Negarse a la autocompasión

Hace unos días, algunos blogueros de entreParéntesis nos reunimos con personas sinhogar en uno de los centros de RAIS Fundación, con la facilitación del personal de la misma Fundación. Me gustaría contar a nuestros lectores algunas de mis impresiones a partir de lo que ellos nos dijeron con gran sinceridad.

Cada cual tiene su historia de cómo llegó a estar sin un lugar que pueda considerar propio. Algunos llegaron a vivir en la calle, otros no; pero todos están saliendo de sus situaciones con el apoyo de RAIS Fundación.

Las historias personales que llevaron al sinhogarismo son muy duras. Según los casos, se mezclan fracasos económicos con problemas graves de salud, crisis familiares severas con adicciones destructivas, en variadas proporciones, unas cosas llevando a las otras, o al revés. No tiene sentido buscar un patrón que nos dejara a nosotros afuera, lejos del riesgo, y nos llevara a ver el sinhogarismo como algo que no puede ocurrirnos.

El aspecto más obvio de la reunión fue la absoluta normalidad de las personas con que nos encontramos. No solo porque eran personas normales sino porque se sabían personas normales que contaban sus decursos personales con toda sencillez, sin asomo de autocompasión.

Esa normalidad es también una exigencia moral: las personas con las que hablamos lo que más resentían era, cuando lo fueron, haber sido tratados como ‘excluidos’ sociales, desconsiderados como sujetos incluso por trabajadores de asistencia social. Y, al revés, lo que más apreciaban era haber sido tratados por otros como personas normales con la muy modesta aspiración de sobrevivir estando sin hogar.

La autocompasión es una emoción muy destructiva, aunque no lo parezca a primera vista. Lleva a presentarse dando lástima, a reclamar compasión de los demás. Lo que encontré fue lo contrario: la dignidad mantenida a través de procesos tan duros de pérdida del hogar y en algunos casos de vida en ‘situación de calle’. Esa dignidad consiste en algo muy concreto, no es una categoría abstracta. Donde uno podría suponer que la destrucción de la persona sería la consecuencia normal de procesos así, prolongados por años, a veces por décadas, ello no ha ocurrido.

Al revés, en un momento dado, sea cual sea el daño que hubiera sufrido, sean cuales sean las circunstancias por las que pasara, sea cual fuera su edad y las enfermedades que padezca, cada una de las personas con las que hablamos decidió dar un paso adelante y resolver su situación. Eso solo es posible si la persona permanece en toda su dignidad a través de los peores avatares, si no se tiene lástima destructiva sino amor construtivo.

Ante esa dignidad concreta y patente, expresada también, pero no primero, en un lenguaje de derechos y de trato por parte de los demás, uno no puede más que preguntarse a sí mismo. Tengo tantas cosas para sostenerme, y sin embargo a veces parece que mi mundo se derrumba. Ellos llegaron a no tener apenas nada –ni casa, ni empleo, ni salud, ni afecto–, y sin embargo su mundo interior no se derrumbó sino que se apoyaron sobre su desnuda dignidad para salir adelante.

El apoyo social y político que algunas organizaciones les dan, para ser eficaz, construye sobre esa base.


Imagen: solidarios.org.es/wp-content/uploads/sevilla-dia-personas-sin-hogar.jpg

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