Mujeres para el diaconado permanente

Por Araceli Recio

El domingo pasado acudí a misa a una parroquia distinta a la que solemos ir, con motivo de un aniversario familiar. No iba muy animada porque mi recuerdo de la última vez que estuve allí era de un lugar poco acogedor, con suelos de madera que crujían al andar, oscuro, y un ambiente bastante decadente. Sin embargo, me esperaba una agradable sorpresa. Nada más entrar, me encontré con que habían restaurado el templo con gran acierto: paredes blancas y en color pastel, muy luminosas, amplias vidrieras que inundaban de colorido y luz, y todos los ornamentos cuidadosamente recuperados, miles de detalles llenos de vida.

Y siguió: en el altar, dos sacerdotes de mediana edad (por no decir jóvenes, siempre es un concepto relativo) oficiaron en equipo y con mucho entusiasmo. Es verdad que la media de edad de los asistentes no bajaba de los 75 años, y eso, por ejemplo, se hacía notar en la estética musical. Pero, por contra, leyeron magníficamente las Escrituras, algo que disfruté mucho ya que no es muy frecuente. Reinaba un tranquilo ambiente de oración y silencio que incluso llegó a impregnar a mis hijos pequeños, que estuvieron más pacíficos de lo esperado.

Al salir, el familiar que nos reunía, me comentó que uno de los que habían concelebrado no era sacerdote sino diácono, y que llevaba mucho tiempo siendo diácono (¿diácono permanente?). Que era habitual que celebraran juntos diácono y sacerdote, y que se solían repartir para predicar la homilía: uno en el de la misa de las 11 y otro a las 12. Para mí era la primera vez que veía a un diácono permanente (¿casado?) en acción.

En la última sesión del Sínodo de la Familia, el pasado mes de octubre, el arzobispo canadiense Paul-André Durocher, propuso públicamente que se estudiara la apertura del diaconado permanente a la mujer. Aunque fue recogido por la prensa, lo cierto es que ha sido una voz que no se ha vuelto a oír en Roma. Tres años atrás, la Conferencia Episcopal Alemana también trató sobre la cuestión. En el pasado mes de marzo, L’Osservatore Romano publicó dos artículos favorables a la predicación por parte de mujeres, pero sin concretar más. El último en hablar a favor del diaconado femenino ha sido, esta misma semana, el cardenal alemán Karl Lehmann.

Photo Credit: Nelo Hotsuma via Compfight cc
Photo Credit: Nelo Hotsuma via Compfight cc

Me imaginé por un momento cómo sería si en las iglesias de Madrid comenzaran a participar mujeres como diáconos permanentes. Entre otras cosas, turnándose con el sacerdote para predicar una homilía dominical. Conozco a muchas mujeres teólogas, algunas incluso doctoras en teología, apasionadas por Jesús y la Iglesia, con talento para comunicar, don que emplean animando retiros, catequesis o charlas con distintas ocasiones. Muchas de ellas también con largos años de experiencia en grupos de liturgia o acompañando espiritualmente. Voces nuevas, aire fresco. Primavera.

El cambio parece que podría ser relativamente suave y natural: el diaconado permanente suele ser un trabajo voluntario (no remunerado y compatible con la familia e incluso con una profesión civil), lo que simplifica la logística. En general, se entiende que sería restaurar algo ya presente en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva, por lo que engarza sin dificultad con la Tradición. También hay acuerdo general, y el Papa lo ha enfatizado en numerosas ocasiones, en que la Iglesia tiene necesidad urgente de abrir espacios para aprovechar en toda su potencia el talento femenino. Asimismo, de modo exponencial en las últimas décadas, las mujeres han ido ocupando cada vez puestos de mayor responsabilidad en las más variadas instituciones eclesiales, y el balance ha sido muy positivo y así es reconocido por todos. Parece que sería un cambio que podría fluir entre las distintas sensibilidades que conviven en la Iglesia.

La visita a esa iglesia restaurada y luminosa, renacida, me vino a decir que, si queremos renovación y energía nueva, es necesario hacer cambios y éstos tienen que ser de calado. Renovarse o morir, decía el eslogan. Hay que atreverse. Hay que ir a por ello. Si no hacemos nada, todo seguirá igual. El Papa lo ha dicho muchas veces: que hay que correr riesgos, que no nos preocupemos por el qué dirán, y que hagamos nuestras propuestas con franqueza y tranquilidad.


Foto de portada. Elizabeth Adekunle, archidiaconisa de Hackney, en la diócesis anglicana de Londres.

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Ventanas
Aquí recogemos textos que nos han parecido interesante, pero que no hemos escrito nosotros, ni los blogueros regulares del entreParéntesis ni nuestros colaboradores. Esperamos que te gusten.

