La muerte habla desde el silencio

“¡No tengo palabras!” “¡No sé qué decirte!” “¡No se me ocurre qué decir!”  “¡Me he quedado mudo!” “¡Ninguna palabra de las que me vienen a la boca sirve de nada en estos momentos!” “¡Nada que te diga aliviará tu dolor!”…

Constante y variada en la formulación, pero siempre la misma idea, me la han transmitido amigos, familiares y conocidos a lo largo del último mes y medio, de manera reiterada y coincidente, al paso que me abrazaban, me estrechaban contra ellos, me daban golpes o frotaban con rítmico sentimiento mi espalda.  Me tocaron, me acariciaron, me besaron… Sentí en mis mejillas muchas lágrimas ajenas, mezclándose con las mías… y, junto con exhortaciones a la fortaleza de ánimo y a la necesidad que tenía de intentar de levantarme de la lona, aunque estuviera grogui, la mayoría de las veces, ratificaban la inefabilidad de lo que sentían, supliéndola con el más primario y elemental de los lenguajes: el de la espontaneidad anímica que se expresa con los gestos más básicos del contacto corporal.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Es el hombre un zoón legón ejón -esto es, un bicho parlante, un animal que habla- o no lo es? ¿Habremos de arrumbar en el trastero de los cachivaches rotos la clásica y venerable definición antropológica? ¿O será que la dimensión fable del ser humano está sobrevalorada?

Creo que no hay por qué pasar tan adelante. Basta con asumir, como si se tratara de las dos caras de una misma moneda, de una parte, la contingencia y los límites de lo humano. Y, de otra, tomar nota de la permanente insatisfacción ínsita en lo más propio de la dinámica vital, siempre que ésta es vivida desde la lucidez; y, al decir de Séneca, desde el empeño por ire et non ferri. Es decir, en tratar de llevar las riendas de la propia vida, en vez de dejarse llevar, arrastrado por los acontecimientos.

La dimensión lógica, la capacidad de hablar y comunicarse con los demás es un regalo de la evolución, que nunca será suficientemente bien ponderado. Constituye, sin duda, la condición de posibilidad de lo más esencialmente humano y mejor. El símbolo, el arte, la técnica, la cultura, en todas sus variadas expresiones… serían impensables sin aquella capacidad…

Ahora bien, todo tiene un límite. Un límite que, a veces, puede ultrapasarse; otras, en las que, al menos por el momento, esto no es posible; y otras, en las que, aunque lo sea desde el punto de vista técnico, no sería bueno ni deseable que, desde un punto de vista ético, entráramos, alegremente y con imprudencia, en ámbitos desconocidos y potencialmente peligrosos… ¿Cómo garantizar, por ejemplo, que la digitalización vaya a promover, de manera automática, el desarrollo equilibrado de las personas y la prosperidad de todos? ¿Cómo luchar contra la nueva pobreza y contra las desigualdades crecientes que este proceder va a traer aparejado, tanto a escala planetaria, cuanto en los contextos particulares de cada sociedad?…

Por lo que a datos y gestión de información se refiere, ya sabemos que nuestras capacidades, limitadas, han permitido, de todos modos, que desarrolláramos herramientas -hablo queriendo referirme a la especie, a la vanguardia de los tecnólogos que en el mundo han sido y son-; que inventáramos -aquéllos, otra vez- adminículos, artilugios que incrementan nuestras dimensiones de procesamiento… y que lo seguirán haciendo hasta límites, hoy en día, inimaginables… La espoleta que estimula esta búsqueda de mejora de nuestras potencialidades humanas responde, casi siempre, a un ánimo práctico, estimulado, muy frecuentemente, por el retorno económico que la innovación pudiere traer consigo.

