“Ni una sola”

“A veces vuelve el látigo enterrado a silbar en el aire de la cúpula y una gota de sangre como un pétalo cae a la tierra y desciende al silencio.” (Pablo Neruda, “Canto general” ).

Asistí recientemente a las Jornadas de Teología en la Universidad de Comillas sobre los refugiados. Y como no hay texto sin contexto, sin buscarlo, sin pretenderlo (¡Dios nos libre!) las Jornadas “resultaron “acompañadas por la noticia de las más de 11.000 personas salvadas en el Mediterráneo en 48 horas. Mientras, otros 37 migrantes fallecieron en su intento de alcanzar Italia desde las costas de Libia. Una cruce de números imposible de digerir.

Esta última noticia fue con la que arrancó la ponencia del gran conocedor de estas causas, el brillante profesor Jose Manuel Aparicio, en un alarde de ágil actualidad para una intervención  trabajada –¡seguro!– desde muchos días antes y de la que sacó proféticas consecuencias morales.  Su disertación – acompañada de videos como el del final de este articulo o fotografías como la del encabezamiento –  nos recordó a todos la necesidad de no quedarse en una solidaridad inmediatista, emotivista  y compulsiva que se agota inmediatamente. La solidaridad que la Iglesia propone y procura poner en práctica va más allá del presente.  Busca las causas y reflexiona (es decir, quiere poner corazón y cabeza),  pide  la  necesaria previsión de estos desastres y sobre todo, se moviliza en el tiempo permanentemente. Es un gran principio moral: los pobres «tiran» de nosotros siempre. Como un imán. No solo un día o un mes, ¡siempre!

Todas las intervenpetalos-playaciones fueron tremendamente enriquecedoras desde muchos enfoques poliédricos. Poniéndonos delante la necesaria e imprescindible necesidad de reflexión ante el  escenario global donde miles de refugiados son machacados, arrojados sus cadáveres a las playas, expulsados en caliente –y en frío– encerrados en campamentos inmundos, ahogados en barcos basura, etc. ante el silencio de muchas conciencias –incluso cristianas y católicas– a quienes les da lo mismo que “a veces el látigo enterrado vuelva a silbar en el aire de la cúpula y una gota de sangre (¡miles! digo yo) como un pétalo cae(n) a la tierra y desciende(n) al silencio.” ¡Horrorizado!

La tierra –imagen de fecundidad para tantos y tantos–, mucha tierra y muchas tierras se ha convertido en acogida asquerosa de muertes y expulsiones injustas.Y frente a esa forma de vivir la tierra hay otras. Por ejemplo, la de la Hospitalidad. Con los datos precisos que Juan Iglesias nos dio para apostar por la integración O con la Campaña de la Hospitalidad que se nos recordó esos días. Hospitalidad. Hermosa palabra. Femenina. Seña de identidad para muchas culturas y religiones. La hospitalidad que teológicamente hablando (muy buena también al respecto la iluminación bíblica de Jose Ramón Busto) es un valor primordial e imprescindible para religarse con Dios. “Sean buenos… con sus vecinos parientes y no parientes… y también con el viajero”, dice el Islam, en la 4ª Sura. Para los pastunes, la “melmastia” (hospitalidad) es uno de los diez principios más importantes de su código ético. Y en el hinduismo la hospitalidad hace que a los invitados se les reciba como si fueran divinos.

La hospitalidad hacia el extranjero es también principio ético de las religiones. Es un rasgo distintivo de la cultura semita; y lo era de la cultura mediterránea . En el mundo griego, los extranjeros y mendigos eran tenidos por enviados de Zeus y debían ser trataos con veneración y respeto como se le trataba a Él. Y en el judaísmo, mostrar hospitalidad (hakhnasat orchim) es considerado un mandamiento imprescindible, algo fundamental de la tradición judía. Que se convierte en obligación legal cuando se tiene conocimiento de forasteros hambrientos o necesitados de descanso.