9 Comentarios

  1. Tanto el varón como la mujer fueron creados según la voluntad e imagen de Dios Padre y Madre. Por lo que el sacerdocio debería ser el ejercicio del servicio a Dios sin discriminación ni tanta oposición, porque la palabra está dada como la tarea para dar a conocer al mundo, basados en la fe y en el amor, no en el prejuicio ni la discriminación, la primer mujer sacerdote y/o diaconisa fue la madre de nuestro Señor Jesús, quien soportó más que nadie en el mundo el dolor de nuestro Jesús, si ustedes ven la realidad, no se trata de quitarle derechos a nadie, sino de devolverles los derechos que ya nacieron con cada una y cada uno, el rol creo que debería ser desde siempre el sacerdocio para las mujeres, quienes quedaron al pie de la cruz frente a Jesús…las mujeres, quienes supieron de su resurrección …..las mujeres, quien creyó primero en la resurrección sin dubitar ….las mujeres,…..hay tanto por decir, pero ciertamente el valor de entregar la vida al servicio del evangelio es tarea de quienes aman al Señor y no de actos mezquinos. Es prudente entonces dejar de lado las mezquindades y prejuicios patriarcales y machistas que solo perjudican el crecimiento en la evangelización y lograr que todos tengan la oportunidad de creer en nuestro Señor Jesucristo y sean salvos. Lo que pasa que toda esta oposición que surge contra las mujeres es tan SOLO MIEDO, EGOISMO, MACHISMO, Y UNA TOTAL AUSENCIA DE COMPROMISO A LA VOCACIÓN DE FE PARA LLEVAR LA PALABRA A LOS CONFINES DE LA TIERRA, Y HACER ESO NO ES NADA CRISTIANO, SINO PERJUDICIAL.

  2. No se trata de que la mujer tenga más protagonismo, se trata de que pueda realizar tareas dentro de la Iglesia que descargue al sacerdote. Y ¿por qué no puede predicar una homilía, dar la comunión…? Nos confunden las normas cerradas que en algún momento tendrán que abrirse. La mujer, casada o soltera, tiene una misión en la Iglesia y la puede llevar a cabo siempre y cuando, sea por compromiso, tenga formación… no se trata de “yo quiero y ya está”… Jesús no impuso ninguna ley, ninguna diferencia ¿por qué nos empeñamos en separar en lugar de unir, de colaborar…?

  3. Totalmente de acuerdo, Monachus. El propio papa Francisco nos recordó que la ordenación femenina constituye una cuestión totalmente cerrada. Una pequeña puntualización: de las dos personas que, en el relato de Ventanas, estaban en el altar, sólo una oficiaba.

  4. No, no y no, a mí como mujer no me gustaría. No me gusta ni que me dé la Sagrada Eucaristía una mujer, es más ni un hombre cuyas manos no estén consagradas, pero pues a veces no hay más. Las mujeres ya somos privilegiadas en otras cosas y si Jesús así lo decidió, no tenemos porqué sentirnos menos, Dios nos ama igual a hombres y mujeres.

  5. El hombre es como la mujer y la mujer como el hombre, los dos imagen de Dios que bien es Padre y Madre. Me parece que la riqueza del servicio que pueda dar una diaconisa es un lujo no disfrutarlo, pero al lado de ello es necesario re-valorizar lo que ya hacen las mujeres en la Iglesia, que cuidado y hacen más que los hombres, valorando también que no hay conflicto en las Sagradas Escrituras o la Tradición que nos haga despreciar la ordenación de diaconisas. No se trata pues de una guerra de géneros, sino de cuánta riqueza tenemos y de cuánto lo podemos aprovechar para dar a todos Buena Noticia.

  6. Gracias por esta fresca reflexión. Históricamente hubo mujeres que ejercieron el servicio de la diakonia en la Iglesia. Lean “En Memoria de Ella” o “Discipulado de Iguales” de Elisabeth S.Fiorenza. Muchas mujeres ya de hecho ejercen de ministras de la palabra en pueblos, cárceles… donde no hay sacerdotes. Es una riqueza para nuestra iglesia.

  7. Hay muchos estudios serios, de exegetas hombres, que afirman todo lo contrario por cuanto respeta a las diaconisas. Quizás tú no los conozcas… Y además: ¿te preguntas porqué todo un arzobispo pone la cuestión encima de la mesa en un sínodo? ¿Y hasta un “peso pesado” como Lehmann?
    Y un poco más de respeto para una tradición hermana, que tiene sus defectos, como también los tiene la nuestra, pero esto no impide que quiera ser fiel al evangelio de Jesús, y haya decidido hacer este paso justo por coherencia con Gal 3,28: “Ya no tiene importancia el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer…”.
    Pero, bueno, ya lo sabemos: esta cuestión de los ministerios de las mujeres levanta pasiones. Quizás porque detrás hay algo tan difícil de cambiar como una visión antropológica según la cual la mujer es igual al hombre, sí, excepto en la representación de Dios.

  8. Tanto anteriores papas como la Comisión Teológica Internacional han cerrado tal posibilidad por la ruptura que supondría en la unidad en el sacramento del Orden. Es una cuestión requetecerrada. En los anglicanos ya se sabe que adaptan el Evangelio y la doctrina al mundo, según gustos, modas y preferencias.
    Que la mujer adquiera más protagonismo eclesial no tiene porqué pasar por tener un ministerio que nunca tuvo. Las antiguas diaconisas-servidoras no eran el equivalente femenino del ministerio masculino. Sus funciones eran muy distintas y nunca predicaron o administraron sacramentos como los diáconos varones, sino que sus tareas eran exclusivamente caritativas.

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