Cuando la muerte irrumpe en la vida

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Aunque irresistible en verdad –dicen- era el silencio que te circundaba, como otro aire.
Rafael Cadenas

He sistematizado -de forma operativa y sucinta- los diversos existencialismos en mi artículo anterior y afirmé que mi intención era repasar en las siguientes entregas los temas fundamentales tratados por los diferentes pensadores existencialistas con el fin de otorgar otra mirada sobre dichos temas que apunte a elaborar aproximaciones a los mismos que sean producto de una reflexión encarnada que nos posibilite un pensar más cercano y solidario.

He sostenido que opto por “teorizar” desde una reflexión encarnada -que es aquella que se nutre de experiencias de vida y busca construir un mundo para la libertad desde un sentir, pensar y actuar que se pone auténticamente en el lugar del otro- porque considero que tenemos mayores posibilidades de humanización, de encontrarnos con nosotros mismos y con el prójimo, si abandonamos el esquema tradicional de sujeto vs. objeto que nos distancia. La pretensión es ofrecer un pensamiento que contribuya a construir un mundo solidario de cercanías a partir de experiencias compartidas que nos hermanan en dicha y dolor.

Finitud humana: La muerte

La muerte es una dimensión fundamental de la existencia trabajada por los diversos existencialismos que se aproximan a la finitud humana en tanto fuente de significación, es decir, como aquello que otorga o resta significado a nuestras vidas. Siguiendo a Epicuro, “si somos la muerte no es; si la muerte es no somos”. En otras palabras, la vida del hombre nunca encuentra la muerte sino como una idea -en principio- más o menos aterradora, más o menos consoladora: la muerte es una idea que se forma en la vida, que la tenemos en vida y marcará nuestra vida, de una u otra forma, dependiendo de cómo asumamos la certeza de nuestra muerte, de cómo vivamos nuestra irremediable finitud en tanto seres biológicos que somos.

La pregunta inmediata sería ¿podemos padecer la muerte en vida?, ¿podemos reflexionar con una reflexión encarnada sobre la muerte, es decir, más allá de una idea no experimentada?, ¿en qué modo se nos manifiesta la muerte que es capaz de hacernos morir en vida?, ¿cómo es que llegamos a “saber” de la muerte si estamos en vida?, ¿cómo es posible que se manifieste la muerte en la vida que alcanzamos a sentirla hasta en nuestros propios huesos? La respuesta es por la muerte de los otros, del otro, del cercano, del ser amado, de un ser querido; muerte que nos produce un dolor irremediable, una fractura en la vida, un quiebre en la continuidad, un abismo de llanto. Los otros desaparecen, se van y nos dejan generando un desierto abisal dentro de nuestras propias vidas, haciéndonos vivir la discontinuidad radical de la existencia humana: me refiero a cuando mueren los que llamamos otros significativos, nuestros seres queridos.

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Cuando perdemos a un ser querido, a un ser amado, perdemos un núcleo fundamental de nosotros mismos: irrumpe la muerte en nuestra vida a través del dolor de la pérdida, de su irremediable ausencia; la partida de un familiar cercena nuestra existencia y nos vemos obligados a aferrarnos a la vida aún cuando en la vida haya irrumpido la muerte tan abruptamente hasta el punto de experimentarla en su plenitud en la experiencia del dolor que nos causa el daño irreversible que estamos padeciendo. Es una escabrosa pérdida de sentido que nos extravía en el sufrimiento que nos está causando ese estrago irreparable, esa separación insuperable. Tanto es así, que luego de ese hecho doloroso hasta los tuétanos nos preguntamos si es posible recuperar la esperanza en la vida cuando la muerte ha entrado partiendo nuestra historia en dos, en mil pedazos, en un antes y en un después con el peligro de partirnos a nosotros también. Y, se preguntarán, ¿por qué nos vemos obligados a aferrarnos a la vida cuando estamos muriendo en vida por el dolor que experimentamos? ¿Por qué no dejarnos morir?

