Náufragos

Parece como si hubiéramos descubierto un “Mar Mediterráneo bis”, pero esta vez en el Océano Indico. Allí existen también, al parecer, mares sin riberas. Y sin horizontes. Donde si, por desgracia, transitan o naufragan los pobres, se encontrarán solo la niebla, el vacío o la soledad, como tablas de salvación donde agarrarse. Y mientras tanto tragan sal y muerte como único alimento.

Procedentes de la antigua Birmania y Bangladés hacinados en rotos buques de madera, se dirigen (¡es un decir!) hacia el sureste asiático. Humildes pescadores (y no los buques de guerra) auxiliaron a algunos de ellos hasta llevarlos a tierra. Son los Rohingyas y bangladesíes, que en estos días, han sido los protagonistas por las estremecedoras imágenes que nos han llegado. Y que se convirtieron en el símbolo global de la crisis de inmigrantes. Muchos miles no tienen acogida. Agotados. Desnutridos. Empiezan a sospechar que aquellos mares no tienen riberas. Pero de lo que sí están ciertos es de que a sus vidas les niegan los horizontes. Como se los negaron en tierra. El Gobierno en Naypyidaw les niega la ciudadanía. Les considera inmigrantes ilegales bangladesíes aunque sus familias hayan vivido en Myanmar —un país de mayoría budista— durante años y años. El delito de este millón y medio de personas es tener un Dios distinto. Una de las minorías más perseguidas del mundo desde los graves disturbios interreligiosos de 2012.

Venían de una especie de campos de concentración en Khao Hheow en la cordillera que separa Tahilandia de Malasia, donde desde hace tiempo sufrieron secuestros y extorsiones, cuando no directamente la muerte huyendo de su tierra. Los propios traficantes les obligaban a solicitar rescates que sus familias deberían abonar si querían ser liberados. Incluso los dejaban abandonados en alta mar  en plena travesía hacia su fatal destino. Son las malditas mafias -amparadas por los ojos cerrados de varios gobiernos-  que trafican con seres humanos. Les esconden, habiéndolos transportado en una especie de barcos mortuorios, engañados -como les pasa a tantos en África camino del Mediterráneo-  cuando tratan de huir de la miseria o la persecución étnica con la promesa de un trabajo y una vida mejor en países como Tailandia o Malasia. Tras años de permisividad, Bangkok lanzó una ofensiva para desarticular  este negocio ilegal a primeros de mayo. Descubrieron muchos campos de esclavos y decenas de implicados en un negocio corrupto y execrable.El efecto colateral fue que miles de víctimas de la trata quedaran atrapadas en alta mar. Desnutridos y agotados tras días abandonados en el mar, las autoridades les impidieron en su momento llegar a sus costas y los devolvieron a su suerte (en una decisión luego revocada a regañadientes).

Fueron náufragos en el mar; lo fueron antes en tierra

las voces ya no llaman/ya no piden

el cielo está crispado y sin auxilio,

jadea el viento harto de palabras,

hay ausencias que cercan, que respiran,

no es un naufragio de los de antes,

es decir, oceánico y famoso,

es un naufragio en tierra y por lo tanto,

los salvavidas son inútiles (…).

Así escribe Benedetti en su poema “Náufragos” y más adelante continúa:

o sea, es un naufragio en el olvido,

sin justicia, ni faros a la vista,

en el pasado esperan sombras,

los salvamuertes son imprescindibles.

naufragosASon, si cabe, “más” náufragos porque son náufragos “intencionados”, olvidados y rechazados -como si de una partida de ping-pong se tratara-  en medio del mar. Lejos de los puertos que les cierran, precisamente, sus “puertas”. Gracias a Dios, unas fotos impactantes y  unos reportajes inmejorables nos descubrieron los ultrajes a estas piltrafas humanas a los que solo les quedan energías para disputarse una botella de agua, o alimentos lanzados al mar.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos;ante quien se vuelve el rostro. Menospreciado y estimados en nada” (Is. 53,3).

Muchos de ellos, ahogados o desconocidos, ni siquiera han podido exponer su mirada a las nuestras aunque fuera solamente a través de fotografías y reportajes en los medios. No han podido ser siquiera un recuerdo, una gota humana reconocida en la inmensidad marina. Son los náufragos olvidados que el mundo entero quiso dejarlos sin una tabla salvadora. Son los siempre muertos, desde hace siglos, en la mitad del mar de una humanidad egoísta y cruel.

Yo sé que esta historia de “allí” solo tiene sentido leerla y contemplarla cuando se convierte en compromiso incuestionable para “aquí”. Percibo incluso que he roto intimidades ajenas a través de los ojos de esos náufragos. Lo sé y me siento mal. Muy mal. Les han robado incluso su dignidad cuando les han (les hemos) dejado medio desnudos en medio del mundo. Y mientras tanto, se renuevan las amenazas de “criminalizar” a estos inmigrantes y solicitantes de asilo vulnerables o que han ingresado de manera irregular. ¿Les suena la amenaza?. Incluso la Primera Ministra de Bangladesh, Sheij Hasina, ha tildado de “enfermos mentales” a los emigrantes económicos que abandonan el país, acusándoles de “dañar”  la imagen del país. Esta crisis –allá y acá- solo se resuelve partiendo del principio de que los inmigrantes, independientemente de su estatus legal, de la manera en que han cruzado las fronteras o de dónde vienen, son personas con derechos que se deben respetar. Pura Doctrina Social de la Iglesia. Así lo denunció la oficina del alto Comisionado para los  Derechos Humanos de la ONU de cuyo Consejo de seguridad forma parte España.

En esta hora “no cuentan las mujeres ni los niños, no cuentan quienes vagan marginados”. Por eso, qué más quisiera yo que al menos mis ojos  se hubieran cruzado con los suyos en el reflejo de las olas que les mecían. O que hubieran sentido mis manos abrazándolos con la fuerza del viento, allá en sus balsas.

Qué más quisiera.

Y mientras tanto, acaricio el cabello ensortijado de un bebé subsahariano, rescatado de nuestros mares occidentales (también sin horizontes ni riberas para muchos) a quien su madre emigrante me dejó tenerlo un instante en mis brazos. Y le doy a beber un vaso de agua limpia.

(NotaLas fotos son del periódico El Mundo. El trágico viaje de los Rohingyas 23/05/2015 http://www.elmundo.es/album/internacional/2015/05/23/555f6c9222601daa5d8b459c.html)

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