Por Mª Teresa Compte Grau. Doctora en Ciencias Políticas y Sociología

La verdadera igualdad entre el hombre y la mujer pasa por la acción recíproca y esta requiere de sujetos que activa y conscientemente se abran los unos, a los otros; o, mejor dicho, las unas a los otros, y los otros, a las unas. Esta es la verdadera dinámica de la igualdad solo posible en sociedades en las que la coexistencia sea sustituida por la cooperación.

Es innegable que este ideal de vida en el que las mujeres no sean iguales a los hombres, sino que en el que se den relaciones de igualdad entre hombres y mujeres es una cuestión de extrema urgencia para el mundo en el que vivimos. En primer lugar porque la diferencia entre el hombre y la mujer sigue siendo usada para justificar, legitimar y promover la desigualdad. Y, en segundo lugar porque la diferencia es usada para asignar roles excluyentes al modo de compartimentos estancos según una visión individualista del orden social.

Photo Credit: Sheba_Also via Compfight cc

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Mujer y hombre somos sujetos de relación y nuestra personalización pasa por vincularnos sin tener que renunciar a nada de lo que nos define y nos identifica. Un mundo en el que las mujeres ascendiéramos el escalón que nos separa de los hombres, acabaría siendo un mundo de hombres. Son, por lo tanto, las condiciones materiales de vida las que deben cambiar. Y esto pasa por cambios de naturaleza política que erradiquen, de una vez por todas, el dominio del hombre sobre la mujer.

No soy de las que cree que lo personal es político, como en algunos momentos ha reivindicado un sector del feminismo. Ni mucho menos creo, como han sostenido otras militantes feministas, que la igualdad pueda reducirse a la incorporación de la mujer al sistema económico liberal de producción. Estoy convencida de que las diferencias entre el hombre y la mujer deben ser reconocidas, tanto como estoy convencida del deber de arrebatar del espacio de lo doméstico y de lo privado aquello que es más específicamente femenino. Pero, más aún, creo que la realidad sigue siendo superior a las ideas que elaboremos sobre la misma, razón por la que es la realidad la que nos demuestra que la discriminación contra la mujer sigue reclamando intervenciones decididas. La feminización de la pobreza, la violencia y la esclavitud sexual, la discriminación laboral y salarial, la penalización de la maternidad y la falacia de la conciliación laboral, tal y como la entiende el mercado, la prostitución, los matrimonios forzosos y el aborto provocado, el alquiler del vientre femenino, la negación del derecho a la educación y la imposibilidad de acceder a los servicios sanitarios básicos, la mutilación genital, la violencia de género y el uso del cuerpo de la mujer como arma de guerra son manifestaciones más que evidentes de la injusticia que en este mundo se comete contra las mujeres.

No es de extrañar que para millones de nosotras, ser mujer sea una fatalidad. Tan es así que en muchos momentos de la historia más reciente la emancipación de la mujer ha pasado no tanto por la liberación de las condiciones de sometimiento, dominio, abuso o explotación, sino por liberarse de su ser mujer. Como si nacer mujer fuese, nada más y nada menos, que un castigo que la naturaleza nos inflige por razón de nuestro cuerpo. Nacer mujer no es nacer esclava. Por eso sigue siendo prioritario que la política transforme las condiciones de vida de millones de mujeres cuyos cuerpos, y por lo tanto también sus almas, son devastados al verse reducidos a objetos de libre disposición.

La benevolencia circunscrita al ámbito de lo privado no resuelve estos problemas de manifiesta y aberrante injusticia contra las mujeres. Hay que socializar la identidad de lo femenino para conseguir que el respeto a la mujer y su valoración social dejen de reducirse a un enaltecimiento ramplón de la abnegación y el sacrificio. Para que ser mujer no sea una condena es urgente, justo y necesario hacer posible, de hecho, que no solo de derecho, que las mujeres podamos vivir en este mundo sin renunciar a ser quienes somos, sin miedo a ser plenamente mujeres y sin desear arrancar de nuestro ser aquello por lo que somos diferentes, pero no por eso desiguales.


La intención general de la Red Mundial de Oración del Papa/ Apostolado de la Oración para el mes de mayo es: “Para que en todos los países del mundo las mujeres sean honradas y respetadas y sea valorizado su imprescindible aporte social”.

Aquí os dejamos el vídeo del Papa de este mes con esta intención de oración:

Photo Credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/58847482@N03/5689988656/”>Matthew Kenwrick</a> via <a href=”http://compfight.com”>Compfight</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>cc</a>