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Abrazar la vida porque el amor no muere

Porque aún cuando la muerte ha irrumpido en nuestras vidas, en nuestras vidas el amor no muere. En mi caso, puedo decirles, que me aferré al amor, la mirada y la sonrisa de mi hijo, al amor de mis familiares, a la cercanía y comprensión de mis amigos, vecinos, estudiantes y colegas y que, gracias a todos ellos,  la plenitud del amor en la vida ha triunfado y es posible ver un nuevo amanecer. Es un amanecer que todos merecemos y que por ello, aún cuando el dolor nos carcoma, no debemos renunciar nunca al empeño de recuperar la esperanza en la vida, integrando el dolor de la ausencia, sanando la herida letal que la irrupción de la muerte nos ha causado. Porque en definitiva, en nuestros seres amados, tanto en los que están presentes con nosotros como en los que se han ido, el amor está allí, sigue allí presente, nos une, no muere.

No muere el amor que da vida, que cura heridas y restituye la vida porque éste se encuentra en el abrazo que recibimos de nuestro hijo, familiares, amigos, colegas, estudiantes y vecinos; abrazos que nos han auxiliado, acompañado y consolado para poder sobrellevar e integrar tan radical experiencia y, a su vez, el amor de nuestro ser querido que ha partido no muere porque éste queda en todas sus acciones, en sus obras, en su sonrisa que resuena y en las experiencias de dicha y dolor compartidas que nos recuerdan con gratitud la fortuna de haber tenido la oportunidad de acompañarnos en vida y de haber dado vida.

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Al mismo tiempo, el hecho crudo y duro de la muerte de un ser querido se plantea la siguiente cuestión: Si todos vamos a morir, tarde o temprano, sin importar la modalidad, ¿para qué vivimos? ¿Cuál es el sentido de una existencia que tiene como horizonte la muerte? A estas preguntas, responden las diversas religiones y las diferentes filosofías, tomadas en el sentido más amplio de la palabra, esto es, no como intentos de transformarse en ciencia o en técnicas de control del lenguaje, sino como visiones del mundo y terapéuticas del alma.

Lucha contra la desesperación

La tesis central de las diferentes religiones se resume de la siguiente manera: la muerte no tiene la última palabra, sino es tan sólo un punto de tránsito. El problema radica en que estos significados no se obtienen simplemente a través de su conocimiento: hace falta la creencia, la fe y ésta únicamente se logra mediante un largo trabajo sobre sí mismos. La fe no se logra sólo por medio de una voluntad racional, sino con una entrega de la totalidad de la persona, con una apertura afectiva que incluye una sensibilidad particular, elevada, inclusive de índole estética. Para creer, se debe luchar contra la desesperación que en primera instancia irrumpe con la comprensión de nuestra inevitable finitud, de nuestra muerte biológica.

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A la dialéctica de la desesperación, el pensador danés Sören Kierkegaard ha dedicado páginas brillantes. En el “Tratado de la desesperación”, conocido también con el título de “La enfermedad mortal”, este autor indica de inmediato que reducir el cristianismo a una religión destinada sólo a la consolación significa suprimir virtualmente el cristianismo mismo. La fe para él implica un momento importante de lucha interior, precisamente de superación de la desesperación que la idea de la muerte conlleva. En el “Exordio” puede leerse textualmente:

Humanamente hablando, la muerte es el fin de todo y humanamente hablando, hay esperanza sólo hasta cuando hay vida. Cristianamente concebida, en cambio, la muerte no es en lo absoluto el fin de todo; ella también es solamente un pequeño acontecimiento integrado en el todo que es la vida eterna; y en el sentido cristiano, hay infinitamente más esperanza en la muerte que no, hablando de modo meramente humano, sólo en la vida, sino en una vida llena de salud y fuerza”. (1)

Pero, para transformar la muerte en un “pequeño acontecimiento”, el cristianismo, como casi todas las religiones, debe enfrentarse a su más terrible enemigo, a saber, la desesperación. El creyente que desespera sucumbe a la enfermedad mortal, la idea de la muerte no superada por la idea de la eternidad. La argumentación de Kierkegaard comienza con una interrogante crucial: ¿la desesperación es una virtud o un defecto?

