Roma ha sido históricamente el signo de la universalización. Cada vez que un imperio ha querido constituirse en el nuevo centro del mundo ha reclamado para sí el papel de nueva Roma. La romanidad ha sido el equivalente de la universalidad, que es lo que ha guiado el desarrollo de la Modernidad a lo largo de los últimos seis siglos.

Esa misma Roma es sobrevolada cada atardecer por decenas de miles de estorninos. Desde las terrazas del Trastevere se puede contemplar el fenómeno en toda su amplitud. Los estorninos esperan a juntarse todos para posarse en los árboles a ambos lados del río Tíber que atraviesa la ciudad. Mientras llega el momento, forman nubes descomunales en las que los pájaros vuelan excitados. Esas bandadas multitudinarias se mueven sin orden aparente. Como un cardumen de peces va cambiando de forma. Compone figuras tridimensionales en las que cada pájaro se guía por el comportamiento de los que le rodean. Un cambio en el vuelo de una de las aves causa variaciones que hace que toda la nube se transforme. Cada individuo sigue el camino más corto para el fin que busca y eso provoca que la nube se haga a veces mucho más densa; otras veces, la figura se extiende. Las aves forman distintas nubes. A veces se unen y otras se segmentan en nubes más pequeñas. Las relaciones entre los estorninos son múltiples, varían de compañeros de vuelo, no hay un centro sino que cada punto de la nube puede convertirse en el vértice de la siguiente forma que van a adoptar. Su comportamiento es parecido al de las moléculas de la materia en estado gaseoso.

Todos estudiamos de niños los estados de agregación de la materia. Las moléculas absorben energía y su movimiento térmico vence la tensión que las mantenía unidas a otras. El estado líquido flexibiliza las relaciones entre moléculas y convierte el cuerpo sólido en una materia fluida, adaptativa, sin suficiente cohesión para sostenerse por sí misma. En el estado gaseoso, las moléculas se desagregan, apenas hay atracción mutua, vencen la gravedad, su forma es volátil y se expanden sin más límite que la presión exterior.

La materia gaseosa puede saltar a un cuarto estado agregación, el plasma, que es el propio de los rayos, la aurora boreal, el interior de los tubos fluorescentes, las estrellas o el fuego de San Telmo. El estado de plasma se puede inducir por microondas, láser, altas temperaturas u otros procesos que cargan eléctricamente a una parte de sus partículas. Las moléculas aumentan tanto su velocidad que al colisionar se ionizan, desprenden electrones y toman formas como filamentos (los fuegos de San Telmo o los pelos de una lámpara de plasma), rayos o las capas de la aurora boreal. Mientras que las moléculas en estado gaseoso apenas tienen comportamientos agregados, cuando están en estado plasmático son muy susceptibles de ionizarse. ¿Vivimos en culturas plasmáticas?

Las bandadas masivas de estorninos parece que pasan del estado gaseoso al estado plasmático. De repente algo ocurre y toda la banda se galvaniza, realiza movimientos compulsivos y cambia radicalmente de dirección, forma. Los pájaros se cruzan en distintos sentidos, siguen direcciones contradictorias, parece que la sociedad que forman carezca de forma. Pero desde lejos sí vemos los límites de su comunidad de vuelo. Su sociedad tiene las propiedades volátiles de la nube que a fácilmente provocan rayos. Son relaciones libres pero interdependientes. Lo más parecido a una red social. Nos ayuda a comprender que vivimos en Sociedades Nube –Cloud Societies-.

Somos un mundo nube en un doble sentido. Por un lado nuestra sociabilidad ya no es líquida -como bien señalaba  Zygmunt Bauman- sino gaseosa e incluso plasmática. Las reacciones compulsivas y catastróficas –sean procesos constructivos o destructivos- se hacen más probables. Las relaciones entre individuos buscan tanta independencia como el nexo que une a las moléculas en estado gaseoso. A su vez, el comportamiento de la sociedad se hace más volátil. Vivimos en sociedades volátiles.

Por otra parte, toda la información se procesa digitalmente para ser subido a la Nube electrónica. La economía se desmaterializa y todos los productos se miden por su valor de signo. En tiempos premodernos las cosas eran evaluadas por su valor de utilidad. El capitalismo mercantil hizo que fueran medidas por su valor de intercambio –su valor era el que las personas estuvieran dispuestas a pagar a cambio-. El modo de desarrollo económico que vivimos en la actualidad tiene su centro en el valor de las ideas. Las cosas son apreciadas en los mercados según el valor de signo que tengan. En este capitalismo del valor de signo todas las cosas tienen un equivalente que no es la cosa material sino su marca o el discurso que la presenta. Antes las cosas tenían imágenes y discursos que trataban de venderlas. Ahora lo que se compra es el discurso, el signo o la experiencia, y a veces tiene un soporte material que la representa. Todo es discurso; todo es una nube que abstrae las cosas en una idea. Nuestra economía es también una nube flotante de ideas y por eso sufre tantos procesos de burbujas que se inflan artificialmente y estallan.

La digitalización lleva a que todas las cosas estén subidas a la nube. Nuestros perfiles, avatares, cuentas de correo o redes sociales y toda la interacción de mensajes están en la Nube. Lo están nuestras cuentas. No hay dinero material sino que son apuntes en las nubes. Parece que todas las cosas y presencias estén desmaterializándose, para ser subidas a la Nube. El mundo es trasladado al completo a un satélite que está unido al planeta tan solo por dos cables: el de la electricidad y el de la conciencia. Esa satelización de la civilización para formar una nube es uno de los grandes fenómenos que constituyen nuestra fase de modernización. Y es posible que sea un cambio tan radical que ya no estemos viviendo una época llamada Modernidad o que lo que vivimos sea la última Modernidad.