Necesitamos un 10% de ciudadanos partidarios

Si la gente de los movimientos solidarios no traslada personas e ideas a los partidos, no avanzaremos. Hay muchas formas de participar en política pero que una parte de la gente (un 10%, por ejemplo) se comprometa partidariamente es insustituible. La transformación social hace una llamada inexcusable al compromiso partidario. Pero no debe sólo aumentar la afiliación sino sobre todo el modo de ser partidario. El gran cambio político que estamos viviendo en España es una oportunidad histórica para modificar la cultura de apoyo a los partidos: los partidarios no deben ser partidistas y la sociedad debe apreciar más su compromiso.

1. De gente partidista a ciudadanos partidarios

El último año en España hemos asistido no solamente al ascenso de nuevos partidos políticos -que atraen a un 31-44% de los votos-, sino a una elevación del compromiso político público de los españoles. En Twitter se observa claramente que muchas más personas expresan libre y pluralmente sus preferencias y apoyos, y esto es una importante novedad. Sinceramente, quiero felicitar a todos aquellos ciudadanos demócratas que apoyan o proponen públicamente a partidos o candidatos de todos los signos. La dura transformación de los partidos está convirtiéndose en una gran celebración de regeneración cívica.

La cultura partidaria es una parte de la cultura política: consiste en las actitudes y comportamientos en relación a partidos políticos. Ser partidario es participar o posicionarse a favor de un partido o un candidato. Lo partidista es diferente de lo partidario: lo partidista nos habla de una patología que hace poner los intereses o defensa de un partido por encima del interés general. En Estados Unidos, la persona partidaria es una persona de prestigio pues se compromete activamente en la construcción del país. Una persona partidista, en cambio, es denostada porque atenta contra el interés general, no suele ser fiel a la verdad y divide al país. Sin embargo, en España no se diferencia entre ciudadanos partidarios y partidistas: que te relacionen con un partido es convertirte en un sospechoso. Y eso lleva a que esa persona se mueva sólo con los suyos y eso divide y empobrece la sociedad, y acentúa aún un mayor sectarismo. Hay que romper esa espiral viciosa.

2. Sólo un 3,9% de afiliación a partidos: Escandinavia nos triplica

Uno de los grandes déficits de la ciudadanía solidaria en España ha sido su bajísima implicación en los partidos políticos. Con datos de la Encuesta Europea de Valores, publicada en 2012, España destaca por su baja afiliación a partidos políticos. La media europea es que hay un 5,4% de europeos afiliados a partidos políticos. En España se queda en el 3,9%. El porcentaje de militantes partidarios en los países escandinavos es el 9,9% en Dinamarca y 9,5% en Suecia. En la Europa continental es 7,1% en Países Bajos, 6,8% en Francia y 6,5% en Alemania. En Reino Unido es el 5,3 y en la Europa meridional es 4,2% en Italia y el citado 3,9% español. Ser voluntario o apoyar una ONG no aumenta esa tasa partidaria. Los solidarios suelen ser extrapartidarios.

 3. La gente no se posiciona por miedo al estigma político

A poco que examinemos las personas que apoyan, son voluntarios o trabajan en ONG y distintas causas sociales, confirmaremos que las personas solidarias no están en partidos políticos. ¿Por qué? Creo que la razón es el miedo. Los ciudadanos tienen miedo de participar en partidos o apoyar candidatos porque temen la estigmatización. Los ciudadanos partidarios en España hacen un fuerte ejercicio de coraje y desafían al miedo.