Para Kierkegaard es una virtud dado que la desesperación funciona como una suerte de “motor” que impulsa el desarrollo espiritual del hombre, Kierkegaard puede resumir su punto de la siguiente manera: “En consecuencia, poder desesperar es una virtud inmensa, no obstante estar desesperado no es solamente la mayor desgracia y miseria, sino la perdición”. (2) En otras palabras, la desesperación es una prueba para el creyente. Hay que pasar por ella y vencerla. Quien no lo logra, sucumbe a la enfermedad mortal, porque permite que la idea de la muerte se apodere no sólo de la vida, sino que llega a negar la eternidad y con ella hace triunfar a la nada y las actitudes nihilistas, es decir, su espíritu muere en vida. Se entiende así también porque el cristianismo en palabras de Kierkegaard no puede ser mero sosiego, sino lucha interior contra la idea de la muerte que cada hombre interioriza frente a la experiencia de la muerte del otro, de un ser querido, del ser amado. Lucha por y para el espíritu, para que éste viva pleno a pesar de la condición mortal.

Se argumentará contra este enfoque, que hay personas que no están en lo más mínimo desesperadas. Según Kierkegaard esto no es posible, pues equivaldría a desconocer la idea de la muerte y su ineludible certeza. Lo que sucede con esos individuos es que se autoengañan. No piensan jamás en la idea de la muerte y su realidad, evidenciando de este modo que el “no estar desesperado” es el grado más elevado de la desesperación: la evasión. En otros términos, el miedo a la muerte es tan grande que uno se impide a sí mismo pensar en ella, porque en el fondo ya decidió que tras ella no hay nada. Se evita la pregunta por la trascendencia y se reduce todo al “mero estar aquí”, desparramado en el mundo.

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Amor fati

Más allá de mi reflexión hecha cuerpo a la luz de Kierkegaard, la idea clave que he desarrollado en esta entrega, producto de la reflexión encarnada, es la del amor fati desarrollada por Nietzsche que supone reconciliarse con lo que a uno le ha tocado vivir. El hombre nietzscheano conoce la muerte pero no sucumbe ante el poder de la nada que puede emanar del dolor de su experiencia, es decir, no muere en vida, no se convierte en un tísico del alma, no se entrega a la muerte en vida, no cultiva la muerte en vida. Es, en nuestros términos, optar por el amor que da vida, sana heridas y restituye la vida. Se trata de estar agradecidos con la vida a pesar del dolor, del sufrimiento, de la pérdida y admitir que sí puede haber reconciliación en la tierra porque la muerte no tiene la última palabra, ni  en los que nos han dejado con su partida física ni en los que nos quedamos.

Cuando la muerte irrumpe en nuestras vidas con la desaparición de un ser querido no debe sembrarse en nosotros la desolación de la muerte porque, más bien, se trata de tener el coraje de trabajar en nosotros el dolor inexorable de la pérdida para alcanzar a aceptar la vida en su irremediable finitud, de aceptar nuestra condición mortal -plena de instantes intensos e irrepetibles- cultivando la salud vital, la de los afectos abundantes que son aquellos que proceden del amor, que edifican, construyen y no la enfermedad mortal de los afectos carentes que siembran la muerte en la vida y te impiden amar a los que te acompañan en vida e, inclusive, al recuerdo vivo y concreto de los que se han ido y que aún existen en el amor que dejaron y que perdura.

Es muy difícil alcanzar esta tonalidad anímica y existencial de la esperanza que nos regala un nuevo amanecer, de la esperanza que nos otorga la posibilidad del “amor después del amor”, pero nos la merecemos, nosotros y nuestros seres amados se la merecen.

Infinitas gracias a todos los que nos han acompañado por este duro tránsito y, a ustedes mis lectores, igualmente, infinitas gracias por su gentil lectura. Seguiremos trabajando la muerte -desde una reflexión encarnada– en nuestra próxima entrega.

Referencias bibliográficas:

(1) KIERKEGAARD, Sören; Tratado de la desesperación, Santiago Rueda, s.f. pág. 2.

(2) Ibidem.

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