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Y por recoger un texto “católico” pensando en los inmigrantes de los muchos que deberían acogerse a la necesaria hospitalidad (desde luego bastantes más de los vergonzosos números oficialmente acogidos), escojo el episodio de Abraham narrado en el libro del Genesis, (Gn 18.1-3) que hace fecunda la hospitalidad . En dicho pasaje Abraham acoge junto a su tienda, al mediodía, cuando más calentaba el sol, a los tres misteriosos personajes, que, en premio a la acogida, dejaron para él y su esposa la bendición de la fecundidad. Aludiendo a este hecho, la Carta a los Hebreos recomienda la hospitalidad y añade: “Algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Hb 13,2).

Convertirse en tierra hospitalaria es convertirse en tierra fecunda. Además, la hospitalidad es exigencia de humanidad, tanto para quien recibe como para el que es recibido, y por tanto, exige de ambos que sean ante todo humanos y renuncien a su inhumanidad. No conoce límites ni fronteras. Comporta acoger al prójimo cercano, pero también al extraño, al lejano, al desconocido, al extranjero y, en nuestro caso, al inmigrante y/o refugiado con quien tenemos el deber inmediato de, al menos, de saber su nombre y su historia; saber las causas por las que huye (hambre y/o guerra, ¡me da lo mismo!) . Todos ellos entran en mi mundo y se convierten en prójimos-próximos. Y es que la hospitalidad moviliza procesos de reconocimiento recíprocos. Siquiera por este motivo es la forma primera y última del respeto a los derechos humanos.

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Yo mismo también soy hospitalidad e incluso soy  tierra de acogida. Una forma de recoger la interpelación del Rector Julio Martínez a los participantes de la Jornadas. La semilla liberadora de Jesucristo acompasada, en mi caso, al ritmo y a la respiración de Ignacio de Loyola que prendió un día en mi vida y quiere seguir creciendo y multiplicándose –con mis compañeros jesuitas (por ejemplo, los del SJR que presentó Jean-Marie Carriére) y con la humanidad entera– regada por el Espíritu.

Quiero incorporar mi aliento, mi respiración y mi vida –como nos empujaba el Cardenal Veglió recordando la histórica  labor de la Iglesia en este campo–  a la “exigencia de políticas de acogida y de respeto a los derechos humanos”. Todo ello tras un buen itinerario reflexivo sobre los diversos momentos del itinerario de los refugiados hasta llegar a nuestras sociedades según era el deseo del Decano de Teologia Enrique Sanz  inspirador de estas Jornadas .Con cinco intervenciones en mesa redonda para  reproducir los itinerarios que un refugiado lleva a cabo . También  quiero convertirme yo mismo en tierra de acogida para “apoyar proyectos concretos de cooperación internacional que simbolizan de facto “tierras de acogida” en el origen del éxodo y en el tránsito” (lo recordamos Angel Benítez-Donoso, Cristina Manzanedo, José Luis Segovia y yo mismo). Porque yo también he pisado con dolor esas tierras de origen y de tránsito y he visto, tocado y besado tanto, ¡tanto dolor!…

He vuelto a releer la noticia de las 11.000 personas salvadas en el Mediterráneo en 48 horas. Pero, aunque sean menos,  me quedo, me detengo y lloro ante las de los otros 37 migrantes que fallecieron en su intento de alcanzar Italia desde las costas de Libia en esos días. Dantesca escena en las  playas ensangrentadas por la injusticia y el descarte. O por los  referéndums injustos como el de Hungría donde “quienes sostuvieron  con su voto las políticas criminales de la UE con los emigrantes, al tiempo que dejaron su voto en la urna, dejaban una mancha indeleble de vergüenza en su mano”. Santiago Agrelo dixit.

Al visionar un video con miles de chalecos salvavidas recogidos he recordado de nuevos los ultimos  37 pétalos de muerte y sangre arrojados a la playa , “por el desenterrado látigo de la cúpula”, que decía Neruda. 37 de los 11.000 rescatados en dos dias. Y no quiero –como nos advierte el bendito Papa Francisco– que la indiferencia y el silencio pueda convertirme en cómplice de esas muertes. ¡Ni de una sola!

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