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El desarrollo, en todo caso, resulta extraordinario… ¡y lo que te rondaré, morena! Por modo de ejemplo, déjeme el lector darle una noticia: El pasado día 8 de junio, en Tennessee, en el Oak Ridge National Laboratory, Summit, el más potente supercomputador del mundo, realizó en un segundo la nada despreciable suma de 200 quadrillon de cálculos… Dicho sea en mi descargo, que no sé cómo traducir el término quadrillon del inglés, aunque creo que capto el concepto… Y que, en absoluto me siento capaz de siquiera imaginarme lo que eso puede ser…

Como diría el bueno de don Mendo al marqués de Moncada: “No es torpe, no la invención…”. Por consiguiente, avancemos, avancemos por esa senda; pero hagámoslo con tino, con buen pulso y pies de plomo. Porque, aunque no es cosa de venir ahora tratando de poner puertas al campo y frenos artificiales a la creatividad humana… tampoco debiéramos dejar de tomar en consideración lo que está en juego, las derivadas y efectos previsibles –y los no deseados- en la dinámica de lo humano y de las relaciones entre las personas.

Porque, naturalmente, no todo habrían de ser tortas y pan pintado las consecuencias del desarrollo descontrolado de lo que se alude bajo el acrónimo de NBIC -nanotecnologías, biotecnologías, informática y cognotivismo– o, incluso, el más acotado ámbito de lo digital -los Big Data, la Robótica, el Blockchain, la Inteligencia Artificial, el Internet de las Cosas, el Machine Learning…- hayan de tener.

Los gobiernos y las instituciones -de la ONU a la Unión Europea- no acaban de estar tranquilos. Observan, con buen criterio, que ahí tenemos un verdadero reto a escala de la humanidad en su conjunto. Porque, más allá de quién acabe dominando la Cuarta Revolución Industrial desde el punto de vista económico, es más, mucho más lo que está en juego con estos cantos de sirena del transhumanismo posthumanista… Y, en consecuencia, debiéramos entrar con liberalidad en los debates éticos que la nueva circunstancia nos ofrece ya en el día y se complicará en el inmediato futuro.

En la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas somos conscientes de todo ello y, en este sentido, estamos ya trabajando en el lanzamiento de una línea de investigación en estas temáticas: Alberto Andreu, Joaquín Fernández, Javier Camacho y yo mismo formamos en vanguardia; y, en plazo breve, estaremos en disposición de integrar a más compañeros… Que esta materia va a dar mucho que pensar… y constituye, no sólo una oportunidad para hacerlo, sino una verdadera obligación moral llevarlo a cabo. Máxime desde una institución que, con una orientación axiomática -la que supone la Fides que profesa y hace suya-, busca la Utilitas. Sí, pero, al paso, aspira también, por su apelación al valor de la Iustitia, a configurar un mundo más equitativoy que, en el fondo, quiere incrementar la calidad del mundo, hacerlo más humano, preservando y apostando de manera innegociable por la Humanitas. Muchos quisieron antes avanzar hacia el Übermensh… y ya sabemos a qué sabe la leche que da esa vaca… Otros buscan transmutarse en aprendices de brujo y hacer experimentos con gasolina… ¡Nos los debiéramos dejar, no! Habría que regular con buen criterio moral y hacer cumplir lo que proceda…

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Incluso en escenarios a trescientos años vista, si aún hay seres humanos sobre la faz de la Tierra, por mucho que todo haya cambiado; por más que nuestras potencias, capacidades y sentidos tengan a su disposición fantásticas posibilidades… siempre habrá algo ante lo cual un semejante nuestro -quizás alguno de los  biznietos de los nietos de mis hijos, a quienes dediqué el libro que recoge mi Lección Inaugural del Curso Académico 2012-2013 en la Universidad Pontificia Comillas-; digo que allá por el año 2300 -y repare la gentil lectora que lo fío mucho más lejano que John Maynard Keynes lo hacía; como recordábamos en un post anterior- siempre habrá alguien que se quede sin palabras, que no sepa qué decir, que considere que no es capaz de articular una frase… Es decir, que se quede asombrado, anonadado, pasmado, tembloroso, admirado, descolocado, sin habla…

Insisto: Siempre en el caso de que siga habiendo gente, personas -mujeres, hombres, niños, jóvenes, ancianos-, seres humanos… Si es que ya estamos en escenarios como los que Aldoux Husley anticipaba en la distopía de Un mundo feliz, entonces, la cosa cambia…

¿Y qué cabe hacer ante una tesitura tal?

