He tenido la enorme suerte de nacer junto al mar y de haber aprendido a amarlo y respetarlo como una parte sagrada de mi vida. Uno de los momentos para dejarse sorprender es ir a la orilla del mar después de un día de tormenta. Las olas te regalan caracolas que susurran, conchas preciosas y todo tipo de objetos, pero a veces las corrientes y las olas te devuelven como un espejo nuestra propia miseria en forma de cuerpos inertes naufragados por el egoísmo y la ceguera.

Algo raro se mueve dentro de una cuando al levantarse en la costa sur de este continente llamado Europa lee que un pesquero con 700 inmigrantes a bordo ha naufragado. Miras por la ventana, contemplas los pesqueros y tu cuerpo te pide que no imagines ni pienses, que no rompas ese momento de despertar primaveral sureño que se te está regalando.

Pero por alguna razón vuelves a la noticia, y ves comentarios pidiendo al periódico que cambie la palabra inmigrantes por personas, y entonces, entonces algo cambia. La rabia no es contra el mar, sino contra la sociedad del ¡qué pena!, la Europa de aquí no, y la cultura del maquillaje de la realidad para no herir sensibilidades y no despertar la rabia.

Pero la tragedia es de tal magnitud que el lunes se reunieron en Luxemburgo 41 ministros de exteriores y de interior, guardaron un minuto de silencio, y resolvieron unas primeras medidas para evitar naufragios y salvar el alma de esta Europa paralizada y seca. En estos tiempos no son políticos, ni economistas, ni sociólogos formados en las mejores universidades ni con gran bagaje lo que necesitamos, son líderes que nos devuelvan los valores que nos están siendo usurpados no como ciudadanos, sino como seres humanos, líderes con inteligencia espiritual.

“En un momento de crisis de liderazgo generalizada se pone muy de manifiesto que lo que distingue a un buen liderazgo de uno malo, son los hondos valores que impulsan su visión” escribe el jesuita Elías López en un artículo sobre el estilo de liderazgo del papa Francisco publicado en marzo en Sal Terrae. ¿Quiénes son nuestros líderes? ¿Qué valores promueven? Estas son preguntas que tenemos que hacernos en estos días.

A poco que vas creciendo, de las primeras cosas que aprendes es que la vida, y la sociedad, se mueven por conflictos. Los conflictos internos y sociales te llevan a la búsqueda de soluciones. Expertos en conflictos como Elías López nos enseñaba a un grupo el otro día que existe la resolución de conflictos, la gestión de los conflictos y la transformación de los conflictos. Este último es la transformación de la percepción de las incompatibilidades permanentes.

¿Son incompatibles frontera y humanidad? ¿Economía y justicia? ¿Seguridad y solidaridad? ¿Vida y muerte? ¿Espiritualidad y política? Quizá necesitamos quebrar el mundo de los conceptos fijos en este mundo cambiante, diría que necesitamos buscar, aunque sea tanteando sin tanto racionalismo occidental, parafraseando al padre Adolfo Nicolás, general de la Compañía de Jesús. Necesitamos inteligencia colectiva, confiar que todos tenemos que aportar y reivindicar que nadie se quede excluido del debate, sobre todo los más afectados, los nadies, que diría Galeano.

La esperanza en estos tiempos cristianos de resurrección viene de personas de inteligencia espiritual que en esta sociedad y tiempos de crisis profunda está haciendo de ésta, oportunidad para la creatividad y la renovación.

Proyectos como el Espacio Geranios, un espacio de innovación social en el barrio de la Ventilla (Madrid), iniciativas como la Cooperativa Altavoz, donde las personas con discapacidad lideran sus propias empresas, o la cooperativa Huerto Hermana Tierra promoviendo la desobediencia empresarial, la persona en el centro, cuidado de la tierra, trabajo digno y salarios justos. Necesitamos inteligencia espiritual, aquella que sabe que solo el amor y la fraternidad permanecen.