Móviles fuera del colegio

El gobierno francés se dispone a prohibir el uso de teléfonos móviles en los colegios de todo el país a partir de septiembre. La medida estaba incluida en el programa electoral con el que el partido de Emmanuel Macron ganó las elecciones y ha pasado su primera votación en la Asamblea Nacional. Los alumnos no podrán utilizar el móvil en las escuelas primarias, secundarias y en institutos desde que entren al colegio hasta que salgan de él, salvo en lugares expresamente autorizados por el reglamento interno. Tampoco podrán hacerlo en descansos ni recreos.

En realidad, se está dando rango legal para todo el país a una práctica que se realiza ya con buenos resultados en numerosos centros educativos de Francia y en otros lugares, también España.

Un aspecto interesante del debate es que los principales argumentos de los sindicatos de profesores que se han manifestado en contra se centran en poner en cuestión su eficacia y viabilidad: ¿se requisarán los móviles? ¿quién y bajo qué autoridad va a registrar a los alumnos? ¿cuáles serán las sanciones? La oposición política, por su parte, tacha la medida de propagandística. Esos argumentos no cuestionan sin embargo que el móvil, o algunos usos del móvil, sean un problema. El texto defendido por el partido de Macron señala que el teléfono «provoca numerosas disfunciones incompatibles con la mejora del clima escolar» y que su prohibición permitirá garantizar un entorno que favorezca la concentración. Incluso en el recreo, apunta, «puede ser nefasto al reducir la actividad física y limitar las interacciones sociales». También aluden al ciberacoso y al cibersexismo.

Hay también detractores a la prohibición que van más al fondo del asunto. Podemos leer declaraciones de expertos en educación que abogan por educar a los alumnos en el uso de la tecnología en lugar de prohibírsela. Prohibir es lo fácil —dicen—, lo que hay que hacer es formar. Pero esa opinión ignora que la propuesta del gobierno dice expresamente que la medida no afectará al «uso pedagógico» de esos dispositivos, dentro de un «proyecto educativo preciso y controlado por el personal educativo». Prohibir el uso personal del móvil y, al mismo tiempo, utilizarlo como herramienta o educar en su uso no son en principio incompatibles, aunque pueda resultar complicado compaginarlos. (En todo caso, el uso pedagógico del móvil es un debate abierto que conlleva ventajas e inconvenientes concretos, sobre los que recomiendo la lectura de este post de José Fernando Juan).

Todos sabemos de lo que hablamos, porque todos vemos lo que está sucediendo con los teléfonos móviles. Asistimos a una transformación sin precedentes de la manera de socializarse y de emplear su tiempo de ocio por parte de los jóvenes, que en algunos aspectos resulta muy provechosa, pero en otros es claramente empobrecedora. Esto afecta, además, a lo sustancial de la misión que la sociedad confiere al sistema educativo. Por ejemplo, la generalización de unos hábitos que hacen tabla rasa de cualquier consumo cultural que requiera de un esfuerzo superior al del visionado de un vídeo de tres minutos —perdonen si exagero— es un reto enorme para los colegios (y para las familias).

¿Puede ser una contribución positiva hacer de los centros educativos espacios donde el teléfono solo se utilice de forma pedagógica? ¿Se pueden promover en los colegios formas de interactuar no mediatizadas por la tecnología, que mejoren la educación integral de los alumnos y redunden en relaciones más enriquecedoras, también online? ¿Se puede hacer esto sin caer en discursos anti-tecnología o prohibicionistas que serían, además de inviables, muy injustos respecto a los enormes beneficios que los móviles han traído a la sociedad? Parece muy razonable intentarlo.

Compartir

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.