desigualdad, hiperinflación, mayor pobreza, más violencia, menos libertad y menor calidad de vida.

Así que, entre silencios, mentiras y pocos logros, la revolución ha pasado a convertirse en el nuevo «sábado»; el bien sagrado sobre el que no cabe discusión, defendido a ultranza para gloria del «comandante eterno».

La patria es el hombre

El cantautor preferido de Chávez coreaba en una de sus canciones: «la patria es el hombre, muchacho» y no sabemos en qué momento, sus seguidores han olvidado (¿alguna vez la aprendieron?) esta lección.

Tuve la suerte y recibí la bendición, de pertenecer a una generación que introducía secretamente, en la clase de bachillerato, libros como «La revolución con Marx y con Cristo», ocupó las calles para hacer protestas por múltiples injusticias, cantó «Yo pisaré las calles nuevamente» y celebró eucaristías leyendo  «El evangelio de Solentiname». Una generación que siempre tuvo una visión diáfana de lo que significaba ser militar en América Latina. Una generación que supo claramente quienes fueron: Trujillo, Somoza, Pinochet, Stroessner o Duvalier.

Sin pretender poseer la verdad, me cuesta entender que compañeros de esta generación aún apoyen lo que según aprendimos en nuestros tiempos no puede llamarse más que dictadura.

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Se llama dictadura:

-Porque estira la ley como un chicle para interpretarlo a conveniencia, y mientras tanto, prepara una constitución ad hoc que pretende hacer añicos la del «comandante eterno».

-Porque no hay separación de poderes.

-Porque a los que piensan diferente se les mete en la cárcel.

-Porque pensar que el chavismo es el nuevo socialismo es tan ingenuo como pensar que Kim Jong-un es el nuevo Mao.

-Porque ningún proceso, ninguna revolución vale más que la vida de un solo inocente.

Pero sobre todo, es dictadura porque anula la verdad de los dignos y esconde el dolor de los inocentes. Mientras se discute sobre la patria, la revolución, el proceso, el nuevo socialismo: los niños toman biberón del agua de los espaguetis, los adolescentes recolectan huesos de pollo en la basura con una pistola al cinto, los adultos desesperan y migran, y los ancianos hacen colas eternas para cambiar el trabajo de sus años por una bolsa de comida.

Si volvemos a la historia de Kundera, éste nos cuenta que a uno de los personajes le fascinó la historia de las 24 perdices y se le ocurrió utilizarla como argumento para una obra del teatro de marionetas. Pero su idea no fue bien recibida:

– No –contestó Charles–, porque sería un engaño si esa historia de Stalin y Jruschov la representaran seres humanos. Nadie tiene el derecho de simular la restitución de una existencia humana que ha dejado de ser. Nadie tiene el derecho de crear un hombre a partir de una marioneta. (Kundera, 2014: 34)

Referencia:
Kundera, Milan (2014). La fiesta de la insignificancia,  Barcelona: Tusquets.

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