Negociaciones

Ya ha terminado el plazo de las negociaciones para la formación de mayorías en los ayuntamientos, muy a menudo ligadas a las negociaciones de plazo más elástico para las comunidades, y todas ellas realizadas con la vista en las elecciones generales de fin de año. Y en efecto, como resultado de esas negociaciones han ocurrido y desocurrido pactos, la mayor parte de ellos ideológicamente sensatos (cada partido con alguno o algunos próximos a él por su derecha o su izquierda), solo con la distorsión nacionalista haciendo extraños compañeros de cama aquí y allá.

Independientemente de que cada resultado nos guste más o menos, resulta muy importante pensar sobre el significado mismo de negociar un pacto. Contra todos aquellos partidarios de la pureza de las esencias, que viven permanentemente en campaña, la política democrática consiste precisamente en aceptar la pluralidad y dialogarla de tal manera que nadie se sale enteramente con la suya. Quien adquiere el poder con el respaldo de otros, acepta repartirlo con ellos o asumir desde el gobierno puntos de programas ajenos. Nada hay que reprocharle. Tampoco hay nada reprochable en reconocer que un número significativo de votantes han elegido una opción distinta a la propia pero no tan lejana, y pactar con ella, incluso apoyándola para llegar al poder.

Nada malo hay en ser una bisagra, o en hacer pactos para situar en el gobierno puntos de un programa minoritario. Al revés, supone reconocer que las polaridades nuevo-viejo, corrupto-limpio, izquierda-derecha, constitucional-antisistema, no son más que maniqueísmos, pinturas a dos tintas buenas para dibujar las opciones políticas a grandes trazos en una campaña electoral, pero absurdas para hacer la política de todos los días. Y no porque dé igual una cosa que otra; en absoluto da igual, sino porque la política consiste en negociar a partir de las opciones reales de los votantes, quienes compran la burra que respectivamente quieran.

Cuando unos u otros reprochan a quien sea que pacte (y estos días escuchamos reproches a TODOS los acuerdos reales y posibles), están proponiendo la misma pureza de las esencias que nos llevó a la guerra civil y la dictadura: considerar una posición política tan incomparablemente mejor que las demás, que no necesita negociar con ellas sino que puede aplastarlas. Estos agoreros de la intransigencia son extremadamente peligrosos, porque quieren sustituir la política por la hegemonía.

En España tendremos poca experiencia práctica de política: deberemos aceptar la negociación y aprender a hacerla mejor. Pero es que la experiencia que tenemos de hegemonías, incluyendo las mayorías absolutas nacionales y regionales de la democracia, es pavorosa. Ojalá la pluralidad política y las ‘geometrías variables’ hayan llegado para quedarse, y aquí no sobre nadie.

Foto: http://www.flickr.com/photos/46886434@N04/16915580241

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