Tanto entonces, como ahora, pienso que no hay mejor intuición; ni, acaso, receta más sensata, aguda y cumplida que la que nos formuló de manera lapidaria el maestro Ludwig Wittgenstein y que, como proposición número 7., que se queda sin desarrollar -como, por lo demás, no podría haber sido de otra manera- sirve de colofón a su Tractatus Logico-Philosoficus.

¡Permítame el lector que se la cite en alemán, porque una tal perla de sabiduría tiene que ser escrita en el idioma en que fue pensada! Dice así: Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen… Y que, vertido al español, viene a decir algo así como que de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

Callarse, no porque no se siga queriendo intentar el discurso; sino, más bien, callarse para escuchar. Callarse, guardar silencio, porque hay realidades inefables, que tocan con el Misterio. Topamos a veces con sentimientos que desbordan los muros de la racionalidad pura… y que pugnan por hacerse valer desde otros registros comunicativos –la música, tal vez-, a partir de una suerte de conexión con lo místico. Wittgenstein hablaba, precisamente, de das mystische… igual que Kant apelaba a la realidad ontológica de la cosa-en-sí… inaccesible al humano conocerWissen– … pero no así al pensamiento más serio, inaplazable y riguroso pensar Denken.

Callarse para escuchar y ver si se consigue oír algo en la oscuridad luminosa de lo místico… desde el silencio externo y la contemplación interna. Frente a la superficialidad, el atolondramiento frívolo y la dispersión. Mediante el entrenamiento en el ejercicio que pone en marcha los mecanismos anímicos y espirituales que vayan cultivando al monje o la monja que -más o menos explicitado- todos llevamos dentro. Y que busca vivir el presente, el ahora, como si lo viviera fuera del tiempo -el Kronos-, apuntando a lo eterno –Kairós.

Aunque pueda parecer extraño, máxime en estos tiempos de ruido, de aceleración, de parlanchines con amplificadores por doquier, es un rasgo más de lo humano, lo que Pánnikkar denominara hace años, el arquetipo monástico.

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No hace falta ser experto en Historia de las Religiones o en Fenomenología de lo religioso. No hay por qué hacer una tesis doctoral sobre Rudolf Otto o sobre Mircea Eliade para comprender que siempre y en todas las culturas y tradiciones ha habido quienes se han destacado por querer ir al fondo de las cuestiones; por horadar la costra de lo real más inmediato, para tratar de dar con la esencia de lo real, con la dimensión donde, se suponen, anidan las respuestas y las claves de lo que vemos, de lo que ocurre, de lo que pasa y de lo que nos pasa y que, con frecuencia, no sabemos cómo denominar.

Monjes hinduistas, monjes budistas, monjes de la New Age…  Anacoretas, cenobitas, maestros itinerantes, gurúes, santones, eremitas de variado tenor los hubo siempre… Son cosa de hace siglos; pero también de ayer y de hoy… Seguramente lo serán también de mañana… Unos son monjes religiosos; otros, son laicos. Haylos, incluso, ateos. Muchos monjes, sin embargo, son teístas, pero no es necesario creer en Dios para tener los rasgos arquetípicos del que gusta de vivir solo -monos-, de meditar, de trabajar, de encontrar la paz en el silencio… En nuestra tradición hay muchas denominaciones de monjes y monjas cristianos: benedictinos, cistercienses, cartujos…  Todos ellos constituyen un ejemplo vívido de la búsqueda de la profundidad; un vivir en una suerte de contracultura que no se aquieta con lo que se ve, con lo que se compra y se vende; que no se satisface con el tener, ni con las posesiones, caducas, frágiles; ni con una vida dolorosa, con frecuencia; y sin sentido, si no se le busca a conciencia.

