Una pequeña historia: El payaso Tiririca fue candidato al Congreso brasileño por São Paulo en las elecciones de 2010. En su campaña utilizó algunas frases memorables, como “O que é que faz um deputado federal? Na realidade, eu não sei. Mas vote em mim que eu te conto” (¿Qué hace un diputado federal? En realidad no sé. Pero vótame y te cuento). O aquel otro de: “Se eleito prometo ajudar todas as famílias brasileiras…especialmente a minha” (Si me elegís, prometo ayudar a todas las familias brasileñas… especialmente a la mía).

Tiririca fue en efecto elegido al Congreso en 2010 con más de 1.300.000 votos, la mayor votación obtenida por un diputado en esas elecciones. De su historia, que incluye interesantes altibajos, vamos a fijarnos sin embargo solo en un eslógan electoral suyo, que da pie para pensar la situación actual de España: Vote Tiririca: pior que tá não fica(Vote Tiririca, peor que está no va a quedar).

Las negociaciones para la formación de gobierno son una gran oportunidad para introducir personas e ideas nuevas en la conducción del Ejecutivo, que reflejen mejor el sentir del electorado al que se deben. Sin embargo, como el juego está tan abierto (o tan cerrado, según se mire), esas negociaciones constituyen también un espacio donde los oportunistas pueden intentar avanzar sus líneas de acción muy por delante del respaldo electoral que tienen: introducir transformaciones que no cuentan con el sentir mayoritario, simplemente porque sus diputados son precisos para una mayoría.

Esto sería una forma de imprudencia política, pero al mismo tiempo puede constituir una fuerte tentación en la escena política actual, donde cada actor se aferra a su oportunidad del momento porque es fácil que no tenga otra. Es una imprudencia introducida por la marketización de la política, que tanto ha restringido la sabiduría de los tiempos, de las oportunidades y de la autoridad moral en que solía basarse la política bien hecha.

Tres errores de imprudencia deben evitarse a toda costa en estas negociaciones:

  1. Que la corrupción (pequeña o grande, que suele ser la misma, diferenciada solo por la posibilidad de llevarse menos o más) y la tolerancia de la corrupción, no tengan consecuencias políticas.
  2. Que se hagan cambios constitucionales mayores de tapadillo, forzando la letra para eludir un referéndum en que se consulte a toda la ciudadanía.
  3. Que participen en el gobierno personas, o se adquieran compromisos, cuya sola presencia espante inversiones y por tanto afecte al empleo.

La última imprudencia garantizaría el rápido fracaso de cualquier ejecutivo que la intentara. Esto no es Venezuela, donde un gobierno puede durar 15 años si le sube el precio internacional del petróleo. Aquí el financiamiento público depende de los impuestos que paga el sector privado. Si las inversiones privadas se retraen y se encarecen, el desplome económico va a ser rapidísimo sin inercia ni multiplicador que valgan.

La imprudencia de nuestro segundo punto sería una traición al, por lo menos, 70% del electorado que quiere mejorar el sistema, no echarlo a rodar por la revolución, la independencia, o como sea. El problema no es, por supuesto, plantear esas alternativas, sino pretender sacarlas adelante con cabildeos de pasillo, votaciones locales y semejantes. Esta es también una tentación para los “constitucionalistas”, que podrían querer arreglar las cosas “indoloramente”, entre profesionales, sin pedir de manera expresa el compromiso político de la ciudadanía.

Y la primera imprudencia sería dar continuidad a las fuentes de ineficiencia del régimen político, que explican también en parte la ineficiencia del sistema económico. El fuerte sentir reformista del electorado quiere que la vida pública española, política y económica, sea regida por una ley igual para todos, no por los contactos de cada uno con poderes arbitrarios. El problema aquí es el pasado: no estamos hablando solo de cómo hacer las cosas en el futuro, sino también de cómo se han hecho ya. El pasado tiene efectos legales que vuelven menos “reformadores” a sus protagonistas políticos, partidos que llevan décadas explotando esquemas clientelares en autonomías y municipios.

Entonces, contra el eslógan de Tiririca, en España nos hallamos en un terreno de grandes oportunidades pero también de grandes tentaciones, donde es perfectamente posible que esto quede bastante peor que estaba.

Pagamos políticos para que no sea así, para que se aprovechen las oportunidades y se eviten los riesgos. Les pagamos para ocuparse del bien común de todos los españoles. Ocuparse solo del suyo o del de los suyos, es precisamente la definición primera de la corrupción política.

Postdata: Ya estaba escrita esta entrada del blog cuando se firmó el acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos. En muchas cosas puede discreparse de él, pero hay dos que ni sus adversarios más comprometidos con el PP o con Podemos, se han lanzado a decir: No es un acuerdo imprudente, y no es un acuerdo de contenidos lejanos a la voluntad política de la mayoría del electorado. Más de lo que teníamos hace una semana.


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