El negocio altruista de la ropa usada

Además de los contenedores de vidrio, papel o materia orgánica, los ciudadanos tenemos a mano contenedores de ropa usada. Ya forman parte del mobiliario urbano y de vez en cuando nos planteamos depositar en ellos el calzado viejo y la ropa usada porque consideramos que aún puede ser útil para personas necesitadas. Si además comprobamos que la “marca Caritas” gestiona más del 80% de la ropa usada en las ciudades españolas, la parte prosocial de nuestro cerebro recibe una gratificación inmediata porque realizamos un acto cívico, altruista y solidario.

De la misma forma que los grandes negocios del futuro están relacionados con la basura orgánica, el vidrio o la pasta de papel reciclado, uno de los grandes sectores económicos en alza será el del reciclaje de ropa usada. En realidad no se trata de un negocio del futuro sino un negocio del presente porque se dan cita variables éticas, estéticas, económicas, políticas, mercantiles e incluso geoestratégicas. Además se trata de un negocio de la economía circular que debe ser pensado con más radicalidad desde las distintas confesiones religiosas porque está poniendo en cuestión la sostenibilidad del planeta. No sólo por el carácter artificial de algunas fibras que utilizan los fabricantes, sino por el difícil reciclaje de las mismas, convirtiendo la ropa usada en un producto altamente contaminante.

A nivel cívico no nos damos cuenta de que con la ropa usada se está generando una actividad económica que instrumentaliza nuestra solidaridad moral. Cuando depositamos la ropa en el contenedor sentimos cierto orgullo y fruición porque nos sentimos “consumidores responsables”. Conscientes de que también se pueden ejercer la responsabilidad y la solidaridad ejerciendo un consumo moderadamente inteligente, presumimos ante nuestros amigos de facilitar la reutilización de la ropa o el calzado. Como si además de consumir moda estuviéramos haciendo un bien a la humanidad más próxima que hay al otro lado del contenedor.

Cada ciudadano desecha una media de 2 kilos de ropa al año y sabemos que entre el 50 y el 60% se vuelve a utilizar, que entre el 30 y el 40% se valoriza o re-comercializa y que entre el 15 y el 20% irá a un vertedero. En gran parte de las ciudades españolas los contenedores están gestionados por empresas del Tercer Sector de Acción Social (TSAS), en muchos casos son Empresas de Inserción Sociolaboral que se han multiplicado en las últimas décadas y, sobre todo, a raíz de la desaparición de las subvenciones del sector público después de la crisis económica. El 83% de estas empresas se dedica a la recogida y el 75% la clasifica.

¿Cómo se vuelven a comercializar estos productos? Si nuestros mercados occidentales no pueden absorber estos productos porque, entre otras razones, las grandes marcas y sus estrategias comerciales nos empujan a estar a la moda y vestir en clave de diseño (“fashion”) y bajo coste (“low cost”), ¿por qué estamos enviando a Centro-Africa y Oriente Medio esta ropa? ¿quién gestiona la comercialización de estos productos y cuáles son sus consecuencias medioambientales? ¿qué intereses están en juego? ¿qué tipo de responsabilidad social está en juego?

No es fácil responder a estas preguntas y tampoco es fácil obtener información sobre estas actividades económicas. Las organizaciones cívicas (impropiamente llamadas “oeneges”, como ya analizamos en nuestro ensayo Ética y Voluntariado. Una solidaridad sin fronteras, PPC, 2000) están tomando posiciones en estos sectores y los profesionales del marketing han encontrado en la ropa usada un filón estratégico para unir la epidérmica sensibilidad solidaria de muchos ciudadanos con la estructural voracidad lucrativa de las grandes transnacionales del sector.

El reciclaje textil es un mundo de sorpresas estéticas, éticas y políticas para el que debemos prepararnos. Por paradójico que resulte, estamos ante un brillante “negocio altruista” de máximas dimensiones que también supone un desafío para las autoridades locales porque los permisos y las concesiones para gestionar los contenedores se regulan con ordenanzas municipales. De la misma forma que somos especialmente sensibles para la corrupción en los otros ámbitos de la vida económica, en algún momento deberíamos plantear a nuestros responsables municipales en qué medida promueven el monopolio, el oligopolio o simplemente la economía de mercado en este atractivo sector. También deberíamos preguntarnos qué ha quedado del espíritu del Abate Pierre cuando, en 1947, fundó la pionera y original asociación de “Traperos de Emaus”.

Compartir
Agustín Domingo Moratalla
Profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valencia y director de la sede de la Universidad Menéndez Pelayo en la misma ciudad. Colabora habitualmente con los medios de comunicación en el ámbito de las Éticas Aplicadas. Es Vice-presidente del Comité de Ética Asistencial del Hospital Clínico Universitario de Valencia, Evaluador Acreditado de EFQM, miembro de varios consejos de redacción de revistas de filosofía moral, miembro fundador del Observatorio para la Convivencia Escolar de la Comunidad Valenciana y miembro de la Comisión Valenciana de Reproducción humana asistida. Su línea de investigación es: ETICAS DEL CUIDADO EN LA ERA DIGITAL.

3 Comentarios

  1. Yo viví algunos años en Zambia, y allí la ropa usada americana había acabado básicamente con la industria textil local. La ropa usada era vendida a los comerciantes en fardos a peso, que ellos luego reorganizaban para la venta al por menor. Ropa de buena calidad, muy poco usada, y a un precio bajísimo porque en el origen se encontraba una donación, de manera que el coste de fabricación ya había sido asumido por el donante.
    Como resultado, uno de los pocos campos en que Zambia había podido desarrollar alguna industria manufacturera durante los ’60 y los ’70, fue barrido en la competencia durante los ’90. Camino cerrado: la Zambia que yo conocí al comienzo de la década del 2000 seguía siendo un país agrícola y extractivo, que con los muy pocos recursos que tenía, importaba lo que podía, ropa incluida.

  2. Hola M. Luisa,
    Muchas gracias por los comentarios e interesantes preguntas que plantea. No hay una respuesta fácil a cada una de ellas porque se entrecruzan muchas cuestiones cuya clarificación requiere mayor espacio del que tenemos en un blog. He querido plantear la gravedad del tema para que actuemos con mirada o juicio atento para que reclamemos más transparencia e información a quienes gestionan todos los contenedores. Tanto estos de ropa usada como los de vidrio, papel, orgánica, etc. Con estas reflexiones pretendo dos cosas: (a) que los temas de economía colaborativa, social y ecológica no se simplifiquen, (b) que no nos dejemos instrumentalizar con sensibilidades epidérmicas. Saludos.

  3. Estimado señor: su artículo me parece que trata un tema muy actual e inquietante, pero al final estaba como al principio de tan sutil que es
    ¿Qué quiere decir? ¿Que empresas capitalistas se están lucrando y no supone beneficio social que reciclemos? ¿son todas? ¿Aunque no se envíe la ropa en sí tampoco el beneficio que se obtenga de reciclarla va a los necesitados?
    Me gustaría que lo aclarara, porque a nadie nos gusta que nos tomen por tontos y, para mí, es un esfuerzo ir al contenedor. Tiro la ropa a la basura normal y me quedo tan tranquila.
    En resumen: ¿Se contribuye de una forma positiva de cualquier tipo reciclando ropa o enriquecemos a particulares?
    Le agradecería que me lo aclarara, pero con afirmaciones claras, si usted lo considera oortuno.
    Muchas gracias.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here