¿Y por qué ocurre esto? Porque la sociedad está excesivamente estatalizada, la dirección de las instituciones políticas suele ser extremadamente partidista y la sociedad civil está demasiado clientelizada o dominada. Es usual que miles de ONG no critiquen a la Administración por miedo a ser castigadas y excluidas de convenios, concursos o subvenciones. No hará falta que la Administración cometa ninguna prevaricación para excluirlas: hay formas sutiles que no dejan marca y son muy eficaces. Gran parte de la sociedad civil española está amordazada por el clientelismo. Ciertamente hay ONG que son partidistas y su ideologización a veces les ciega, pero la gran mayoría de ONG simplemente defienden causas con gran pericia técnica y fidelidad al interés general. No son partidistas ni partidarias; no son brazos civiles de partidos ni son enemigos de ningún gobierno. Esa mayoría de ONG simplemente trata de hacer progresar la sociedad y las políticas en favor de aquello que cuidan. Lo que busca la mayoría de ONG no es apuntalar a uno u otro partido sino que la dirección política –sea cual sea el partido- implemente mejores políticas, posicionamientos y recursos. En mi experiencia con distintos líderes políticos, no se acepta al ciudadano partidario. Para ser aceptables, las ONG (y sus líderes) tienen que ser simpatizantes de su signo político o al menos neutrales.No hay que politizar las ONG pero un porcentaje de la sociedad comprometida con y en ellas debe participar más en los partidos. Para que se normalice esa cadena de compromiso, es vital que no se castigue el ser partidario. El desarrollo de una sociedad civil más densa y sólida es un objetivo crucial para lograr mejorar nuestra cultura política.

Lo mismo ocurre con quienes colaboran con los gobiernos. En España es casi inconcebible que personas partidarias de un signo puedan colaborar lealmente con un gobierno de otro signo en virtud de su cualificación profesional. Y, sin embargo, en otros países es normal y posible. Hay algunas excepciones que siempre se convierten en ejemplares pero que no logramos que se normalicen. Luego, tenemos aquellos políticos que son transversales o que tienen un enorme prestigio por ser partidarios pero no partidistas. Nos hacen soñar en una cultura política no sectaria que no acaba de llegar. En general, nuestra cultura política no es partidaria sino tristemente partidista.

El fuerte clientelismo y sectarismo lleva a que se estigmatice a los partidarios que no sean de tu signo y eso hace que los ciudadanos tengan miedo de marcarse –especialmente aquellos más cualificados que podrían colaborar con los gobiernos o que profesionalmente realizan servicios cotidianos con la Administración-. Me lo decía un jefe que tuve: Fernando, haz lo que quieras pero te doy un consejo: nunca te marques. Respondí sin inocencia: ¿religiosamente o en partidos? Él lo tenía claro: En general, en nada. Por el contrario, creo que necesitamos ciudadanos que propongan, trabajen por el bien común desde los proyectos que entiendan mejores para el interés común. Y de igual manera, los pobres y sufrientes del mundo necesitan testigos, gente que les defiendan, gente que se moje y no tema marcarse por ellos.

4. Una democracia partidaria auténticamente liberal

¿Estamos en un momento de cambio que propicie otra cultura política? ¿Los nuevos partidos que surgen portan ese nuevo modo partidario de compromiso político? No acabo de ver esos signos de pluralidad pero sería una contribución gigante. Por el contrario, temo incluso una mayor división. Más importante que la pluralización del arco parlamentario, sería hacer una cultura política más liberal que dé la bienvenida a todos los ciudadanos que quieran dar lo mejor de sí, que apoyen con honestidad a unos con leal respeto a los otros. Necesitamos potenciar y cualificar la conversación pública. No se trata de hacer partidos transversales, partidos sin ideología ni grandes coaliciones: por el contrario, se trata no sólo de tolerar o respetar sino apreciar la diferencia del otro y deliberar con él. Y sobre todo agradecer su trabajo por el bien común, sea cual sea su signo –siempre que sea demócrata-.

Muchos hablan de regeneración y reconstitución. Efectivamente, necesitamos un cambio a una cultura política que no se haya en nuestro pasado ni tradición. Hay figuras que han encarnado esa democracia participativa y pluralista, con una fuerte sociedad civil y un Estado al servicio de la gente, pero lamentablemente no han logrado crear una escuela ni tradición política en España. Está por hacer. Tratemos de innovar. A menos que un porcentaje (pongamos un 10%) de los solidarios y comprometidos por la justicia sean ciudadanos partidarios, no habrá una transformación real.

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