Neuropolítica, democracia y demagogia

La neuropolítica o la aplicación de las neurociencias a las interacciones políticas nos ilustra el hecho de que a nuestro cerebro le gusta la postverdad. O más bien, que la fuerza de la postverdad reside en que nos suele complacer dejarnos llevar por nuestros gustos. También nos va pasar de largo, ignorar lo real en función de las aversiones, o de quienes nos parecen despreciables, por no estar incluidos en la configuración del propio deseo. No le damos valor de verdad a aquello que nos disgusta. Preferimos “hacer oídos sordos”. Las verdades incómodas no son fácilmente creíbles. Los afectos intervienen en las decisiones y en la comprensión de la realidad.

Lo que ya sabían y declararon ilustres filósofos políticos, ahora se nos actualiza como conocimiento científico. Nuestra razón y voluntad, no están desvinculadas de la vida afectiva. Tampoco en el campo político o en los procesos de participación democrática. La voluntad no rige soberana sin más, como flotando en el aire y sin nada que la sostenga y encamine. La razón no es simplemente el órgano para conocer la verdad, de manejarse en la realidad verdadera. La voluntad no puede aparentar ya estar incondicionada y la razón acoger la mera objetividad. Una y otra facultad, no se sirven mutuamente para elegir lo mejor, lo más correcto, y en función de lo más verdadero. Más bien, suelen quedar enredadas en sus propios condicionamientos emocionales, construyen un mundo representado a su medida.

En esta línea, señala Rodríguez-Carballeira que “la persuasión, siempre ha tenido más impacto. Convencer con argumentos y con rigor es mucho más complicado que hacerlo con emociones, que conmueven y generan ilusión”. Lo que se hace viral es lo que tiene un alto impacto emocional, no los mejores análisis.

El arte del gobierno, el debate político, la formación de las decisiones públicas no parece ser fruto de la actuación de sujetos racionales, ecuánimes, con sentido crítico, y más allá de sus fobias y de sus filias. El realismo que nos devuelven los neurocientíficos frente a los procesos políticos, inclusive en las más ilustres democracias, muestra la debilidad estructural de la conformación de la opinión pública, de la adopción coyuntural y casi volátil de mayorías de opinión.

Recordemos, por ejemplo, la eficacia de los discursos del odio, como en la última campaña presidencial norteamericana (o en otros países europeos), o cómo las mentiras deliberadas han tenido éxito en la campaña del Brexit. Esta debilidad recuerda las cautelas y prevenciones que ya mostraron Platón o Aristóteles frente a la democracia clásica ateniense.  El peligro de la democracia es su corrupción en una forma política degradada, en demagogia. Si los que ejercen el liderazgo público y conducen las deliberaciones colectivas consiguen excitar las peores pasiones de la mayoría, entonces la vida política camina hacia su fracaso.

Decía Maquiavelo, sobre el que aspira o ejerce de gobernante, queaquel que engaña, encontrará siempre quien se deje engañar”. Hoy diríamos, que unos gustan de hacerse ilusiones con su victoria “engañosa”, y otros gustan dejarse engañar, confiando su futuro a un proyecto falseado. No sólo parece haber una persistente voluntad de manipulación desde arriba, sino también la afición a dejarse manipular de los de abajo.

Estas lecciones clásicas y contemporáneas, nos ayudan a espabilar la conciencia crítica. Nos sirven para sospechar de las cómodas ilusiones, que nos pueden convertir en ilusos. No podemos incurrir tampoco en la defensa de un elitismo intelectual, en una aristocracia de la inteligencia que gobierne al pueblo manipulable, pues nadie está a salvo de ningún desvarío. Más bien nos obligan al cuidado de los afectos, la educación de las emociones, a seleccionar entre las pasiones que sostienen la convivencia y las que las destruyen. Una tarea urgente para nuestras emocionalmente frágiles democracias en tiempos de postverdad.

2 Comentarios

  1. Gracias Miguel Ángel. El individualismo efectivamente es una forma de justificar los afectos. Si yo soy la última instancia ética, y no tengo que dar razón o justificar las emociones, o más bien los sentimientos, que me están llevando a una elección ante los otros, implica de hecho la defensa de la arbitrariedad como regla de moralidad. Se puede decir yo defiendo tal cosa porque odio a …, o porque desprecio a…, o porque no soporto a…, porque somos superiores a… que son unos vagos y subsidiados…
    Si esta es la forma de justificar, mal andamos. Los discursos del odio, el racismo, la intolerancia política, el nacionalismo, están muchas veces cargados de sentimientos que sostienen una convicción y alimentan una racionalización que da una apariencia de consistencia intelectual de la posición.

  2. Totalmente de acuerdo, el peso de las emociones en la política lo vemos día a día, quizás fruto del individualismo existencial que caracteriza la forma de concebirnos en occidente, que hace que pretendamos hacer ley de lo que surge de nuestro interior de forma totalmente subjetiva. ¿Cómo podemos compensarlo?

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