Mostaza: gases, salsas y granos

Christian Sinibaldi para The Guardian

Yo también fui cocinero antes que fraile. Más concretamente, me licencié en Ciencias Químicas antes de ser jesuita. Recuerdo bien que, cuando estudiaba esa carrera en la Universidad Autónoma de Madrid, a finales de la década de los 80, usaba una carpeta forrada con una foto en blanco y negro, bastante desagradable: el rostro desfigurado de una niña víctima de las armas químicas. Eran los tiempos de la primera guerra de Irak y el responsable de esa barbaridad era (¡quién lo iba a decir años después!), Sadam Hussein. Un buen recordatorio para un estudiante de químicas.

El tristemente famoso ataque a Halabja (en el Kurdistán iraquí), en marzo de 1988, usó gas mostaza y otras armas químicas, causando unas 5.000 muertes.  Pero el gas mostaza sigue entre nosotros.  En los últimos meses, se han conocido varios informes acerca del uso de armas químicas por parte de DAESH contra la población civil en Siria. Además, está la amenaza de emplear este tipo de armamento en territorio europeo, como parte de su estrategia de escalada terrorista. Por otro lado, esta misma semana una acción del artista Bansky ha ayudado a poner el foco de atención en el uso de gases lacrimógenos por parte de la policía francesa contra los refugiados acampados en el puerto de Calais.

Hasta aquí, lo referido al gas mostaza. Indignación y denuncia sin paliativos. Quizá convenga recordar que, en estos mismos días, España sigue vendiendo armas a Arabia Saudí e, incluso con todas las protestas del PP a propósito de Venezuela, también vendemos armas al régimen chavista (más de 10  millones de euros en 2014). Pero quiero, ahora, pasar de la mostaza como gas a la mostaza líquida.

Y es que la mostaza, normalmente, la asociamos a una salsa para acompañar hamburguesas u otras carnes. Hay, simplificando mucho, dos tipos de mostaza. La de los restaurantes de comida rápida y la otra, más sofisticada, la mostaza Dijon. Una representa el capitalismo y otra la identidad local, el producto de la tierra, el cultivo tradicional. Bueno, o eso nos creemos. Porque resulta que la mostaza de Dijon no es “denominación de origen” porque buena parte de los granos provienen de Canadá o de los países del Este. Ay, la globalización. En definitiva, la salsa de mostaza nos sitúa ante el dilema de Barber: McWorld vs Yihad . Es decir, entre el capitalismo globalizado y la búsqueda de una identidad muchas veces reactiva y falseada. En términos de Manuel Castells, es la tensión entre la identidad legitimadora y la identidad-resistencia.

Así que, si no nos sirve el gas mostaza (poder militar vinculado a intereses económicos y geopolíticos) ni tampoco la salsa de mostaza (globalización económica de McDonald’s  o identidades esencialistas en la mostaza de Dijon), ¿podemos explorar la mostaza sólida?

Foto: Especial./ elempresario.mx http://elempresario.mx/emprendedores/capital-semilla-llega-torreon
Foto: Especial./ elempresario.mx http://elempresario.mx/emprendedores/capital-semilla-llega-torreon

Hace ya mucho tiempo, un sabio campesino mediterráneo, predicador popular, también conocido como profeta galileo, dijo que el sueño de Dios para la humanidad era parecido a un grano de mostaza: “cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra” (Mc 4, 31-32). Y esto se debe, según el mismo Jesús de Nazaret, a que la semilla tiene dentro de sí una fuerza interior que la hace “germinar y crecer sin que el labrador sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto” (Mc 4, 27-28).

Dicho de otra manera: el grano de mostaza tiene una dymamis interna tan potente que tiene capacidad para transformar el mundo. Es la fuerza de la noviolencia activa. Más fuerte que el gas mostaza. Es lo que Castells llamaría la identidad-proyecto, más potente que cualquiera de las salsas de mostaza: más creativa que el capitalismo dominante, más radical que los repliegues fundamentalistas.

Imagen: Graffiti de Banksy, foto de Christian Sinibaldi para ‘The Guardian’

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1 Comentario

  1. Daniel, interesante tu reflexión y preocupante y dolorosa pensando en el dolor de quien lo padece.

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