Donald Trump sigue pareciendo un mal sueño del que es urgente despertar. Una pesadilla inasumible que no ha hecho más que empezar y que ha provocado que el reloj del Apocalipsis se mueva 30 segundos más cerca del final de la humanidad. Apenas una semana ha sido suficiente para saber que la locura presente en sus mensajes xenófobos, misóginos y LGTBfóbicos saltará de las palabras a los hechos.

Pero estos primeros días como presidente de los Estados Unidos también han servido para levantar una movilización ciudadana histórica que ha dejado claro que no se quedará impasible ante las barbaries de toda índole que pueda traer la administración de Trump.

Ya analizamos en este blog cómo la revolución digital fue aprovechada de manera estratégica para catapultar a un individuo como Donald Trump a la Casa Blanca. Pero, como estamos ya vislumbrando, el activismo digital también será la piedra en su zapato y por qué no, la herramienta que le cuestione, condene y le haga caer.

El mundo en general, y Estados Unidos en particular, es hoy un hervidero de activismo a todos los niveles, donde los espacios de movilización y organización online, offline y jurídica se conectan y complementan constantemente. La “Marcha de las Mujeres” que se concentró mayoritariamente en Washington para protestar contra Trump fue solo el comienzo.

El pasado viernes, el actual presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva para, oficialmente, “Proteger a la nación de la entrada de terroristas extranjeros a los Estados Unidos”. Una orden que, con su entrada en vigor, ha supuesto en la práctica la retención ilegal de personas que llegaban a los aeropuertos con sus visados en regla. Una medida xenófoba e inconstitucional que provocó una rápida y organizada reacción ciudadana.

A través del hashtag #NoBanNoWall, desde las redes sociales se convocaron protestas en todos los aeropuertos. El movimiento offline #OccupyAirports se complementó con peticiones online creadas in situ, decenas de abogados y abogadas organizadas para dar cobertura legal a las personas retenidas ilegalmente y la interposición de una demanda contra Trump, promovida por ACLU y otras organizaciones sociales, que acabó en victoria cuando la jueza Allison D. Burroughs bloqueó parte del veto de entrada impuesto.

El apoyo a la movilización ciudadana llegó también desde las altas esferas de la clase política, con un Obama tajante que advirtió que, con esta medida, los valores estadounidenses están en peligro o con un tuit del primer ministro canadiense Justin Trudeau que resumía claramente su postura  con su #WelcomeToCanada.

La movilización en las redes empuja el activismo de calle, lo hace más fuerte y lo lleva a otros espacios. Así, existe una clara conexión entre las protestas vertidas en el mundo digital y, por ejemplo, el discurso agitador de almas que David Harbour dio en los Premios del sindicato de actores de Estados Unidos.

Es triste que tenga que llegar un ser como Donald Trump para recuperar el activismo y la organización ciudadana. Para ser conscientes de que somos ciudadanas políticas que tenemos el derecho y la obligación de luchar por el mundo en el que queremos vivir. Para hacernos reaccionar. La llegada de Trump representa una oportunidad única de poner en pie a la ciudadanía global que lucha por la justicia social y que ganará esta batalla. Los casi 5 millones de personas de todo el mundo que han firmado la carta propuesta por Avaaz para mostrar la resistencia global a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, ya muestran el potencial que tenemos. Ahora toca no caernos de la ola de cambio en la que nos hemos subido.