Ni laica, ni confesional

El próximo año celebraremos las cuatro décadas de la Constitución Española de 1978. A medida que pasa el tiempo se incrementa el número de voces que piden una reforma de la Constitución. Se amparan, básicamente, en el acuerdo que establecieron Rajoy y Sánchez para aplicar el artículo 155 ante el desacato soberanista de las autoridades catalanas. Ese horizonte de modificación ha encendido todas las alarmas entre los partidos y los agentes sociales para clarificar los horizontes de cambio. Aunque los temas estrella serán la distribución de competencias autonómicas y la posibilidad de una España federal, no faltan quienes piensan que ha llegado el momento de modificar el punto 3 del artículo 16 donde se dice expresamente que nuestra carta magna no es ni laica ni confesional.

El citado artículo dice así: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Es una fórmula original, interesante e ingeniosa con la que los redactores evitaron cualquier tentación de confesionalismo o laicismo. No pisaron el charco del laicismo de combate de una izquierda nostálgica o ancestral ni de una derecha integrista y antiliberal.

Como han podido comprobar los asistentes al homenaje que el Padre Ángel le ha tributado al Cardenal Tarancón en Madrid, a la Iglesia española de aquellos años le costó mantener el tipo y no todos los purpurados vieron con buenos ojos la primera frase del artículo 16 en la que se afirma con rotundidad que ninguna confesión tendrá carácter estatal. Lo que en aquellos años no se entendía bien, ahora se perfila como una fórmula jurídica muy potente a la que todavía no se le ha sacado todo el jugo posible en sociedades atomizadas y plurales. Una fórmula sobre la que se debería reflexionar mucho más porque las tentaciones neoconfesionales o neolaicistas están a la vuelta de la esquina.

Digo que se trata de una fórmula jurídicamente potente y que todavía tiene mucho recorrido porque es la que mejor responde a lo que Benedicto XVI, la Filosofía política y la Teología más relevante de nuestros días describe con el nombre de “laicidad positiva” de los poderes públicos ante las confesiones religiosas. El laicismo y el confesionalismo son incapaces de fortalecer el necesario pluralismo que permite la garantía y protección de todas las libertades. Sólo unos poderes públicos comprometidos con el reconocimiento del valor que tienen las confesiones religiosas en los espacios públicos de deliberación nos ayudarán a reconstruir una sociedad abierta donde los ciudadanos pueden respetarse en la coexistencia vecinal (ética mínima) y realizar sus ofertas de vida buena en las prácticas de convivencia (religiones, éticas de máximos).

Si tiene poco sentido apelar a una España confesionalmente católica, menos sentido tiene apelar a una España confesionalmente laicista porque la mayor parte de los ciudadanos se relaciona con los diferentes credos de una manera distinta a como se relacionaban sus abuelos o bisabuelos, esto es, ni muestra una ciega pasión incondicional, ni es beligerante, agresivo o violento con las ofertas religiosas que proliferan en su vecindario. No olvidemos que si los poderes públicos están obligados a practicar una laicidad positiva, los agentes sociales, culturales y religiosos no están obligados a ser axiológicamente neutros, neutrales, insípidos, incoloros o indoloros. Debemos estar atentos porque algunos líderes políticos que tienen prisas en cambiar la constitución, en realidad lo que quieren es utilizar la oportunidad para hacer ingeniería social y conseguir por la fuerza de frágiles negociaciones legales lo que no consiguen en la deliberación pública. Lo más interesante de este debate ya no está en las coordenadas tradicionales con las que habitualmente se planteó, como si la izquierda promoviera una España laica y la derecha una España confesional.

Resultan curiosas dos situaciones. Por un lado comprobar que hay líderes del PNV, del PP o de Ciudadanos a los que les produce cierto sarpullido cívico la presencia de las confesiones religiosas en la vida pública, porque son explícitamente laicistas. Por otro, comprobar que ciertos líderes de PSOE, Podemos y el espectro populista utilizan argumentaciones confesionalistas porque quieren poderes públicos identificados con la beligerancia ante las religiones.

Unos y otros aún no han pensado con suficiente claridad o radicalidad cómo poner en marcha políticas sociales contra la desigualdad, el empobrecimiento, la marginación, la violencia familiar o la exclusión. Deberíamos recordarles que en lugar de querer reformar la constitución por arriba, deberían empezar a sentirla y construirla con los de abajo. Ya tenemos edad para ser serios cuando la Constitución cumple 39 añitos. ¿Alguien le ha preguntado a los mendigos de su barrio o los parados de su familia si desee ardiente y fervorosamente una España laica o confesional?

 

1 Comentario

  1. Tarea de ingeniería social que no es más que una auténtica falta de respeto a la realidad de la sociedad. Lo que hay, al fin y al cabo, son pocas ganas de asumir la realidad social en toda su complejidad, y se tiende más bien a reducirla a las claves en que cada dirigente es capaz de desearla, sin abrirse a otras opciones. Lo que falta es una auténtica voluntad de diálogo y encuentro.

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