La muerte es una sabia maestra que nos habla y nos dice muchas cosas, una vez hemos reconocido y comprendemos que nosotros nos hemos quedado, previamente, sin palabras y que no tenemos nada que decir por nuestra parte… Nada que decir, pero sí mucho que aprender, si guardamos silencio y prestamos atención al viento, al pnéuma que nos habita y vivifica; si estamos dispuestos a correr el riesgo de enfrentarnos con la noche en toda su negrura y terror… asumiendo que no nos está garantizado salir indemnes del trance.

Pese a todo, merece la pena. Porque, adoptar una actitud de esa factura, constituye una ocasión de crecimiento personal y, en su tanto, colectivo. Pero de un crecer hacia adentro, una suerte de despliegue de la energía espiritual. Emergen luminosos, chispazos, destellos que nos ponen en situación para casi tocar otras dimensiones y, en todo caso –si no encontrar, cuando menos- otear pistas de consuelo.

Callemos, pues, hagamos silencio. Busquemos ámbitos y espacios de soledad. Desactivemos móviles, desenchufemos tabletas y demás aparatos. Ayunemos de vez en cuando -y cada día- de WhatsApp y de Redes Sociales… Abramos los oídos del alma y escuchemos. Escuchemos con sistema, de manera activa… Sólo así podremos captar algún sonido…Como la leve brisa que le habló a Elías, y en la que estaba Yahvé… una vez que los feroces truenos, los temerosos vendavales, los formidables rayos no le habían acabado de decir nada…

 

 

 

 

4 Comentarios

  1. !Vaya si eres creyente!
    (Al comentario remito).
    Y, de monje -tal como yo entiendo el arquetipo- tienes mucho más de lo que piensas.
    Ya te explicaré un día.

  2. Es un punto de vista que merecce ser tenido muy en cuenta…
    ¡Ya lo creo que sí!

  3. Se me olvidaba: para los semiólogos, abrazar es habla.

    Otro abrazo, hala.

  4. Bueno, ya sabes que mi(s) perspectiva(s) son las que son. En mi caso el no decir nada no es porque no se me ocurra, sino porque en un momento así tienes el 99,99 periódico de decir o una estupidez o una barbaridad o ambas. Yo suelo quedarme, por tanto, en esta orilla porque además no soy creyente y tengo poco de monje. El problema de la tecnología es que no tiene ninguna humanidad dentro. El concepto mismo de humanidad ha sido discutible y discutido al final del siglo pasado. En breve será una cuestión acuciante, puesto que la carne y la sangre, la piel y los huesos, no constituirán ya la humanidad. No cuando todo eso lo tengan entes de otra especie, capaz de calcular “tres mil trillones” (eso es en anglosajón un cuatrillón, creo) de maneras de ser inmotal frente a nuestra descomposición. La solución: ser ellos, dejar de ser de carne, reparar nuestras piezas y ser un mixto de hombre-máquinacuyo único problema será la superpoblación del planeta. Problema relativo, puesto que seguramente podremos vivir sin respirar nada. Solo alimentando de energía nuestro sistema, nuestra alma mitad numérica mitad inexistente.
    ¿Los biznietos de tus nietos hablarán de ética? ¿O hablarán en ese lenguaje que desarrollaron esas dos máquinas que hubo que apagar porque nos acojonó que pudieran comunicarse sin que nosotros supiéramos descifrar ni qué ni cómo?
    ¿Vencida la muerte, necesitarás a un dios? Si ya eres la trascendencia y no hay promesa de resurrección, y no hay nada que perder, ni un mejor sitio en el cielo ¿en qué creeréis (o creeremos como especie)?
    Sé qué decir ante todo esto. Pero seguramente será o una estupidez o una barbaridad. Porque seguramente conseguiremos que aun así, el absurdo esté presente en nuestros cables y nuestro acero. Quizá incluso sea verdad que esos seres futuros crearán un juego de ordenador que es nuestro mundo, sin que seamos conscientes de quiénes son los jugadores.
    En ese caso (y en otros) nada tiene más sentido que seguir caminando. Queriendo. Abrazando y mezclando lágrimas.
    Todo lo demás quizá sea una barbaridad estúpida o una estupidez bárbara.
    Un abrazo, José Luis.

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